No fue inmediato.
Pero algo quedó distinto después de esa conversación.
No incómodo.
No distante.
Pero sí… más expuesto.
Como si, al decir ciertas cosas en voz alta, ya no pudiéramos volver a la comodidad de no nombrarlas.
Esa noche intenté hacer lo mismo de siempre.
Distraerme.
Ordenar.
No pensar demasiado.
Pero no funcionó.
Porque ahora no era solo lo que yo sentía.
También estaba lo que él había dicho.
“Ya decidí.”
“Quedarme.”
Cerré los ojos un segundo, apoyando las manos en la mesa.
Eso debería haber sido suficiente.
Debería haberme tranquilizado.
Pero no lo hizo del todo.
Porque una parte de mí seguía esperando que algo cambiara.
Que algo fallara.
Que todo se rompiera.
Como antes.
El golpe en la puerta me sacó de golpe de mis pensamientos.
Respiré hondo antes de abrir.
Tomás.
—Hola.
—Hola.
Entró sin problema, pero esta vez lo noté.
No como antes.
Ahora era más consciente de cada movimiento.
De cada gesto.
De todo.
—¿Todo bien? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
Mentira.
Otra vez.
Él lo notó.
Claro que lo notó.
—No parece.
Suspiré.
—Estoy pensando demasiado.
—Se nota.
Lo miré.
—No ayudas.
—No intento ayudar así.
Rodé los ojos levemente, pero no sonreí.
Y eso ya decía bastante.
El silencio cayó entre nosotros.
Pero esta vez no era cómodo.
Era tenso.
Esperando.
—No me gustó lo de ayer —dije finalmente.
Directo.
Sin rodeos.
Tomás no se movió.
—¿Qué cosa?
—Que dudaste.
El aire se tensó.
Pero no retrocedí.
—Cuando te pregunté si ibas a verla.
Silencio.
—No dudé —respondió.
Fruncí el ceño.
—Sí lo hiciste.
—Pensé.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Eso me frustró más de lo que esperaba.
—Ese es el problema.
Se hizo un silencio más pesado.
Más real.
—¿Cuál? —preguntó él.
—Que tú puedes tomarte el tiempo de pensar y decidir… —dudé un segundo—. y yo me quedo esperando.
Ahí estaba.
Más claro.
Más honesto.
Tomás me miró con atención.
—No estás esperando.
—Sí lo estoy.
Mi voz subió apenas.
No mucho.
Pero lo suficiente.
—Porque no sé si en cualquier momento vas a cambiar de opinión.
Silencio.
Pero esta vez dolió un poco más.
Tomás dio un paso más cerca.
—No voy a hacerlo.
—No puedes asegurarlo.
—Sí puedo.
Negué.
—No.
Mi voz se quebró apenas.
Y eso me molestó.
Porque no quería sonar así.
No quería verme así.
—Eso mismo pensaba antes —añadí más bajo—. Y mira cómo terminó.
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Más cuidadoso.
Tomás no respondió de inmediato.
Y esta vez no me frustró.
Porque entendí.
Estaba pensando.