Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 23: La parte que no conté

La calma duró tres días.

No lo digo como tragedia.

Lo digo como dato.

Porque tres días era bastante más de lo que antes habría creído posible.

Tres días sintiéndome estable.

Tres días sin esperar que algo saliera mal a cada minuto.

Tres días pensando que tal vez estaba aprendiendo a vivir sin estar a la defensiva.

Y entonces apareció mi madre.

No literalmente al principio.

Primero fue una llamada perdida.

Después otra.

Luego un mensaje.

Necesitamos hablar.

Miré la pantalla varios segundos sin abrirlo del todo.

El pecho se me tensó con una precisión antigua.

Mi cuerpo la reconocía antes que mi mente.

Bloqueé el celular y lo dejé boca abajo sobre la mesa.

Como si así desapareciera.

No desapareció.

Valentina fue la primera en notarlo.

—Tienes cara de querer lanzar algo.

Levanté la vista desde el cuaderno.

Estábamos en la biblioteca, rodeadas de libros abiertos que ninguna estaba leyendo realmente.

—Estoy estudiando.

—No. Estás furiosa en silencio.

Suspiré.

—Mi mamá me escribió.

Valentina asintió lentamente.

No preguntó “¿y qué tiene?”. Eso agradecí.

—¿Mala relación?

Solté una risa breve.

—Relación confusa.

—Peor.

—Mucho peor.

Cerré el cuaderno.

—Siempre aparece cuando ya me estoy acomodando.

Ella apoyó el codo en la mesa.

—¿Y siempre respondes?

La pregunta me molestó porque era buena.

—Casi siempre.

—¿Por culpa o por costumbre?

La miré.

—¿Te entrenan para eso antes de entrar a la universidad?

—Sí. Primer semestre.

Rodé los ojos, pero sonreí apenas.

Después volví a bajar la mirada.

—No sé cómo no responder.

Valentina se encogió de hombros.

—Entonces quizá no se trata de ella.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que no?

—Quizá se trata de la versión tuya que todavía cree que tiene que hacerlo.

Eso me dejó quieta.

Incómoda.

Pensando.

No respondí ese día.

Ni el siguiente.

Y eso ya era algo nuevo.

Pero tampoco estaba tranquila.

Llevaba el celular encima como si fuera una amenaza portátil.

Cada vibración me alteraba.

Cada pantalla encendida me endurecía el cuerpo.

Tomás lo notó esa misma noche.

Obvio que lo notó.

—¿Qué pasa?

Estábamos en mi cocina. Yo cortando verduras sin necesidad real de cocinar nada. Él apoyado en el mesón observándome con esa paciencia irritante.

—Nada.

—Mentira.

—No todo es mentira cuando digo nada.

—Hoy sí.

Dejé el cuchillo sobre la tabla con más fuerza de la necesaria.

—Mi mamá me está escribiendo.

Tomás no reaccionó con dramatismo.

No dijo “¿qué pasó?” de inmediato.

Solo esperó.

Eso hizo que siguiera hablando.

—No nos llevamos bien.

—¿Desde siempre?

Me crucé de brazos.

—Desde que tengo memoria… raro. A veces bien. A veces muy mal. A veces como si yo tuviera que cuidarla a ella.

El silencio cambió de textura.

Más serio.

—Eso no te correspondía.

Lo miré.

—Lo sé ahora.

Pequeña pausa.

—Antes no.

Tomás asintió despacio.

—¿Qué quiere?

—No sé. Dice que necesitamos hablar.

—¿Y tú quieres hablar?

La pregunta me golpeó más que cualquier consejo.




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