Kael’varya / Los Cinco Mundos

“Hijos de Vor’kael”

El aire se volvía cada vez más pesado mientras corríamos entre los árboles. Las ramas crujían bajo nuestros pasos y la niebla parecía cerrarse a nuestro alrededor, como si el propio bosque quisiera impedirnos avanzar.
Christopher rompió el silencio sin disminuir la velocidad.

—Solo intervendrás si es estrictamente necesario —dijo—. No deben saber quién eres todavía.
Asentí sin mirarlo. Lo comprendía demasiado bien. Revelar mi identidad ahora sería como encender una antorcha en la oscuridad: atraeríamos algo que aún no estábamos preparados para enfrentar.

Cuando atravesamos el último matorral y el claro se abrió ante nosotros, la escena me golpeó con una violencia silenciosa.

Eduardo, Mariana y Rodrigo luchaban rodeados de criaturas que parecían salidas de una pesadilla. Llevaban máscaras con forma de aves, con picos afilados y ojos huecos que no reflejaban emoción alguna. De sus espaldas y brazos emergían espinas de metal que se movían como si tuvieran vida propia, extendiéndose y retrayéndose al ritmo de sus ataques.

Sus pies eran grandes y torcidos, desproporcionados con el resto de sus cuerpos, y aun así se desplazaban con una rapidez inquietante, casi deslizándose sobre la tierra.

Una de las criaturas lanzó una lanza que surgió directamente de su antebrazo. Mariana rodó por el suelo, esquivando el golpe por apenas unos centímetros, mientras Rodrigo levantaba una barrera de energía para detener otro ataque. Eduardo, con los ojos encendidos, se abalanzó sobre una de ellas y la lanzó contra un árbol, que se partió con un crujido seco.

Pero entonces lo vi.

A un lado del claro, completamente inmóvil, estaba el hombre.

No participaba en la lucha. No parecía necesitar hacerlo. Observaba.

Por las marcas grabadas en su rostro —idénticas a las de la estatua de Arón— supe que pertenecía al mundo de Ozar. Sin embargo, su vestimenta rompía toda lógica: una túnica negra ondeaba sobre ropa moderna, como si dos realidades incompatibles coexistieran en un solo cuerpo. Aquella contradicción lo hacía aún más inquietante que las criaturas.
Cuando entramos en el claro, la voz de Christopher resonó en mi mente.

—Puedes enfrentarte a las criaturas. No te acerques al observador.

Mi corazón se aceleró. Apreté los puños y me lancé al combate.
Una de las criaturas giró hacia mí. De su pecho emergió una espada de metal oscuro. No gritó. No vaciló. Simplemente atacó.

Me agaché justo a tiempo y sentí el filo pasar rozando mi cabello. Giré sobre mí misma y golpeé su costado con toda mi fuerza. La criatura salió despedida varios metros, pero se detuvo en el aire como si la gravedad no tuviera poder sobre ella. Sus alas de metal vibraron y volvió hacia mí con una velocidad letal.

Liberé mi poder.

Una explosión de luz morada entrelazada con verde atravesó su cuerpo. La criatura se desintegró en partículas que se disiparon en el aire como ceniza.

Mi respiración era agitada. El olor a energía quemada llenaba el claro.
A mi alrededor, los demás también combatían con una intensidad feroz. Las criaturas no sangraban. No gritaban. Solo atacaban una y otra vez, como si fueran herramientas sin voluntad.

Una lanza rozó mi hombro. Otra pasó tan cerca de mi rostro que sentí el frío del metal. Me obligué a concentrarme. Aquello no era un entrenamiento. Aquello era real.

Una a una, las criaturas fueron cayendo, hasta que el claro quedó sumido en un silencio extraño.
El hombre seguía allí.

Observándonos.

El silencio que quedó tras la caída de la última criatura era tan denso que parecía poder tocarse. El claro estaba cubierto de marcas de energía, tierra removida y restos que se desvanecían lentamente como humo oscuro. Sin embargo, la verdadera amenaza no había desaparecido.

El hombre de la túnica negra seguía allí, inmóvil, observándonos como si acabáramos de ofrecerle un espectáculo.

Christopher dio un paso al frente. Su voz, firme y controlada, resonó en el idioma antiguo de los Cinco Mundos.

—¿Quién eres y por qué estás en nuestro pueblo?

El desconocido giró ligeramente la cabeza, evaluándonos con una mirada profunda, casi clínica.

—Busco a mis hermanos —dijo—. Fueron enviados a una misión y ninguno ha regresado. Ustedes, humanos, no comprenderían en qué situación se han metido. Lo más prudente sería eliminarlos antes de que interfieran.

Sus ojos recorrieron el grupo.
—¿Son ustedes de las familias bendecidas por la Kael’varya?
Christopher no dudó.

—Sí. Y no permitiremos que entres al pueblo. Cualquier forastero sería destruido.
El hombre soltó una risa hueca, desprovista de humor.
—Entonces debes de ser débil… porque aquí siento la presencia de mi hermana. A mi otro hermano no lo percibo, pero encontrar a uno por ahora será suficiente.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Si uno de sus hermanos estaba infiltrado, significaba que el enemigo había estado entre nosotros todo este tiempo.

Antes de que pudiera procesarlo, un objeto voló hacia nosotros con violencia. Todos nos movimos al mismo tiempo, esquivándolo por apenas unos segundos.

Miré hacia la dirección de donde había venido el ataque… y mi corazón dio un vuelco.

La señora Dolores avanzaba hacia nosotros.

Sus amuletos tintineaban con cada paso y en sus manos sostenía una extraña arma que parecía pulsar con energía oscura.

—No se metan en los asuntos de nuestro padre —dijo con una voz seca y cortante—, estúpidos pueblerinos.
Nada en su tono sonaba como la mujer que conocíamos.

Christopher la miró con furia contenida.

—Eduardo… ¿por qué no le borraste la memoria por completo?

Eduardo no desvió la mirada.

—¿Y qué querías que hiciera? —respondió con frialdad—. Si lo hacía, habrían venido antes. Cuando tú no estabas… y ella no sabía quién era —dijo, señalándome.

Mariana se adelantó un paso.




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