Volver al día siguiente fue distinto.
No más fácil.
Pero distinto.
Esta vez no me quedé tanto tiempo fuera del edificio.
No necesité ese minuto extra.
Ni el segundo.
Respiré hondo.
Y entré.
El ruido seguía siendo el mismo.
La gente también.
Pero ya no me golpeó igual.
Como si mi cuerpo hubiera entendido que podía soportarlo.
Que no iba a pasar nada grave.
Que no todo tenía que terminar mal.
Aun así, no bajé la guardia.
No del todo.
Caminé directo a la sala.
Sin mirar demasiado alrededor.
Sin detenerme.
Sin darme tiempo para pensar.
Abrí la puerta.
Y entré.
Había gente.
Más de la que esperaba.
Algunas caras conocidas.
Otras no.
Sentí ese impulso automático de irme al fondo.
De pasar desapercibida.
De ocupar el menor espacio posible.
Y lo hice.
Me senté en la última fila, cerca de la pared, dejando mi mochila en la silla de al lado.
Como una barrera.
Como siempre.
La clase empezó.
Y, por unos minutos, logré concentrarme.
Anotar.
Escuchar.
Estar.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Hasta que—
—¿Está ocupado?
Levanté la vista.
Una chica.
De pie al lado mío, señalando la silla.
Parpadeé.
—No.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Ella sonrió levemente y se sentó sin dudar.
—Gracias.
Asentí apenas.
Volví a mirar al frente.
Pero ya no estaba igual.
Porque ahora no estaba sola.
Y eso…
era nuevo.
—Soy Valentina —susurró unos minutos después, inclinándose apenas hacia mí.
La miré.
—Emilia.
—¿Primera vez en este ramo?
Negué.
—No.
Dudé un segundo.
—Volví.
Ella asintió, como si entendiera más de lo que dije.
—Yo igual.
Eso me sorprendió.
—¿En serio?
—Sí.
Sonrió un poco, pero no fue una sonrisa ligera.
—A veces pasa.
La miré unos segundos más.
Como evaluando.
Como intentando entender.
Y, por alguna razón, no sentí esa incomodidad inmediata.
No completamente.
La clase terminó sin que me diera cuenta.
Eso ya era algo.
Guardé mis cosas rápido, lista para salir antes de que el espacio se llenara demasiado.
Como siempre.
Pero—
—Oye —dijo Valentina, levantándose también—. ¿Vas para afuera?
Asentí.
—Sí.
—¿Te acompaño?
La pregunta me tomó desprevenida.
No por lo que era.
Sino por lo que implicaba.
Compañía.
Interacción.
Posibilidad.
Dudé.
Un segundo.
Dos.
Pero no me fui.
—Ya.
La respuesta salió más suave.
Más abierta de lo que esperaba.
Caminamos juntas por el pasillo.
No muy cerca.
Pero tampoco distantes.
—¿Hace cuánto volviste? —preguntó.
—Hace poco.
—¿Te costó?
Solté una pequeña risa sin humor.
—Más de lo que pensé.