No sabía dónde estaba.
Todo era oscuridad.
No existía un arriba ni un abajo, un principio ni un final. A mi alrededor solo se extendía un vacío infinito que parecía devorarlo todo.
Intenté distinguir algo, aunque fuera una sombra, una silueta... cualquier cosa.
Nada.
Era como si aquel lugar hubiera sido creado para borrar toda existencia.
De pronto, mi mente simplemente se apagó.
No fue como quedarse dormida.
Fue como dejar de existir.
Cuando recuperé la conciencia, seguía atrapada en aquel inmenso vacío.
Sin embargo, algo había cambiado.
Podía escuchar.
Al principio eran apenas unos murmullos lejanos, casi imperceptibles, como si el viento arrastrara voces desde un lugar muy distante. No lograba distinguir ninguna palabra, pero era la primera vez que oía algo desde que había llegado allí.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
¿Horas?
¿Días?
¿Meses?
Era imposible saberlo.
Tampoco recordaba qué había ocurrido antes de caer en aquel lugar. Lo último que venía a mi mente era la mansión... mis guardianes... y después, nada.
Intenté obligarme a recordar.
¿Qué había pasado?
¿Por qué estaba allí?
Cada vez que estaba a punto de encontrar una respuesta, mi mente volvía a perderse en el mismo vacío.
Era un círculo del que no podía escapar.
Los murmullos comenzaron a escucharse con mayor claridad y salí de mis pensamientos.
No sabía si eran voces o simplemente el eco de aquel lugar, pero decidí seguir el sonido.
Era mi única oportunidad de salir de allí.
Comencé a caminar.
Cada paso hacía que los murmullos se volvieran más intensos.
Más cercanos.
Más claros.
Sin darme cuenta, empecé a correr.
Tenía que llegar.
De repente, una mano emergió de las sombras y sujetó mi brazo con tanta fuerza que me obligó a detenerme.
Un dolor punzante recorrió todo mi cuerpo.
Entonces, una voz grave resonó en medio de aquel inmenso silencio.
—¿A dónde crees que vas?
Intenté zafarme, pero aquella fuerza era imposible de vencer.
—¡Suéltame!
Una risa baja, áspera y burlona rompió el silencio.
—¿Para qué? Este es tu nuevo mundo.
—No... Tengo que regresar. Mis guardianes me están esperando.
La figura permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Después de encerrarte?
Fruncí el ceño.
—Ellos... no me encerraron.
Mi voz vaciló por un instante.
—Lo hicieron para protegerme.
La risa volvió a escucharse.
Esta vez fue más profunda, cargada de desprecio.
—¿Eso fue lo que te hicieron creer?
Sentí un nudo formarse en mi garganta.
—No hables de ellos así.
—¿Por qué no?
La figura dio un paso hacia mí.
—Cuando tu poder se salió de control, ¿qué hicieron?
Guardó silencio.
—¿Buscaron una forma de ayudarte...
Otra pausa.
—...o prefirieron encerrarte como si fueras un monstruo?
Negué con la cabeza.
—No... Ellos no son así.
La figura volvió a acercarse.
Aunque seguía envuelta en sombras, había algo en su presencia que me resultaba inquietantemente familiar.
No era su voz.
Tampoco su forma de hablar.
Era otra cosa.
Una energía.
Una presencia que conocía desde hacía mucho tiempo.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
—¿Quién eres?
La figura permaneció en silencio.
Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada.
Después habló con una calma que erizó cada parte de mi cuerpo.
—He estado contigo desde el día en que naciste.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—No...
—He sentido cada una de tus alegrías.
Dio un paso más.
—Cada una de tus pérdidas.
Otro.
—Y cada vez que sufriste...
Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.
—...yo también sufrí.
Sus palabras hicieron que algo se quebrara dentro de mí.
Las imágenes comenzaron a regresar de golpe.
Los hijos de Vor'Kael.
La batalla.
Los gritos.
El descontrol de mi poder.
Llevé una mano a mi cabeza mientras intentaba ordenar aquellos recuerdos.
Entonces levanté lentamente la mirada hacia aquella figura.
Sentía su energía.
La reconocía.
Siempre había estado dentro de mí.
Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas.
—Tú...
Mi respiración se cortó.
—Tú eres... mi poder.
Una sonrisa se dibujó lentamente entre las sombras.
—Por fin me reconoces.
Mi cuerpo se estremeció.
—¿Qué hiciste? Te dije que no les hicieras daño.
La sonrisa desapareció.
Su expresión se endureció.
—A tus guardianes no los maté.
Guardó silencio durante un instante.
—Pero ganas no me faltaron.
Sentí un vuelco en el pecho.
—No los puedes lastimar. Me hiciste una promesa.
Él soltó una carcajada que resonó por todo aquel vacío.
—¿Todavía los proteges... después de que te encerraron?
Permaneció observándome en silencio, como si esperara que dudara de mis propias palabras.
—¿Dónde crees que estamos? —preguntó finalmente—. Esto es una prisión creada por tus guardianes. Ellos nos tienen miedo y la única forma que encontraron de protegerse fue encerrarnos.
Negué una y otra vez.
—No... También intentan protegernos. No quieren perdernos.
Mi poder volvió a reír. Esta vez su risa sonó más fuerte, más amarga.
—¿De verdad crees que te quieren?
No respondí.
Él dio un paso hacia mí.
—Ellos aman a tu antigua versión... a la diosa. No a la humana.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—Eso no es cierto.
—¿No?
Su voz sonó tranquila, casi compasiva.
—Para ellos eres una carga.
Las palabras atravesaron mi pecho como un cuchillo.