Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que iba a estar en una sala llena de personas hablando frente a un curso, me habría reído.
O me habría ido.
Probablemente ambas.
Pero ahí estaba.
De pie al frente de la sala, con una hoja en la mano y el corazón golpeándome demasiado fuerte.
El profesor había asignado exposiciones breves por grupo.
Cinco minutos.
Nada grave.
Nada imposible.
Y aun así, mi cuerpo no parecía enterado.
Sentía las manos frías.
La boca seca.
La respiración corta.
—Te ves pálida —susurró Valentina a mi lado.
La miré.
—Gracias por el apoyo.
—De nada.
Sonrió apenas.
—No te vas a morir.
—Eso no lo sabes.
—Lo intuyo.
Rodé los ojos.
Pero reí.
Y eso ayudó.
Un poco.
Nuestro grupo fue llamado.
Caminé al frente sintiendo cada paso demasiado consciente.
Las miradas me pesaron apenas un segundo.
Luego recordé algo importante:
No tenía que gustarle a nadie.
Solo tenía que hacerlo.
Eso cambió todo.
Empezó hablando el chico del grupo.
Luego la otra compañera.
Después Valentina.
Y después—
—Emilia.
Tragué saliva.
Avancé medio paso.
Miré la hoja.
Luego la bajé.
Respiré hondo.
Y hablé.
La voz salió más firme de lo que esperaba.
No perfecta.
Pero clara.
Sin temblar demasiado.
Expliqué mi parte.
Ordenada.
Directa.
Incluso levanté la vista un par de veces.
Vi gente escuchando.
Tomando apuntes.
Nadie juzgándome.
Nadie esperando que fallara.
Eso también ayudó.
Cuando terminé, asentí apenas y di un paso atrás.
Cinco minutos después, todo había terminado.
Y yo seguía ahí.
Volvimos a nuestros asientos.
Mi corazón seguía acelerado, pero distinto.
Más cercano a la adrenalina que al pánico.
Valentina me golpeó suavemente el brazo.
—Lo hiciste bien.
La miré.
—¿Sí?
—Sí.
Pequeña pausa.
—Y no te desmayaste.
Solté una risa.
—Gran logro.
—Enorme.
El resto de la clase pasó rápido.
Demasiado.
Porque mi cabeza seguía en lo que acababa de pasar.
No en la exposición.
En quedarme.
En hacerlo igual.
En no irme.
Otra vez.
Al salir del edificio, busqué a Tomás casi por reflejo.
No estaba.
Me detuve.
Miré alrededor una segunda vez.
Nada.
El pecho se tensó apenas.
No mucho.
Lo suficiente.
Saqué el celular.
Un mensaje de hacía veinte minutos.
Me atrasé. Hoy no alcanzo a ir. Perdón.
Lo releí dos veces.
No porque no entendiera.
Porque entendía demasiado.
Y aun así—
me molestó un poco.
—¿Todo bien? —preguntó Valentina, ajustándose la mochila.
Guardé el celular.
—Sí.
Mentira mediocre.
Ella me miró con esa expresión de siempre.
La que parecía leer demasiado.
—¿Quieres caminar conmigo unas cuadras?