Mariana lanzó su poder contra Radir con una fuerza brutal. El impacto lo hizo salir despedido y estrellarse contra unas rocas a varios metros de distancia, liberando así a Estefanía, que yacía en el suelo, medio inconsciente.
Sin perder tiempo, Mariana corrió hacia ella para comprobar su estado. La energía de Estefanía se distorsionaba de forma peligrosa, como un pulso irregular que amenazaba con desbordarse. Si no lograba regularla, la situación podía salirse completamente de control. Se arrodilló junto a ella y desató su poder curativo, enfocándose primero en las heridas internas más graves, concentrando cada fragmento de su energía en mantenerla estable.
Radir, al recuperarse, alzó la vista y vio a aquella guardiana curando lo que para él era su comida. No lo iba a permitir. Habían pasado demasiados años desde la última vez que perdió el control de su hambre, y el aroma de la chica resultaba cautivador. No deseaba matarla de inmediato; quería jugar un poco con su presa… y después devorarla.
Se lanzó hacia donde estaban Mariana y Estefanía sin notar que frente a ellas se alzaba un campo de energía. Al impactar contra la barrera, el flujo de poder se deformó como un espejo quebrándose, y Radir salió repelido violentamente hacia atrás. Frustrado, se incorporó y avanzó con pasos pesados hasta la barrera, descargando golpes con sus puños. Al ver que no cedía, desató su poder sin reservas, haciendo vibrar el aire a su alrededor.
Mariana miró de reojo a Radir. Tenía que terminar de curar a Estefanía lo más rápido posible. Si Radir lograba atravesar la barrera, sería el final, ya que ella no estaba usando ni siquiera una fracción de su poder máximo.
La pared energética comenzó a trisarse. El sonido era agudo, como el cristal a punto de romperse.
Radir rió.
—Me quitaron lo que era mío… —gruñó, mientras la barrera vibraba—.
—Por esa insolencia no solo recuperaré mi comida… también mataré a quien le cura.
***
En otro lado del campo de batalla, Eduardo y Christopher luchaban contra Droker. El poder que emanaban era tan intenso que el suelo temblaba bajo sus pies y el cielo parecía tensarse, como si fuera a partirse en dos. Ninguno retrocedía.
Droker, capaz de medirse contra ambos al mismo tiempo, sacó de pronto unas espadas y las impregnó con un poder extraño. Sin advertencia alguna, se lanzó al ataque. Las hojas eran tan filosas que cortaban el aire mismo, creando pequeños agujeros negros que se disipaban segundos después, dejando tras de sí un vacío inquietante.
—Ahora —resonó la voz de Christopher en la mente de Eduardo—.
Es momento de saber si siglos de entrenamiento sirvieron para algo.
Eduardo intentó sonreír, pero el gesto se quebró en una mueca tensa. No respondió; simplemente asintió.
Para Christopher, ese gesto ya era un avance. Conocía bien la relación que Eduardo había tenido con él tras la muerte de su madre. Solo esperaba que, ahora que estaban todos juntos, comenzara a perdonarlo… y a perdonarse a sí mismo. Su madre ya estaba con ellos.
Ambos desataron su poder.
Eduardo invocó sus dagas, impregnándolas con su energía roja, que se entrelazó con un tono morado. Christopher, por su parte, liberó unas cadenas doradas que parecían tener vida propia. Se enroscaron alrededor de su cuerpo y, al tensarse, comenzaron a tornarse de distintos colores: rojo, verde y morado, fundiéndose con el amarillo.
Droker se detuvo por un instante al observar las armas de los guardianes.
—Así que por fin pelean en serio… —dijo con una sonrisa helada—.
Mis hermanos mayores me contaron historias de ustedes. De cómo luchaban.
Bajó la voz, como si compartiera un secreto.
—Pero verán, no solo dominamos mundos ni buscamos a la Kael’varya.
Nuestro padre, con nuestra ayuda, modificó nuestros poderes.
Los miró con calma.
—Nos hizo más fuertes.
Más fuertes incluso que la diosa que ustedes protegían.
Imaginen entonces cuán poderoso es Vor’Kael.
Christopher y Eduardo se miraron.
—Si lo que dice es cierto… —murmuró Christopher.
—Entonces estamos en problemas —respondió Eduardo sin apartar la vista de Droker.
Aun así, sin decir nada más, se lanzaron hacia él.
Pero Droker fue más rápido. Invocó a las mismas criaturas del bosque, que se abalanzaron sobre ellos. Les arrojaban sus espadas como flechas y se movían con una velocidad aún mayor que antes. Sus golpes eran devastadores.
Una de las espadas pasó a centímetros de la cabeza de Eduardo. Aprovechando la distracción, Droker se movió con rapidez para atacar, pero las cadenas de Christopher lo atraparon y lo estrellaron contra unos árboles.
—¿Estás bien? —preguntó Christopher.
—Sí —respondió Eduardo, sin dejar de moverse.
Droker se levantó de inmediato y volvió al ataque. Los guardianes comenzaron a verse superados. Las criaturas no mostraban señales de cansancio, pero ellos sí, y Droker atacaba al mismo tiempo, cada vez con mayor precisión. La situación se volvía crítica.
Otra flecha gigantesca estuvo a punto de atravesar a Christopher, pero fue desviada en el último instante. Al voltear, vieron a Rodrigo, que había regresado junto a Fabián.
—¡Váyanse! —gritó Eduardo—. ¡Es demasiado peligroso!
Luego miró a Fabián.
—Apártate. No son solo los ataques… nuestro poder podría matarte.
Fabián rió.
—Ay, hermanito… siempre tan dramático.
Solo tengo que nivelar su poder, ¿verdad?
Eduardo lo miró, sorprendido.
—¿Recordaste más?
—Sí —respondió Fabián, emocionado—.
Cuando sentí su presencia y comenzó la pelea, algo se activó en mí.
Cuando me noquearon, fue como si mi mente se reordenara.
Sonrió.
—Cuando desperté, todos mis recuerdos estaban ahí.
Luego añadió:
—Después te cuento.
Ahora concéntrate… o le diré a mamá.
Eduardo bufó y volvió su atención a Droker.
Los ojos de Fabián se tornaron rojos y comenzó a invocar una espada negra con rojo, brillante y aterradora. El arma irradiaba un poder hipnótico.
Christopher sonrió.
#1810 en Fantasía
#789 en Thriller
#352 en Misterio
mundos paralelos, criaturas fantasticas, magia y reencarnacion
Editado: 01.02.2026