Empezó como un día normal.
O al menos, lo más cercano a normal que podía tener ahora.
Entré a la universidad sin detenerme demasiado.
Ya no necesitaba ese momento extra afuera.
No porque no sintiera nada.
Sino porque sabía que podía atravesarlo.
Eso hacía la diferencia.
Valentina ya estaba en la sala cuando llegué.
Me vio desde su asiento y levantó la mano levemente.
Un gesto simple.
Pero suficiente.
Me senté a su lado sin dudar tanto como el día anterior.
—Hola —dijo.
—Hola.
—Hoy llegaste más rápido.
Me encogí de hombros.
—Estoy intentando no pensarlo tanto.
Ella sonrió.
—Funciona a veces.
—A veces.
Pequeña pausa.
—¿Siempre eres así? —preguntó de repente.
Fruncí el ceño.
—¿Así cómo?
—Como… contenida.
La palabra me tomó por sorpresa.
No por lo que significaba.
Sino porque era precisa.
—Puede ser.
Valentina inclinó un poco la cabeza.
—No es algo malo.
—No dije que lo fuera.
—Pero lo pensaste.
Solté una pequeña risa.
—Eres observadora.
—Me sirve.
Silencio.
Pero no incómodo.
Más bien… honesto.
La clase avanzó tranquila.
Logré concentrarme más.
Anotar.
Entender.
Estar.
No completamente.
Pero mejor que antes.
Hasta que—
—Vamos a trabajar en grupos.
El profesor habló.
Y algo en mi cuerpo reaccionó antes que yo.
Tensión.
Instantánea.
Automática.
No.
No eso.
Miré alrededor.
La gente ya se estaba moviendo.
Formando grupos.
Hablando.
Acercándose.
El ruido subió.
Y con él—
esa sensación.
Ese peso.
Ese recuerdo que no tenía forma clara, pero sí efecto.
—¿Trabajamos juntas? —preguntó Valentina.
Asentí rápido.
Demasiado rápido.
—Sí.
No quería pensar en otra opción.
Nos movimos a una mesa más grande.
Pero no éramos solo nosotras.
Dos personas más se acercaron.
Un chico.
Y otra chica.
—¿Podemos? —preguntaron.
Valentina respondió antes que yo.
—Sí, claro.
Y eso fue suficiente.
Intenté concentrarme.
De verdad.
Escuchar.
Participar.
Pero algo no encajaba.
Algo se sentía… demasiado familiar.
Las miradas cruzadas.
Los comentarios.
La forma en que hablaban entre ellos.
No era malo.
No objetivamente.
Pero mi cuerpo no lo registraba así.
—¿Tú qué opinas? —preguntó el chico, mirándome.
Me quedé en blanco un segundo.
—Yo…
Las palabras no salían.
Mi mente estaba en otro lugar.
En otro momento.
En otra versión de mí.
—Emilia —dijo Valentina suavemente.
La miré.
—Está bien —añadió—. dilo como lo pensaste.
Respiré.
Una vez.
—Creo que… —empecé—. que podríamos enfocarlo desde otro lado.
No fue perfecto.
Pero fue suficiente.