Narra Estefanía
Mariana comenzó a pedirme que respirara profundamente con ella. Su voz era serena, pausada, como si intentara atrapar el caos que aún agitaba mi interior y domarlo poco a poco. A mi lado, Eduardo murmuraba palabras tranquilizadoras que, aunque distantes, lograron reconfortarme. Con el paso de los segundos, la agitación cedió y mi cuerpo recuperó algo de calma.
Me senté en la orilla de la cama. Ambos me dieron espacio, como si temieran interrumpir el torbellino de pensamientos que aún me sacudía. Qué sueños tan vívidos, pensé, con un nudo en la garganta. ¿Por qué tenía que pasar por esto?
Con lo que me habían explicado, empecé a sentir un rencor creciente hacia el señor Hunt. Su obsesión con aquellas investigaciones estaba despertando mi poder de una forma brusca, empujándome a situaciones peligrosas para las que claramente no estaba preparada.
No me di cuenta de cuánto tiempo permanecí ensimismada, hasta que un leve toque en mi hombro me sobresaltó. Alcé la vista: dos pares de ojos me observaban con atención, esperando que hablara. Tomé una respiración profunda, como si necesitara armarme de valor, y comencé a relatar lo que había presenciado: la fuente con aquel líquido extraño que cerró mi herida y la sombra que me había perseguido con furia.
Mariana escuchó en silencio. Su expresión mezclaba asombro e interés cuando me dijo que no esperaba que, desde el inicio, mi poder revelara habilidades curativas. Añadió que aún quedaba mucho por descubrir y que esa fuerza interior me estaba presionando al límite, obligándome a enfrentar criaturas que ponían a prueba mi resistencia. Lo más inquietante era que, a pesar de seguir apenas un libro para principiantes, mis sueños mostraban una intensidad que desafiaba cualquier preparación previa: aquellas visiones parecían querer combatir conmigo directamente.
—¿Y si cambiamos de libro? —pregunté, recordando las pesadillas anteriores en las que también me enfrentaba brutalmente a esas criaturas.
Mariana negó suavemente con la cabeza.
—No es lo mismo —explicó—. Este libro te da alternativas claras para escapar de los sueños; son salidas evidentes, si sabes verlas. En cambio, el otro te arrojaba sin pistas, sin respiro. Ese texto te consideraba experta y no te concedía escapatoria.
Eduardo intervino con un tono firme, pero comprensivo:
—Por ahora es mejor seguir con este. Te ayudará a agilizar tus habilidades dentro de los sueños y, más adelante, podrás controlar tu poder también en la vida real.
Me quedé callada. Ellos tenían razón. Antes de enfrentar el verdadero despertar de mis poderes, debía fortalecerme en aquel terreno onírico.
Seguimos conversando un largo rato. Al final, acordamos que regresarían a la mansión en quince días. Yo debía continuar la lectura del libro y practicar las técnicas que proponía. Aún con dudas, pregunté qué debía hacer si volvía a soñar antes de la próxima sesión.
Mariana respondió con calma:
—Mientras dormías, seguí leyendo. El libro indica que este ritual impide que el soñador tenga nuevas visiones hasta que se active otra sesión. Solo entonces los sueños regresarán, y la próxima vez deberás traer también los recuerdos de otras experiencias oníricas.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, pesadas y enigmáticas. Sentí que cada página de aquel libro escondía tanto peligro como respuestas, y que los próximos quince días serían apenas una tregua antes de enfrentar nuevamente lo desconocido.
Me despedí de ellos y regresé a la cama, cargada de dudas, pero con la firme decisión de descubrir y enfrentar lo que me aguardaba. Lo único que olvidé preguntar fue por qué los humanos teníamos poderes en la antigüedad. Aquello me parecía extraño, fuera de toda lógica. Aun así, investigaría en la biblioteca y me prometí que la próxima vez que viera a Eduardo o a Mariana, les hablaría de mis descubrimientos y exigiría respuestas.
El sueño me venció poco a poco. No supe en qué momento me quedé dormida, hasta que la alarma del celular me despertó. Mariana tenía razón: esa noche no soñé nada. Al menos tendría quince días de descanso, lejos de aquellas visiones perturbadoras.
Al día siguiente quise aprovechar el tiempo. Me apresuré en ordenar los pisos superiores, con la idea de sentarme después a leer el libro y los volúmenes que había tomado de la biblioteca. Tras cumplir mi rutina en la mansión, bajé a almorzar y luego me dispuse a leer.
Al pasar la página siguiente confirmé lo que Mariana me había dicho: el texto repetía lo mismo que ella había leído. No me detuve mucho allí; era el final del primer capítulo. Seguí con el segundo. El título me estremeció:
“Códice de la Evasión Onírica.”
Debajo, el libro explicaba que, para evitar que un sueño me lastimara, debía dejar fluir mi poder por todo el cuerpo. La forma más sencilla de lograrlo era visualizar el color de mi energía y permitir que recorriera cada parte de mí. Así obtendría mayor control frente a las criaturas que habitaban mis sueños. También aconsejaba recolectar toda la información posible del entorno onírico, pues aquello facilitaría comprender su significado y los mensajes que intentaban transmitir.
Leí durante un par de horas. Luego cerré el libro y salí al jardín. Necesitaba despejarme. Me senté y cerré los ojos; respirar el aire puro me ayudó a recuperar fuerzas antes de continuar con mis estudios. Decidí que por ese día bastaba. Había otras cosas que atender.
El silencio del jardín era agradable. El viento fresco y el sol tenue hacían la tarde particularmente amable, a pesar del clima frío habitual. Entonces escuché ruidos en dirección al invernadero. Me levanté, intrigada, y caminé hacia allí.
Era el pequeño animal capaz de generar ráfagas de aire. Me escondí entre las sombras para no asustarlo y lo observé. Estaba hurgando en busca de comida. Recordé que, en otras ocasiones, solía dejarle algo con la esperanza de que un día me permitiera acercarme más. Con todo lo que había pasado, había descuidado ese detalle. Aun así, parecía haberse acostumbrado a encontrar alimento allí.
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Editado: 11.01.2026