Kael’varya / Los Cinco Mundos

“El límite del control”

Narra Estefanía

Abrí los ojos lentamente. Un cuarto tenuemente iluminado se extendía a mi alrededor, un lugar que no reconocía. Me incorporé con cuidado; el cuerpo aún me dolía y cada movimiento exigía lentitud, como si algo dentro de mí todavía no quisiera despertar del todo. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí.
Entonces, la escuché.

La misma voz que me había advertido que no usara mi poder resonó en el espacio, profunda, serena… demasiado cercana.

—Mi señora… ¿por qué no hizo caso a mis advertencias? —dijo—. Siempre velo por su seguridad. Nunca le haría daño.

Solté un suspiro, uno que no logró aliviar la presión en mi pecho.

—Porque las personas que estaban en peligro son a quienes más amo —respondí—. Arriesgaría mi vida por ellos sin dudarlo.

La voz guardó silencio por un instante, un silencio pesado.

—No la entiendo, mi señora —respondió finalmente—. Son seres que no tienen la misma importancia que usted. Ya la perdí una vez. Estuve solo durante mucho tiempo hasta que volvió a mí. No quiero quedarme solo otra vez.

Sentí un nudo formarse en el pecho, uno que no se deshacía con aire ni con razón.

—Por culpa de aquellos a quienes ama, usted murió… y me olvidó. ¿Sabe cuánto duele eso?
Entonces lo comprendí. Mi poder no solo me obedecía: también había sufrido con mi ausencia. Tal como Cristopher había dicho alguna vez, nuestro poder tiene voluntad propia.
Me senté despacio y hablé con voz calmada, aunque por dentro todo temblaba.

—Discúlpame. No quise dejarte solo… ni a ti ni a nadie. Pero ese fue el destino que nos tocó. Ya estoy aquí otra vez, y esta vez no pienso morir. Verte sufrir… verte a ti y a mis hijos sufrir por mi muerte… me deja un vacío imposible de explicar.

—¿Cómo puedo creerte? —replicó—. Si otra vez te pusiste en riesgo. Tus palabras carecen de verdad.
La advertencia llegó entonces, directa, sin compasión.

—Si vuelves a arriesgarte de esta manera, tomaré el control, mi señora. Tienes un destino mucho más grande que el de esos simples guardianes… y haré que lo cumplas. No seas imprudente.

Sentí que la sangre se me helaba. Por primera vez, no supe si el miedo venía de él… o de mí.

De pronto, algo me jaló hacia abajo.
Todo quedó en oscuridad.

***

Abrí los ojos sobresaltada. El techo de mi habitación apareció ante mí. El corazón me latía con fuerza. Aquello no había sido un simple sueño; lo sentía demasiado real, demasiado consciente.

Mientras intentaba ordenar mis pensamientos, una verdad se imponía sobre las demás: mi poder ya no solo me obedecía… me estaba juzgando.

Sabía que debía hablar con Cristopher y con Mariana. Necesitaba entender mejor la situación. También comprendí que debía entrenar más, ser más estricta conmigo misma, demostrarle a mi poder que era digna de él, antes de que decidiera demostrarme lo contrario.

Me levanté despacio y salí de mi habitación. La sala estaba vacía. Me dirigí a la cocina y me serví un vaso de agua. Sobre la mesa había una nota.

Estefanía, si te despiertas estamos en la cámara entrenando. Quédate descansando. En la noche estaremos en la mansión.

Atentamente, Mariana.
Suspiré. Estaría sola por el momento.
El silencio apenas se había asentado cuando un ruido me sobresaltó. La puerta se abrió.

Sin pensarlo, invoqué mi poder morado en la mano, lista por si se trataba de algún enemigo. Al ver a la persona avanzar hacia la sala, me lancé a atacarlo, pero me detuve a centímetros de su rostro, con el pulso acelerado y la certeza incómoda de que había reaccionado demasiado rápido… o demasiado tarde.

Era el señor García.

—¿Qué hace aquí? —pregunté con cautela.

—Qué bueno que ya estés despierta —respondió con calma—. Pasaste una semana inconsciente.

No entendía qué hacía allí. Cristopher había dicho que no debía avisar a nadie. Al notar mi expresión llena de dudas, el señor García continuó:

—Yo fui quien te ayudó a recuperarte. No lo recuerdas porque estabas retorciéndote en el piso.

Entonces lo entendí. Él había sido la persona que entró al mundo.

—¿Cómo supo que estábamos aquí? —pregunté.

—Con ayuda de mi tecnología.
Quise seguir preguntando, pero me interrumpió antes de que pudiera hacerlo.

—Si deseas continuar con tus preguntas, acompáñame al primer piso. Necesito preparar un remedio para ti… y para la maldición que sufre Droker.

Recordé entonces la maldición que afectaba a uno de los hijos de Vor’Kael. Nuestro enemigo obligaba a otros a seguir sus órdenes. Pensar en ello me revolvió el estómago; había crueldades que ni siquiera la magia debía permitir.

No dije nada más y lo seguí.

***

En el primer piso se dirigió directamente hacia las plantas, recolectando varias con precisión casi mecánica. Mientras él trabajaba, yo fui a saludar a Bert. Como siempre, fue efusivo: se me lanzó encima y comenzó a babosearme, recordándome por un instante que aún existía algo simple y vivo en medio de todo aquello.

El silencio fue interrumpido por la voz del señor García.

—Ya veo por qué no me di cuenta antes —dijo—. Tu energía crea una conexión inmediata con todas las criaturas. Típico de la diosa Kael’varya.

Me sorprendí. También sabía quién era yo… o quién había sido.
Era más astuto de lo que había imaginado, muy propio de un habitante del Mundo del Hierro. Solo asentí con la cabeza, pero él continuó:

—¿Recuerdas todo de tu vida pasada?
—No —respondí—. Solo tengo fragmentos.

—Ya veo, Estefanía. No te preocupes… muy pronto los obtendrás.

Sentí que quería decirme algo más, algo que se quedaba atrapado entre sus palabras. Decidí no rodear el asunto.

—Diga lo que en verdad quiere decir.
Me observó en silencio durante unos segundos, como si midiera el peso de sus propias respuestas.

—No es el momento —respondió finalmente—. Cuando esté preparado, te lo diré.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.