Los días siguientes fueron… tranquilos.
Demasiado, tal vez.
No volvimos a hablar de lo que pasó.
Ni del beso.
Ni de esa línea que cruzamos y que ahora parecía quedarse flotando entre nosotros.
Pero tampoco volvimos atrás.
Y eso era lo raro.
Porque ya no éramos solo vecinos que coincidían en un pasillo.
Pero tampoco éramos algo definido.
Estábamos en ese punto intermedio.
Inestable.
Nuevo.
Real.
Lo vi dos días después.
Yo salía con una bolsa de compras mal equilibrada, intentando que no se rompiera en el camino, cuando la puerta de su departamento se abrió.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí, ajustando la bolsa con torpeza.
Antes de que pudiera hacer algo más, él tomó una de las asas.
—Se va a romper.
Lo miré.
—Lo tenía controlado.
—No.
Solté una pequeña risa.
—Gracias.
Caminamos juntos hasta mi puerta.
Sin tensión.
Sin ese silencio incómodo del otro día.
Más… natural.
Abrí y entramos.
Dejé las cosas sobre la mesa mientras él se apoyaba en la pared, como siempre.
—¿Sigues ordenando? —preguntó, mirando alrededor.
—Intentándolo —respondí—. Es un proceso lento.
—Como todo.
Lo miré.
Y sonreí.
—Exacto.
Silencio.
Pero distinto.
Más liviano.
Me giré hacia él, dudando apenas.
—Oye…
Esperó.
—¿Te gustaría… salir?
La palabra quedó en el aire.
Diferente.
Más clara que todo lo anterior.
No era un encuentro casual.
No era el pasillo.
Era una elección.
Tomás me miró unos segundos.
—¿Salir?
—Sí —respondí—. Como… salir.
Rodé los ojos levemente.
—A caminar, o tomar algo, o lo que sea. Pero salir.
Él no sonrió.
Pero su mirada cambió.
Apenas.
—Sí.
Así de simple.
Y, aun así, se sintió importante.
No fue nada elaborado.
Caminamos.
Otra vez.
Pero distinto.
Porque esta vez sabíamos que estábamos ahí porque queríamos.
No por casualidad.
No por coincidencia.
Elegimos estar ahí.
Y eso cambiaba todo.
—¿Siempre fue así? —pregunté después de un rato.
—¿Así cómo?
—Tan… tranquilo.
Tomás pensó un segundo.
—No.
—¿Entonces?
—Aprendí.
Lo miré.
—¿A qué?
—A no complicar lo que ya es complicado.
Fruncí levemente el ceño.
—Ojalá fuera tan fácil.
—No lo es.
—Entonces, ¿por qué lo haces parecer así?
Se encogió de hombros.
—Porque igual funciona mejor.
Solté una pequeña risa.
—No sé si estoy lista para eso.
—No tienes que estarlo.
Silencio.
Pero ya no incómodo.
Ya no tenso.
Solo… presente.
Nos detuvimos en la misma plaza de la otra vez.
La banca estaba libre.
Otra vez.
Me senté sin pensar demasiado.
Él hizo lo mismo, dejando esa distancia que ya no se sentía como distancia.
Miré al frente.
Respiré.
—Antes siempre pensaba que irme era la solución —dije de repente.
No lo había planeado.
Pero salió.