Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 25: Después de la tormenta

Los días posteriores fueron extraños.

No malos.

No exactamente.

Solo… distintos.

Como si algo importante se hubiera movido dentro de mí y todavía no terminara de acomodarse.

Seguía yendo a clases.

Seguía viendo a Valentina.

Seguía cruzándome con Tomás en el pasillo o terminando en alguno de nuestros departamentos sin planearlo demasiado.

La rutina continuaba.

Pero yo me sentía cansada.

No físicamente.

Más hondo que eso.

Como cuando sostienes tensión por demasiado tiempo y recién después entiendes cuánto pesaba.

—Te ves agotada —dijo Valentina, sentándose frente a mí en la biblioteca.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Abrió su cuaderno.

—¿Cómo salió lo de tu mamá?

Miré la página en blanco frente a mí.

—Mejor de lo esperado.

—¿Y entonces por qué tienes cara de duelo?

Suspiré.

—Porque salió mejor de lo esperado.

Valentina levantó la vista.

Esperando.

—Y no sé qué hacer con eso.

Frunció apenas el ceño.

—Explícate.

Jugué con el lápiz entre mis dedos.

—Pensé que iba a ser horrible. Que me iba a destruir el día, la semana… algo.

—¿Y no pasó?

—No.

Pequeña pausa.

—Entonces me quedé sin enemigo.

Ella sonrió apenas.

—Ah.

—¿Ah qué?

—A veces uno organiza la vida alrededor de defenderse.

Bajé la mirada.

Porque sí.

—Y cuando ya no hace falta… quedas desorientada.

Sentí algo parecido al alivio y al miedo al mismo tiempo.

—Odio cuando entiendes cosas.

—Yo no.

Esa noche no fui a tocar la puerta de Tomás.

Y él tampoco vino.

No por conflicto.

No por distancia.

Simplemente no pasó.

Pero lo noté demasiado.

Al día siguiente sí apareció.

Golpeó dos veces y entró con una bolsa de supermercado.

—Compré comida.

Lo miré desde el sofá.

—Romántico.

—Práctico.

Dejó las cosas en la cocina y se giró hacia mí.

—¿Qué pasa?

Negué.

—Nada.

Él suspiró.

—Ya deberías saber que no funciona conmigo.

—Estoy cansada.

Asintió.

—Lo sé.

—Entonces eso pasa.

Tomás se quedó quieto unos segundos.

—No es solo eso.

Y me molestó.

No porque estuviera equivocado.

Porque estaba acertando demasiado.

—¿Por qué todos insisten en saber lo que me pasa antes que yo?

Él no reaccionó.

Solo sostuvo mi mirada.

—Porque lo estás mostrando.

La irritación subió rápido.

Demasiado rápido.

—No siempre quiero hablar.

—No te lo pedí.

—Lo estás haciendo ahora.

—Estoy preguntando.

Me puse de pie.

—Bueno, no quiero.

Silencio.

Denso.

Tomás asintió una vez.

—Está bien.

Y se dio vuelta hacia la cocina.

Eso debería haber terminado ahí.

Pero no.

Porque algo en mí quería pelear.

Descargar.

Romper la tensión en cualquier dirección.

—¿Eso es todo? ¿Está bien?

Se giró lentamente.

—¿Qué quieres que haga?

—No sé.

—Ese es el problema.

La frase cayó seca.

Directa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.