No fue inmediato.
Pero lo noté.
En la forma en que, al día siguiente, Tomás estaba más callado de lo normal. No distante, no frío… pero sí un poco más lejos, como si algo estuviera ocupando espacio en su cabeza.
Y, por primera vez, no supe leerlo.
Eso me incomodó más de lo que esperaba.
Estábamos en mi departamento, otra vez.
Yo intentando avanzar con las últimas cajas, él sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mirando el celular sin realmente usarlo.
—¿Te pasa algo? —pregunté al fin.
No levantó la vista de inmediato.
—No.
Fruncí el ceño.
—No te creo.
Eso hizo que levantara la mirada.
—No es nada.
Negué suavemente.
—Eso tampoco es verdad.
Silencio.
Pero no como antes.
Este era distinto.
Más cerrado.
Más… contenido.
Me acerqué un poco, dejando lo que tenía en las manos a un lado.
—Tomás.
Esperé.
—Si no quieres decirme, está bien —añadí—. Pero no me digas que no pasa nada.
Sus ojos se quedaron en los míos un segundo más de lo habitual.
Como si estuviera decidiendo algo.
—Me escribió alguien —dijo finalmente.
El pecho me dio un pequeño golpe.
No fuerte.
Pero suficiente.
—¿Quién?
Dudó.
Y eso ya era una respuesta.
—Alguien de antes.
El aire cambió.
No de forma evidente.
Pero lo sentí.
—¿Tu ex? —pregunté, intentando que sonara más neutral de lo que me sentía.
Asintió apenas.
Silencio.
Pero esta vez no fue cómodo.
No del todo.
Me senté frente a él, cruzando las piernas.
—¿Y qué quiere?
Tomás dejó el celular a un lado.
—Hablar.
Solté una pequeña risa sin humor.
—Siempre quieren hablar.
No sé por qué dije eso.
Tal vez porque sonaba demasiado familiar.
Él no respondió.
Y eso lo hizo más real.
—¿Vas a hacerlo?
La pregunta salió más directa de lo que planeaba.
Más cargada también.
Tomás me miró.
Evaluando.
—No lo sé.
Y eso—
Eso me incomodó.
Más de lo que debería.
Bajé la mirada, intentando regular esa reacción.
No tenía derecho.
No realmente.
No habíamos definido nada.
No éramos algo claro.
Pero aun así—
—Deberías hacerlo —dije, aunque no estaba segura de querer decirlo.
Él frunció levemente el ceño.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Para cerrar.
Para no arrastrarlo.
Para no repetir lo mismo.
Levanté la vista.
—A veces es necesario.
Silencio.
Pero esta vez no era neutro.
Era… tenso.
Tomás se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Tú lo harías?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Ya lo hice.
Mi voz fue más firme.
Más clara.
—Y no quiero volver ahí.
Pequeña pausa.
—Por eso mismo.
Él asintió lentamente.
Pero no dijo nada más.
Y eso—
Eso no me dejó tranquila.
El resto de la tarde fue distinta.
No incómoda.
Pero sí más contenida.
Hablamos menos.
Nos movimos más en silencio.
Como si ambos estuviéramos pensando demasiado.
Como si algo se hubiera movido, aunque nadie lo nombrara directamente.