Kael’varya / Los Cinco Mundos

"Los fragmentos de lo que fui"

Narra Estefanía

Me pesaban los párpados. Intenté abrir los ojos, pero la luz me golpeó con tanta fuerza que me aturdió, así que los cerré de nuevo. Todo parecía lejano, difuso, como si mi cuerpo aún no quisiera regresar del todo.
Entonces sentí una mano acariciando la mía.

Ese gesto fue suficiente para obligarme a intentarlo otra vez. Abrí los ojos con lentitud y, frente a mí, estaba Fabián. Su rostro reflejaba una preocupación profunda, casi dolorosa, y cuando notó que había despertado, sus ojos se llenaron de alivio. Con voz suave me preguntó si me dolía algo.

Quise responderle de inmediato, pero mi voz salió rasposa. Me aclaré la garganta antes de decirle que me dolía la cabeza. Sin perder tiempo, me entregó una pastilla y un vaso de agua, ayudándome a incorporarme para que pudiera tomarla. Luego me acomodó con cuidado para que volviera a recostarme.

—Descansa —me dijo—. Yo estoy aquí.
Cerré los ojos una vez más. En el silencio que siguió, mi mente comenzó a llenarse de pensamientos que no podía detener.

Recordé lo que los guardianes me habían revelado. Con esos nuevos recuerdos que se habían desbloqueado en mi mente, comprendí que no podía alterarme por lo que era. Tenía que aceptarlo.

Tenía que volverme fuerte, más fuerte que nunca, para poder ayudar a los cinco mundos a enfrentar la perversidad de Vor'Kael.

Con esa resolución grabada en el corazón, el cansancio volvió a vencerme y me quedé dormida otra vez.

Cuando desperté de nuevo, algo había cambiado. Ya no tenía dolor de cabeza y mi energía parecía estar al cien por ciento, como si el descanso hubiera sellado algo dentro de mí. Me levanté de la cama y salí con cautela, procurando no hacer ruido.

Al dirigirme hacia la sala, vi a todos sentados, conversando. Hablaban sobre el entrenamiento al que Fabián y yo seríamos sometidos. Como siempre, quien discutía con mayor intensidad era Eduardo. Alegaba que mi entrenamiento debía ser más cuidadoso, ya que existía una alta probabilidad de que volviera a descontrolarme.

Antes de que pudiera seguir hablando, decidí hacer notar mi presencia.

—Eduardo, qué poca fe me tienes —dije en voz alta—. Haré el entrenamiento que me indiquen Christopher o Mariana. Como siempre, peleando con tus hermanos… desde niño tienes esa mala costumbre.

El silencio cayó de golpe.

Todos me miraron sorprendidos. Sus miradas se clavaron en mí como si estuvieran viendo algo que no esperaban. Al notar sus expresiones, les pregunté:

—¿Por qué me miran así, chicos?

Eduardo fue el primero en reaccionar. Con la voz cargada de emoción, me preguntó si recordaba.
Pensé por un momento antes de responderle.

—Solo ciertas cosas —dije al fin—.

Aún hay vacíos en mi mente. Tengo fragmentos de cuando vivía con ustedes y conocimientos de lo que fui aprendiendo en cada época… pero no todo está completo.

Mariana no esperó más. Corrió hacia mí como una niña emocionada y me abrazó con fuerza. Comenzó a sollozar, repitiendo una y otra vez lo feliz que estaba de que ya comenzara a recordar.

Le acaricié la cabeza. Mi niña había sufrido demasiado, y su llanto lo decía todo. La separé un poco, limpié sus lágrimas y le hablé con suavidad:

—Ya, mi niña… ya estoy aquí. No tienes que cargar con todo sola.

Ella volvió a abrazarme, como si temiera soltarme. Había extrañado profundamente esa sensación de plenitud al estar rodeada de los niños.

Ese era el vacío que siempre había sentido en mi corazón desde que tenía uso de razón en esta vida. Nunca supe de dónde provenía; pensaba que era extraña, incompleta.

Ahora lo entendía.

Me faltaban los pedazos de mi corazón… y cada uno de ellos era uno de mis niños.

Cuando Mariana logró calmarse, me acerqué a los demás y los abracé uno por uno.

Primero fui hacia Rodrigo. Al igual que Mariana, rompió en llanto. Le pedí disculpas por no haber podido hacerlo reencarnar en una familia mejor, pero él negó con la cabeza.

—No tienes la culpa —me dijo—. El destino es raro a veces. Todo lo que me pasó me hizo más fuerte.

—Mi hombrecito valiente —le dije con orgullo.

Luego me acerqué a Fabián. Me miraba desconcertado.

—Discúlpame, hermanita —me dijo—.

Todavía te veo como mi hermanita.
—No te preocupes —le respondí—.

Espero que vayas recuperando tu memoria. También necesitamos tu poder y tu conocimiento.

Después fui hacia Eduardo. Él abrió los brazos para abrazarme, pero antes de que pudiera hacerlo, le di un golpe que lo dejó sin aliento.

—¿Por qué…? —preguntó con la voz ahogada.

—Por faltarme tantas veces el respeto y por portarte mal con tus hermanos.
Luego lo abracé con fuerza.
—Te extrañé, mi niño travieso.

En voz baja le pedí que intentara perdonar a Christopher, que había cargado demasiados años con rencor, y que, si quería ser completamente feliz, debía dejar el odio atrás.

Finalmente me acerqué a Christopher.
Su expresión era fría, pero yo sabía que no era más que una máscara. En sus ojos podía ver la soledad que sentía y una tristeza profunda, antigua. Le acaricié la mejilla con suavidad.

—Ya estoy aquí, mi vida. Trata de perdonarte… no fue tu culpa.

Cumpliste con tu misión.
Él me miró fijamente antes de responder con voz fría:

—No, madre. No fui suficiente para ti… ni para mi hermano. Pero te prometo que en esta vida te protegeré por encima de todo.
Se arrodilló frente a mí y me pidió que lo perdonara.

Me agaché a su altura y negué con la cabeza.

—No acepto esa promesa —le dije—. Porque por encima de mí están los cinco mundos y su protección.
Al decirlo, no solo miré a Christopher. Los miré a todos.

—Recuerden, chicos, esa es su misión.
Todos negaron al mismo tiempo.

Entonces Mariana habló:

—No, madre. Nuestra misión es protegerte. Vimos en qué se sumieron los cuatro mundos en tu ausencia. Tú eres el pilar fundamental para que sobrevivan los cinco mundos. Sin ti, los cuatro mundos y, en la actualidad, también la Tierra, desaparecerán. La maldad se ha descontrolado y el bien está en desventaja.




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