Narra Estefanía
Lancé mi poder con todas mis fuerzas, pero no se produjo ninguna fisura. La pared permanecía intacta, indiferente a mis intentos. Cada descarga solo drenaba la poca energía que me quedaba, dejándome más débil, más vacía.
Alcé la vista.
Mariana seguía enfrentándose a Radir.
Él invocó su arma con un movimiento brusco. De la nada surgió un látigo oscuro, compuesto de energía condensada, que crepitaba como si estuviera vivo. Cada vez que lo agitaba, el aire a su alrededor se deformaba, dejando una estela pesada, casi asfixiante.
Mariana esquivó el primer ataque rodando sobre la tierra. El segundo pasó rozándole el hombro. El tercero impactó contra el suelo, abriendo una grieta que se extendió varios metros.
Sus movimientos eran precisos, pero lentos.
Yo sabía por qué.
Al curarme y ayudarme a regular mi energía, había sacrificado la suya.
Aún así, Mariana no retrocedía. Respiraba con dificultad, pero mantenía la postura firme. Alzó la mirada, clavó los ojos en Radir y algo se tensó en el ambiente, como si el mundo mismo contuviera el aliento.
Cuando Radir volvió a atacarla, ella levantó el brazo izquierdo.
Una hoz apareció.
Se formó lentamente, como si emergiera de su propia energía. Un humo azul brotó de la hoja curva, envolviéndola en una neblina fría y antinatural. El mango flexible se amoldó a su brazo como una extensión viva de su cuerpo, ajustándose hasta quedar completamente unido a él.
Mariana avanzó.
El primer choque fue brutal. El látigo colisionó con la hoz y la onda de energía resultante hizo vibrar la tierra. Mariana fue empujada varios pasos atrás, pero no cayó. Clavó los pies en el suelo y volvió al ataque.
Se movía con una mezcla inquietante de elegancia y ferocidad. Cada giro trazaba arcos de humo azul en el aire. Radir retrocedió por primera vez.
Un solo rasguño bastó.
La hoja rozó su brazo y Radir gritó. Su cuerpo se retorció, como si el dolor no fuera solo físico. Cuando Mariana retiró la hoz, el fragmento que había cortado simplemente no estaba. No había herida. No había sangre. Era como si esa parte nunca hubiera existido.
Radir cayó de rodillas, jadeando.
—¿Qué… qué me hiciste? —gruñó.
Mariana no respondió.
Sus ojos se tornaron completamente rojos.
Volvió a atacarlo sin darle tiempo a reaccionar. Cada golpe no solo cortaba: drenaba. Radir comenzaba a perder fuerza, pero no estaba derrotado. Con un rugido, lanzó un latigazo cargado de energía directa.
El impacto fue brutal.
La barrera tembló.
Mariana salió despedida y se estrelló contra ella. El golpe resonó como un trueno seco. Me agaché de inmediato. La vi caer al suelo. La sangre le corría por la frente y la nariz, mezclándose con el polvo.
—Mariana… —dije, con la voz quebrada—. Entra conmigo. Busquemos otra forma.
Ella negó con la cabeza.
Se apoyó primero en una rodilla, luego en la otra, y se levantó. Su cuerpo temblaba, pero su mirada seguía fija en Radir.
—Todavía no —murmuró.
Corrió hacia él una vez más. El humo azul se espesó, volviéndose casi líquido. Logró herirlo en el costado. Radir rugió, claramente afectado, pero respondió con una fuerza desmedida. Sus golpes se volvieron más violentos, más rápidos.
Mariana bloqueó algunos. Esquivó otros.
Pero su cuerpo ya no respondía igual.
Un último latigazo atravesó su defensa.
Cayó al suelo.
No se levantó.
Radir avanzó, respirando con dificultad. No estaba ileso. Estaba furioso.
Supe entonces que, si nadie intervenía, ella moriría.
Busqué con la mirada a los chicos. Eduardo, Christopher, Rodrigo y Fabián luchaban contra Droker y las criaturas que los rodeaban. Nadie podía llegar hasta ella.
Golpeé el suelo con el puño.
No era rabia lo que sentía.
Era urgencia.
Sabía que, si dejaba que el miedo tomara el control, solo empeoraría todo. Me senté. Cerré los ojos. Respiré. Dejé que el ruido de la batalla se apagara en mi mente y busqué el hilo que me conectaba con mi poder.
Al principio no ocurrió nada.
Luego, una voz lejana atravesó el silencio.
Afiné la respiración. Escuché.
—Thyraen… varsha kael’eth.
—Mor’kaen lythra’n… shael vaen?
(Por fin me escuchas con claridad.
Dime, mi ama… ¿qué deseas?)
—Ayudarlos —respondí—. Quiero ayudarlos a vencer.
La voz tardó en contestar.
—Shael ven’zael… mor’eth kael?
—Varsha lythra’n vaen.
—Venthral shaal… mor’kaen.
(¿Por qué debería hacerlo?
Mi deber es protegerte.
Si caen… habrá otros.)
—No los habrá —dije—. Ellos son los únicos.
El silencio se volvió más pesado.
—Ethra shaal’kaen ven’zael…
—Ther’mal Vael’varya thyr.
—Shael ven’zael…
—Vekna’ther Vael’varya?
(Eso traerá destrucción.
¿Por qué unos pocos sobre millones?)
No respondí de inmediato.
Pensé en Mariana levantándose una y otra vez.
En mis guardianes peleando sin retroceder.
—Porque sin ellos no puedo salvar nada —dije al fin—. Esta vez no te lo pido.
Lo ordeno.
La voz cambió.
—Mor’kaen, lythra’n.
Una luz sofocante me envolvió. Cuando abrí los ojos, mi cuerpo entero brillaba con ella. Mi poder era cálido, estable, consciente. No sentía prisa. No sentía caos.
La barrera desapareció al tocarla.
Corrí hacia Mariana.
El sonido de la batalla se apagó de golpe. Droker comenzó a reír.
—Por fin te hemos encontrado…
No le di tiempo.
Lancé mi poder como una flecha. Lo envolvió y lo hizo caer. Radir intentó avanzar hacia su hermano, pero tomé el arma de Mariana, la combiné con mi energía y conjuré un hechizo de atadura. Su cuerpo se endureció hasta quedar inmóvil.
Me arrodillé junto a Mariana.
—Estoy aquí.
La envolví con mi poder y la curé. Su respiración se estabilizó.
Los chicos llegaron cargando a Droker. Christopher se acercó un paso.
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Editado: 01.02.2026