Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 12: Lo que empieza a ser

Los días dejaron de sentirse largos.

No porque fueran más cortos, sino porque ya no estaba contando el tiempo.

Antes todo era eso: esperar, evitar, pensar demasiado.

Ahora… no.

Ahora había momentos.

Pequeños.

Simples.

Pero suficientes.

Empecé a acostumbrarme a él.

A su forma de estar.

A sus silencios que ya no incomodaban.

A sus respuestas breves que, de alguna forma, siempre decían más de lo que parecían.

A saber que, si salía al pasillo, podía encontrarlo.

Y que si no lo encontraba… tampoco pasaba nada.

Porque ya no dependía de eso.

Pero sí lo elegía.

Esa tarde estaba sentada en el suelo, rodeada de cajas abiertas, intentando decidir qué hacer con una pila de libros, cuando escuché el golpe suave en la puerta.

No dudé.

La abrí casi de inmediato.

—Hola.

Tomás estaba ahí, como si fuera lo más normal del mundo.

—Hola.

Le hice espacio para que pasara sin decir nada más.

Ya no hacía falta.

Entró con la misma calma de siempre, mirando alrededor como si registrara los pequeños cambios.

—Avanzaste —dijo.

Miré el departamento.

Había menos cajas. Más cosas en su lugar.

—Un poco.

—Se nota.

Sonreí levemente.

—Gracias por el reconocimiento.

Se encogió de hombros.

—Es justo.

Cerré la puerta y caminé de vuelta al suelo, sentándome otra vez.

Tomás se apoyó en la pared unos segundos antes de acercarse y sentarse frente a mí, tomando uno de los libros sin preguntar.

Lo miré.

—¿Siempre haces eso?

—¿Qué cosa?

—Llegar y asumir que puedes quedarte.

Levantó la vista.

—¿No puedo?

Sostuve su mirada un segundo.

—Sí puedes.

Y lo sabía.

Lo sentía.

No era invasivo.

No era incómodo.

Era… natural.

Volví a los libros, pero mi atención ya no estaba del todo ahí.

—¿Te gusta leer? —pregunté.

Tomás miró la portada que tenía en la mano.

—A veces.

—Eso no responde nada.

—Depende del libro.

Rodé los ojos.

—Eres desesperante.

—Me lo han dicho.

Sonreí.

Otra vez.

Cada vez más fácil.

El tiempo pasó sin que me diera cuenta.

Entre libros, comentarios cortos, silencios cómodos.

Hasta que, en algún momento, dejé de hacer lo que estaba haciendo.

Y solo… me quedé ahí.

Mirándolo.

No de forma evidente.

Pero sí consciente.

De la cercanía.

De lo fácil que se había vuelto todo.

De lo peligroso que eso podía ser.

Tragué saliva.

—Tomás.

Levantó la vista.

—¿Sí?

Dudé.

Pero no retrocedí.

—¿Esto… qué es?

La pregunta quedó en el aire.

Más grande de lo que parecía.

Más importante.

Él no respondió de inmediato.

Como siempre.

Pensó.

—No lo sé.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que no sabes?

—No le puse nombre.

Eso no ayudaba.

—¿Y no crees que deberíamos?

Silencio.

Un segundo.

Dos.

—¿Tú quieres?

La pregunta me tomó por sorpresa.

Porque sí.

Pero también no.

Porque ponerle nombre lo hacía real.




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