El mensaje llegó dos días después.
Entonces iré yo.
Lo leí en la fila de la cafetería de la universidad, con el ruido de vasos, conversaciones cruzadas y una canción mala sonando demasiado fuerte desde algún parlante lejano.
Y aun así, lo único que escuché fue mi propio pulso.
Le mostré la pantalla a nadie.
Guardé el celular.
Pedí cualquier cosa sin mirar.
Me senté frente a Valentina y dejé el café intacto.
Ella me observó en silencio unos segundos.
—¿Qué pasó?
Le pasé el teléfono.
Leyó.
Alzó las cejas.
—Intenso.
—No sé qué hacer.
Me devolvió el celular.
—Sí sabes.
Negué de inmediato.
—No.
—Sí. Solo no te gusta la respuesta.
Eso me irritó por la misma razón que siempre me irritaba cuando tenía razón.
—No puedo impedirle venir.
—No.
—Entonces ves.
—Pero sí puedes decidir qué hacer cuando venga.
Bajé la mirada al vaso.
—No quiero verla.
Valentina suavizó apenas la expresión.
—Entonces parte por dejar de hablar como si quisieras.
El resto del día pasó a medias.
Estuve en clases.
Tomé apuntes.
Respondí preguntas.
Incluso participé una vez.
Todo eso ocurrió.
Pero yo estaba en otra parte.
En el edificio.
En el pasillo.
En una posible escena que todavía no existía y ya me agotaba.
Tomás abrió la puerta antes de que yo tocara.
—Tienes cara de catástrofe.
Entré sin saludar.
—Mi mamá viene.
Cerró la puerta detrás de mí.
—¿Cuándo?
—No sé. Pronto. Eso fue todo lo que dijo.
Tomás asintió despacio.
No dramatizó.
No intentó arreglarlo.
Otra vez, agradecí eso.
—¿Qué quieres hacer tú? —preguntó.
Solté una risa seca.
—¿Por qué todos me preguntan eso ahora?
—Porque importa.
Me dejé caer en su sofá.
—Quiero desaparecer dos semanas.
—Opción poco práctica.
—Entonces esconderme en tu departamento.
—Opción discutible.
Lo miré.
—¿Me estás rechazando en mi peor momento?
—Te estoy diciendo que podemos pensar algo mejor.
Suspiré y apoyé la cabeza hacia atrás.
—No quiero verla sola.
La frase salió más pequeña.
Más real.
Tomás se sentó a mi lado.
—Entonces no la veas sola.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Vendrías?
—Sí.
Sin pausa.
Sin duda.
El pecho se me apretó de una forma distinta.
No por miedo.
Por alivio.
La noche anterior a su llegada no dormí casi nada.
Cada sonido del edificio me parecía el ascensor.
Cada paso en el pasillo, ella.
A las ocho de la mañana ya estaba vestida.
A las nueve había limpiado un departamento que no necesitaba limpieza.
A las diez, Tomás golpeó la puerta con dos cafés.
—Pareces haber vivido una guerra.
—No dormí.
Entró y me pasó uno.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Tienes energía de amenaza.
Eso me sacó una risa breve.
Necesaria.
Llegó a las once y doce.
Escuché el timbre y el cuerpo reaccionó antes que yo.
Hombros tensos.
Respiración corta.
Manos frías.
Tomás me miró una vez.
No dijo nada.