Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 27: Las cosas que cambian

Hay cambios que llegan de golpe.

Como una tormenta.

Como una despedida.

Como una llamada inesperada.

Y hay otros que ocurren tan lentamente que no los notas hasta que ya sucedieron.

Me di cuenta una mañana cualquiera.

Estaba caminando hacia la universidad con un café en la mano cuando algo me hizo detenerme.

No porque hubiera pasado algo.

Sino porque no había pasado nada.

Ningún pensamiento catastrófico.

Ninguna preocupación irracional.

Ninguna necesidad urgente de revisar mi teléfono.

Solo estaba caminando.

Y eso me pareció extraño.

—¿Por qué sonríes sola?

Valentina apareció a mi lado de la nada.

Casi derramé el café.

—Algún día vas a causarme un infarto.

—No seas dramática.

—Apareciste de la nada.

—Aparecí por una vereda pública.

La miré.

—Eres insoportable.

—Y tú estás de buen humor.

Fruncí el ceño.

—¿Eso es raro?

—Muchísimo.

La empujé suavemente con el hombro.

Ella se echó a reír.

Las semanas siguieron avanzando.

Trabajos.

Pruebas.

Exposiciones.

La rutina universitaria en todo su esplendor.

Y, por primera vez desde que llegué a la ciudad, empecé a sentir que pertenecía allí.

No completamente.

Pero lo suficiente.

Una tarde, después de clases, Valentina me observó mientras guardaba mis apuntes.

—¿Puedo decirte algo?

—Nunca te ha detenido antes.

—Cierto.

Cerró su cuaderno.

—Has cambiado.

La frase me hizo detenerme.

Porque durante años la había escuchado como crítica.

Como acusación.

Como algo negativo.

Esta vez sonó diferente.

—¿Para bien o para mal?

Valentina sonrió.

—Para ti.

Y eso me dejó pensando.

Esa noche encontré a Tomás en mi departamento.

Bueno.

No exactamente.

Estaba sentado afuera de mi puerta.

Con una bolsa de comida rápida apoyada a su lado.

—¿Por qué estás en el suelo?

Levantó la vista.

—Porque te estaba esperando.

—¿Y las sillas dejaron de existir?

—No seas pesada.

Sonreí.

—¿Qué haces aquí?

Levantó la bolsa.

—Traje comida.

—¿Soborno?

—Tal vez.

Entramos.

Comimos viendo una película que ninguno eligió realmente.

Comentando más de lo que prestábamos atención.

Como siempre.

—¿Puedo preguntarte algo?

Tomás dejó el vaso sobre la mesa.

—Depende.

—Esa respuesta empieza a aburrirme.

—Entonces sí.

Lo pensé unos segundos.

—¿Crees que las personas cambian?

Su expresión se volvió más seria.

—¿Mucho?

—No sé.

—Creo que sí.

Miré la pantalla sin verla realmente.

—Yo antes pensaba que no.

—¿Y ahora?

Sonreí apenas.

—Ahora creo que sí.

Tomás se acomodó en el sofá.

—¿Por qué la pregunta?

Suspiré.

—Porque siento que soy otra persona.

Él negó suavemente.

—No.

Lo miré.

—¿No?

—No eres otra persona.

Pequeña pausa.

—Eres tú sin algunas heridas dirigiendo todo.

La frase me dejó completamente en silencio.




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