Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 16: Sin escapar

Después de eso, todo se sintió… más claro.

No perfecto.

No resuelto.

Pero sí más honesto.

Como si hubiéramos dejado de evitar lo importante.

No hablamos mucho después.

No porque no hubiera cosas que decir, sino porque, por primera vez, no parecía necesario llenar el espacio con palabras.

Nos quedamos en el suelo, apoyados contra la pared, uno al lado del otro.

Cerca.

Sin tensión.

Sin prisa.

Apoyé la cabeza levemente hacia atrás, cerrando los ojos por un segundo.

Respiré.

Lento.

Consciente.

Y esta vez no había nada que evitar.

—Antes siempre me iba —dije de repente.

No lo pensé demasiado.

Pero salió.

Tomás giró apenas la cabeza hacia mí.

—¿Siempre?

Asentí.

—Sí.

Abrí los ojos, mirando al frente.

—Cuando algo empezaba a ponerse difícil… o demasiado real.

Una pausa.

—Me adelantaba.

—¿A qué?

—A que se rompiera.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue… atento.

—Entonces te ibas antes —dijo.

—Sí.

Bajé la mirada a mis manos.

—Así parecía que tenía el control.

Pequeña pausa.

—Aunque no fuera verdad.

Tomás no respondió de inmediato.

Pero lo sentí.

Presente.

—¿Y ahora?

Levanté la vista.

—Ahora no quiero hacerlo.

La frase salió más firme de lo que esperaba.

Más segura.

—¿Por qué?

Lo pensé un segundo.

Pero la respuesta ya estaba.

—Porque esto… —dudé apenas—. porque tú no se sientes como algo de lo que tenga que escapar.

Silencio.

Pero distinto.

Más profundo.

Más real.

Tomás no dijo nada.

Pero su cercanía cambió apenas.

Lo suficiente para notarlo.

Giré la cabeza hacia él.

Nuestros ojos se encontraron.

Y esta vez no hubo duda.

No hubo retroceso.

Solo… decisión.

Me acerqué primero.

Sin urgencia.

Sin miedo.

El beso fue lento.

Más consciente que los anteriores.

Como si ambos supiéramos exactamente lo que estábamos haciendo.

Y aun así, no quisiéramos apresurarlo.

Su mano se movió con cuidado, apoyándose apenas en mi brazo.

Un gesto mínimo.

Pero suficiente para que todo se sintiera más real.

Más presente.

Más… nuestro.

No había ansiedad.

No había esa necesidad de definir qué era.

Solo estaba pasando.

Y eso bastaba.

Cuando me separé, no me alejé del todo.

Apoyé la frente contra la suya otra vez, respirando cerca.

Tranquila.

—Esto da miedo —murmuré.

No como queja.

Como reconocimiento.

Tomás no se apartó.

—Sí.

Pequeña pausa.

—Pero no es lo mismo.

Lo miré.

—No.

Y no lo era.

Porque no había presión.

No había exigencias.

No había promesas vacías.

Solo… presencia.

Y eso cambiaba todo.

Me acomodé un poco más cerca, apoyando la cabeza en su hombro casi sin darme cuenta.

El gesto salió natural.

Sin pensarlo.

Y no lo cuestioné.

Tomás tampoco.

Su brazo se movió apenas, lo justo para rodearme con cuidado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.