Kael’varya / Los Cinco Mundos

“Aquellos que no debieron volver”

El dolor era insoportable, como si me estuvieran clavando cuchillos en cada rincón del cuerpo. Tosía sangre, pero, aun así, si ese era el precio por salvarlos, lo pagaría una y mil veces más.

Lo único que me carcomía en ese instante era ver sus rostros: expresiones de angustia, de desesperación absoluta.

La persona que llegó… no pude distinguirla. Mi vista estaba borrosa y el sonido a mi alrededor se apagaba poco a poco. No lograba escuchar qué hacían o decían los chicos con aquella persona. Después de un rato, sentí que me levantaban. Grité. Ese simple movimiento hizo que sintiera cómo mis huesos se partían en dos.
Me abrieron la boca y me obligaron a beber un líquido asqueroso. Al instante, comencé a sentir cómo el calor se extendía por todo mi cuerpo. Pensé que el remedio aliviaría el dolor… pero ocurrió lo contrario. El sufrimiento se intensificó de una forma indescriptible.

Sentí cómo mis huesos se acomodaban uno a uno.

Era un dolor que no le desearía ni a mi peor enemigo.

Y entonces, todo se volvió negro.

***
Narrador externo

Los guardianes se miraban entre sí, preocupados, observando cómo su madre volvía a quedar inconsciente. En sus facciones era evidente que estaba sufriendo. El silencio se volvió insoportable hasta que Eduardo lo rompió.

—Diego… ¿cómo supiste que estábamos aquí? —preguntó, dirigiéndose a la persona que los había ayudado. Su mirada era dura, irritada.

El hombre esbozó una sonrisa tranquila.

—Ahora ya no soy el señor García, ¿verdad? —respondió con tono calmado—. Ahora me llamas como siempre.

—Contesta —replicó Eduardo con impaciencia—. No te vayas por las ramas.

Diego suspiró suavemente antes de hablar.

—No soy tonto. Cuando me dijeron que ya no usarían mi cámara, me pareció sospechoso. Comencé a observarlos… envié a mis nanorrobots. Fue entonces cuando vi a Christopher y a ustedes entrar en su cámara. Atar cabos fue sencillo. Para que los cuatro estuvieran en el mismo lugar y protegieran a dos humanos con poderes… debía tratarse de algo mucho más grande.
Señaló a Estefanía.

—Ante nosotros está Kael’varya.
Qué lástima que no hayan confiado en mí para revelarme semejante noticia.
Christopher dio un paso al frente.

—No era el momento de revelar que la diosa ya estaba con nosotros.
Diego negó con la cabeza.

—No era necesario ocultarlo. Les habría ayudado con tecnología y medicina —añadió con un dejo de sarcasmo.

Mariana intervino entonces.

—Eventualmente te lo habríamos dicho. Pero en la situación actual, con las familias bendecidas por la Kael’varya tomando partido con el grupo de Vor’Kael, debemos ser más cuidadosos. No podemos confiar en todos.

Eduardo apretó los puños.

—No le des explicaciones —dijo con voz cargada de ira—. Estos son asuntos de guardianes.

Y tú, uno de los que ayudó a matar a la Kael’varya, no tienes derecho a exigir nada.

—¡Basta! —gritó Christopher.
Se acercó a Eduardo y lo sujetó del brazo.

—Este no es el momento. Cálmate.
Eduardo se zafó con brusquedad.
—No sé cómo pudiste reclutar a un tipo como él —escupió, señalando a Diego—. Y no nos dijiste nada. Tuve que descubrirlo solo… cuando ya lo consideraba un camarada más.

¿Sabes cuánto me lastimó conocer la verdad de este individuo?
Christopher lo miró con impotencia.

—No tenía derecho a revelar eso. Cada aliado tiene su historia, y debemos respetar si desean contar quiénes fueron antes de ser reclutados.
Diego habló entonces, con la voz cargada de nostalgia.

—Eduardo, no puedes juzgarme. Fui joven… y estúpido. Cometí errores que llevo tatuados en el alma. Me arrepentí. Juré restaurar los mundos que ayudé a destruir. Me castigué renunciando a la inmortalidad que me otorgó mi antiguo amo.

Solo sigo con vida porque, en mi mundo, vivimos más que otros.
Eduardo no respondió. Lo miró con desprecio y se dirigió hacia Estefanía. Fabián y Rodrigo lo siguieron. Ellos también desconfiaban de Diego García.

Los recuerdos de su muerte en su primera vida eran horribles. Habían visto morir a su madre… y fue gracias al grupo que él parecía que no pudieron estar con ella ni con sus hermanos por muchos años.

Diego bajó la mirada y suspiró. Luego levantó el rostro. Eduardo y Mariana lo observaban con seriedad, no con odio, sino como si comprendieran la magnitud de su arrepentimiento.

—Tengo otros dos que me miran como si fuera el peor criminal, ¿verdad? —dijo finalmente, girándose hacia los demás.

Mariana se acercó a Christopher y le preguntó en voz baja:

—¿Crees que sea buena idea que él lo sepa?

—El tiempo lo dirá —respondió Christopher—. Hoy nos ayudó. Y es cierto: Diego es experto en tecnología y medicina. Nos será útil.

No dijeron nada más. Comenzaron a seguir a los demás hacia la salida del mundo invocado de Estefanía.

Al regresar a la mansión, Eduardo se encargó de llevarla a su habitación. La recostó con suavidad, la cubrió y se inclinó junto a su oído.

—Madre… no te preocupes. No dejaré que te hagan daño otra vez. Ni que te sacrifiques.

Destruiré a todos tus enemigos.
Depositó un beso en su frente y se dirigió a la puerta. Se detuvo al ver a Fabián y Rodrigo esperándolo afuera.
Fabián se acercó y lo abrazó con fuerza.

—Hermano, no cargues con esto solo. Nosotros tenemos el mismo objetivo: proteger a madre.

Y tampoco confiamos en ese tal Diego. Recordamos nuestra muerte… y la de ella. Todos los que estuvieron involucrados son nuestros enemigos. Pero por ahora, nos sirve para curarla. Así que relájate. Estaremos vigilantes en todo momento.

—¿Verdad, Rodrigo?

—Sí —respondió—. Yo también lo vigilaré.

Eduardo los abrazó con más fuerza. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió relajarse.
No estaba solo.

Estaban juntos en esto.

Y juntos lucharían por los ideales que compartían.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.