Kael’varya / Los Cinco Mundos

“Donde la lógica se detiene, y lo imposible comienza”

Al subir al siguiente piso, me encontré con diversas esculturas de piedra talladas con una precisión asombrosa. Me acerqué a una de ellas para observarla detenidamente.

No parecía humana.

Tenía cuernos que sobresalían en forma de corona alrededor de su cabeza, de los que nacía una melena ondulada que caía hasta su cintura. Vestía una armadura que parecía una mezcla entre metal y tela pesada, y en el centro del pecho destacaba un símbolo peculiar: una calavera con dos alas desplegadas. Su rostro era humanoide, pero estaba marcado por extrañas señales en la frente y las mejillas, como si fueran marcas de nacimiento. En una mano sostenía un escudo; en la otra, una espada larga cuya empuñadura estaba adornada con gemas dispuestas de forma simétrica. Desde su espalda emergían unas alas que parecían esculpidas con intención ceremonial.

Debajo de la estatua había una placa:

“Aquí yace Aarón, el siervo de Osar.
Ayudó a conquistar reinos enteros, pero cayó bajo una maldición que le hizo perder el control de su sed de sangre.
Su propio rey tuvo que sellarlo con el Conjuro del Sellado de la Ceniza Oscura para evitar que destruyera su reino.”

Me quedé perpleja. Nunca había escuchado ese nombre, ni leído nada sobre Osar. Ningún libro de historia lo mencionaba. Sin embargo, considerando todo lo que ya había visto en esa mansión, decidí no cuestionarlo más. Allí, lo extraordinario parecía ser la norma.

Busqué la carpeta de instrucciones del piso. Al abrirla, encontré una sección titulada “Estatuas de batalla”, con indicaciones precisas para la limpieza y mantenimiento de cada una.

En la zona de Aarón, debía preparar una mezcla especial con una planta llamada Ashkael’ra ven’drah, una flor de color rojo intenso, con el centro negro y matices anaranjados que parecían consumirla desde dentro. A esto debía añadirse un aceite identificado con símbolos que ya había visto en el laberinto:

Nareth’vok sha’ther.

Al combinarlos, se formaba una crema espesa que, al aplicarse sobre la piedra, no solo limpiaba la superficie, sino que parecía reforzarla.

Continué hacia la siguiente sección.

Allí había estatuas de criaturas aún más extrañas. Una de ellas se asemejaba a un lobo, pero con un cuerno que emergía de su frente y la espalda cubierta de espinas en forma de dagas.

La placa decía:

Lizan’thor vaer’hal.

La descripción, en español, indicaba que pertenecía al Vael’droth Kaer’vyn, el Mundo del Corazón. Se trataba de una especie inteligente y pacífica, extinguida hacía más de quinientos años. Vivían en pareja toda su vida, concebían cada diez años y utilizaban sus espinas como herramientas. Su cuerno secretaba una sustancia capaz de contrarrestar maldiciones.

La última línea me heló la sangre:

“Este es el último superviviente.”

¿Qué significaba eso?

La idea se formó sola en mi mente: aquellas estatuas no eran simples esculturas. Con todo lo que había visto en la mansión, no sería extraño que esas criaturas estuvieran en algún tipo de hibernación, selladas en piedra.

No podía detenerme a leer cada placa. Si lo hacía, no terminaría nunca. Otro día volvería con más calma, tal vez con una libreta. Y cuando viera al señor Hunt —en dos años, si era cierto— le exigiría explicaciones. Ni siquiera Fabián me detendría.

Según las instrucciones, muchas de esas estatuas requerían métodos simples: agua tibia con desinfectante. Otras debían limpiarse con incienso, que al consumirse dejaba un suave aroma a flores silvestres.

Cuando terminé y me dispuse a continuar, el reloj central del salón emitió un campanazo grave.

En la pared apareció una frase luminosa:

“SAL AHORA. YA SE CUMPLIÓ TU TIEMPO.”

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Tomé los productos de limpieza y corrí hacia la salida. Apenas crucé la puerta, esta se cerró de golpe.

Un nuevo mensaje apareció:

“Por hoy, ya no puedes subir. Vuelve mañana.”

Me quedé inmóvil, tratando de recuperar el aliento. Cada día en esa casa se sentía más alejado de la realidad. Bajé lentamente y, antes de llegar a la planta baja, me desvié para ver cómo estaba Bert.

Al sentirme cerca, comenzó a moverse con entusiasmo. Sonreí sin poder evitarlo. Jamás imaginé que a mis veintisiete años tendría una planta carnívora como mascota. Entonces noté algo nuevo: tenía pequeñas patas. No eran raíces. Se movían.

Le di dos arañas —su golosina favorita— y lo acomodé con cuidado.

Si todas las criaturas de la mansión fueran así, pensé, esto sería sencillo. Pero sabía que no podía confiarme. Algo en mí comprendía que aquello era solo el inicio.

Ya en la planta baja, preparé el almuerzo y luego salí al jardín.

Recorrí los senderos admirando las flores. El señor Hunt etiquetaba todo, lo cual agradecía. Una flor de pétalos blancos, suaves como lana, llamó mi atención.

La placa decía:

Flor Ovejera
Utilización: pociones de sueño.
Preparación: consultar al Dr. Hunt.

Tomé nota mental.

Al fondo del terreno, el jardín daba paso a un bosque inmenso, rodeado de letreros:

“Peligro. No pasar. Zona no estudiada.”

Avancé con cautela y la vi de nuevo: la criatura violeta descansaba junto a una roca. Esta vez pude observarla mejor. Su pelaje era una mezcla de morado y gris; tenía hocico de topo, ojos grandes, cola de lagartija y patas similares a las de una suricata.

Cuando me acerqué, sopló con fuerza. Una ráfaga de aire me hizo perder el equilibrio. Cuando volví a mirar, había desaparecido.

La piedra que yo misma había acomodado días antes estaba fuera de su lugar.

La devolví a su sitio.

Más adelante entré al invernadero. Allí comprendí por qué la mansión estaba siempre abastecida. Leí las placas: plantas medicinales, otras para maldiciones, algunas para atraer duendes o hadas.




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