No volvió esa noche.
Y no era su obligación.
Pero igual lo noté.
Intenté no pensar en eso.
De verdad.
Intenté ocuparme, distraerme, seguir con lo que estaba haciendo antes de que todo se volviera incómodo.
Abrí una caja.
Saqué cosas.
Las moví de lugar.
Nada se quedaba.
Nada terminaba.
Nada funcionaba.
Porque mi cabeza estaba en otro lado.
En él.
En esa conversación.
En ese “puede ser”.
Cerré la caja con más fuerza de la necesaria y solté el aire.
—Esto es absurdo.
Me repetí.
No éramos nada.
No había promesas.
No había derecho.
Entonces, ¿por qué se sentía así?
La noche pasó lenta.
Demasiado.
Me acosté temprano, más por agotamiento mental que por sueño, pero no logré dormir bien. Cada vez que cerraba los ojos, mi mente llenaba los espacios con imágenes que ni siquiera sabía si eran reales.
Ellos hablando.
Ellos recordando.
Ellos… volviendo.
Abrí los ojos de golpe.
—No.
Giré sobre la cama, incómoda conmigo misma.
No podía hacer eso.
No iba a hacerlo.
No iba a volver a ese lugar donde todo se construía sobre suposiciones.
Respiré hondo.
Lento.
Intentando calmar algo que no terminaba de asentarse.
Desperté más cansada de lo que me había acostado.
Y eso ya decía bastante.
Salí al pasillo sin pensar demasiado.
Tal vez por costumbre.
Tal vez por otra cosa.
La puerta de su departamento estaba cerrada.
Silencio.
Vacío.
Asentí para mí misma, como si eso confirmara algo que ya sabía.
Y volví a entrar.
El día avanzó igual que el anterior.
A medias.
Intentando.
Sin lograrlo del todo.
Pero esta vez no era solo incomodidad.
Era expectativa.
Y eso era peor.
No lo vi hasta la tarde.
Escuché la puerta abrirse.
Instintivo.
Salí antes de pensarlo.
Y ahí estaba.
Tomás.
Entrando como si nada.
Como si todo estuviera exactamente igual.
Pero no lo estaba.
No para mí.
—Hola —dijo.
Como siempre.
—Hola.
Mi voz salió más neutra de lo que me sentía.
Nos quedamos ahí.
Frente a frente.
Con algo no dicho entre medio.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Lo miré unos segundos.
Evaluando.
Midiendo.
—Bien.
Mentira.
Pero suficiente.
Él asintió levemente.
—Bien.
Silencio.
Pero esta vez no era cómodo.
Era… incómodo.
Pesado.
—¿Hablaste con ella? —pregunté.
Directo.
Sin rodeos.
Tomás no respondió de inmediato.
Y eso—
Eso ya era una respuesta.
—Sí.
El pecho se me tensó.
Pero no desvié la mirada.
—¿Y?
Se pasó una mano por el pelo, ligeramente incómodo por primera vez desde que lo conocía.
—Nada importante.
Fruncí el ceño.
—Eso no suena a “nada”.
—Fue solo hablar.
—Siempre es “solo hablar”.
La frase salió más cargada de lo que esperaba.
Más personal.
Tomás lo notó.
—No es lo mismo.