No dormí bien.
No porque no pudiera.
Sino porque no dejé de pensar.
El despertador sonó antes de que realmente lo necesitara.
Abrí los ojos y me quedé mirando el techo unos segundos, como si alargar ese momento pudiera retrasar todo lo que venía después.
Pero no.
Iba a pasar igual.
Me senté en la cama y respiré hondo.
—Solo es un día —murmuré—. Solo tienes que ir.
No sonó convincente.
Pero fue suficiente para levantarme.
Elegir qué ponerme me tomó más tiempo del necesario.
Nada me parecía bien.
Nada me parecía yo.
Al final opté por algo simple. Cómodo. Discreto.
Como si pudiera pasar desapercibida.
Como si eso fuera posible.
Cuando salí al pasillo, Tomás ya estaba ahí.
Apoyado contra la pared, con esa calma que parecía constante en él.
—Hola.
—Hola.
Me miró un segundo más de lo normal.
—¿Lista?
Negué.
—No.
Asintió.
—Vamos igual.
Solté una pequeña risa.
—Claro.
El camino fue silencioso.
Pero no incómodo.
Era ese tipo de silencio que acompaña cuando no necesitas llenar el espacio.
Cuando sabes que el otro está ahí.
Y eso basta.
Al llegar, me detuve.
El edificio estaba frente a mí.
Igual que antes.
O al menos eso parecía.
Pero no era igual.
Porque yo no era la misma.
Aun así…
El cuerpo reaccionó primero.
El pecho se tensó.
La respiración se volvió más superficial.
Las manos frías.
—No puedo —murmuré.
Tomás no dijo nada.
Solo se quedó a mi lado.
Presente.
—Sí puedes.
Negué.
—No… no es lo mismo decirlo.
—Lo sé.
Silencio.
Pero no presión.
Nunca presión.
—No tienes que entrar ahora —añadió.
Lo miré.
—¿No?
—Puedes quedarte un minuto más.
Eso—
Eso ayudó.
Porque no me estaba empujando.
No me estaba obligando.
Solo me estaba dando espacio.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y di un paso.
Luego otro.
Entré.
El ruido fue lo primero.
Voces.
Pasos.
Gente.
Demasiada.
El aire se sintió más pesado de inmediato.
Como si todo me cayera encima al mismo tiempo.
Intenté mantener la calma.
Mirar al frente.
Seguir caminando.
Pero cada detalle parecía amplificarse.
Las miradas.
Las conversaciones.
Las risas.
—Tranquila —murmuré apenas—. Estás bien.
Pero no me lo creí del todo.
El pasillo principal seguía igual.
Y eso fue lo peor.
Porque no había cambiado.
Pero yo sí.
O al menos eso intentaba.
Giré en una esquina.
Y ahí pasó.
No fue nada grande.
No fue evidente.
Pero fue suficiente.
Una voz.
Una risa.
Un grupo de personas.
Algo en esa escena activó algo en mí.
Un recuerdo.
Una sensación.
Esa incomodidad conocida.