Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 21: Espacios propios

Los días empezaron a llenarse.

Clases.
Trabajos.
Lecturas atrasadas.
Mensajes pendientes.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía que mi vida giraba solo alrededor de sobrevivir el día.

Ahora había estructura.

Movimiento.

Rutina.

Todavía frágil.

Pero real.

Eso también significó menos tiempo.

Menos tardes largas en el departamento.

Menos encuentros casuales en el pasillo.

Menos horas vacías donde Tomás simplemente aparecía.

Y aunque sabía que era normal…

lo noté.

—Estás distraída.

Levanté la vista.

Valentina me observaba desde el otro lado de la mesa de la biblioteca, con un lápiz en la mano y expresión demasiado consciente.

—No.

Ella arqueó una ceja.

—Emilia.

Suspiré.

—Un poco.

—¿Problemas académicos o problemas con cara bonita?

La miré.

—¿Qué?

Sonrió.

—Entonces sí era la segunda opción.

Rodé los ojos.

—No es un problema.

—Claro.

Cerró el cuaderno.

—¿Qué pasó?

Negué suavemente.

—Nada.

Y técnicamente era verdad.

No había pasado nada.

Solo que no lo había visto en dos días.

Solo que sus mensajes habían sido más breves.

Solo que yo estaba pensando demasiado.

Nada nuevo.

Valentina me miró unos segundos.

—A veces “nada” significa mucho.

No respondí.

Porque tenía razón.

Salimos de la biblioteca juntas cuando ya estaba atardeciendo.

—¿Vas a tu casa? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Quieres tomar un café antes?

La propuesta me tomó por sorpresa.

No por el café.

Por aceptar planes espontáneos.

Por elegir algo fuera de lo habitual.

Dudé un segundo.

—Ya.

Valentina sonrió como si hubiera esperado esa respuesta.

—Vas mejorando.

—No exageres.

—Nunca exagero.

La miré.

—Eso es mentira.

—Puede ser.

Y reí.

Sin pensarlo.

El café fue simple.

Conversación ligera.

Historias absurdas de profesores.

Quejas compartidas.

Momentos normales.

Y mientras hablábamos, me di cuenta de algo incómodo:

La estaba pasando bien.

Sin ansiedad.

Sin estar pendiente de irme.

Sin mirar el celular cada cinco minutos.

Hasta que lo hice.

Pantalla encendida.

Un mensaje de Tomás.

¿Llegaste bien?

El pecho me dio un pequeño golpe.

Respondí rápido.

Sigo afuera. Con una compañera.

Lo envié.

Y me quedé mirando la pantalla unos segundos más.

—¿Todo bien? —preguntó Valentina.

Guardé el celular.

—Sí.

—Mentira.

Suspiré.

—No sé.

Ella tomó un sorbo de café.

—¿Te molesta estar aquí o te molesta disfrutar estar aquí?

La miré.

Directo.

Incómodo.

Preciso.

—No sé de dónde sacas esas preguntas.

—De mirar.

Bajé la vista.

Porque entendí lo que quería decir.

Llegué al edificio más tarde de lo habitual.

El pasillo estaba en silencio.

Pero la luz del departamento de Tomás seguía encendida.




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