Después de darme el remedio, el señor García se dirigió hacia la sala. Lo seguí con cautela y casi choqué con él cuando se detuvo de forma abrupta. Se giró, me entregó los papeles que antes había estado escribiendo y dijo:
—Entrégaselos a Christopher. No puedo esperarle; tengo asuntos que atender en el pueblo. Dile que todavía no encuentro qué componente usar para contrarrestar la maldición… y también dile que se nos acaba el tiempo. Cuando vea que uno de sus hijos no ha vuelto, Vor’Kael enviará más. Es solo cuestión de tiempo.
Sin añadir nada más, salió de la mansión.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, inquietantes.
¿Cuánto tiempo tendríamos antes de que llegaran más enemigos?
Tendría que entrenar más para resistir mi propio poder… y demostrar que podían confiar en mí.
Sacudí la cabeza para apartar los pensamientos y me dirigí a mi cuarto. Fui directo al baño para refrescarme. Me mojé la cara y, al alzar la vista, el espejo me devolvió una imagen que ya no reconocía del todo.
Por fuera seguía siendo la misma chica que había llegado al pueblo.
Pero mis ojos… ya no eran los mismos.
En ellos habitaba una misión tan antigua como la existencia misma, y un dolor silencioso que ni siquiera la compañía de mis guardianes lograba borrar.
Toqué el espejo con la punta de los dedos.
—¿Qué guardas, Kael’varya? —susurré—. Aún no recuerdo toda mi vida anterior, pero sé que falta algo… una pieza del rompecabezas. La maldad se ha desbordado. Los mundos están desequilibrados… vivimos en una época en la que la oscuridad domina a la luz.
Respiré profundamente tres veces. Los recuerdos debían llegar por sí solos. Forzarlos podría ser peligroso.
Salí del cuarto. Los chicos seguían en la cámara, así que decidí ocuparme de algo simple: ordenar la casa. Limpié los pisos y acomodé lo necesario, evitando la biblioteca por no saber qué papeles eran importantes para la investigación del señor García y Christopher.
Cuando terminé, fui al invernadero para recoger algunas plantas y preparar té.
Al salir, me detuve de golpe.
Pipo y el hada estaban sentados en el límite del bosque.
Me acerqué y los saludé. Al verme, se emocionaron y preguntaron por qué no los había visitado. Les expliqué que había estado entrenando con Eduardo y les pregunté por qué no entraban al jardín.
El hada señaló una piedra.
—Ese amuleto no nos deja pasar.
La reconocí de inmediato: la misma que Eduardo había impregnado con su poder. La recogí, anulé su magia y la piedra se resquebrajó en mis manos.
—Ahora pueden pasar.
Dudaron un instante.
—Estoy sola —añadí—. Entren… me harían compañía.
Aceptaron y me siguieron hacia la mansión. Pero justo antes de cruzar la entrada, el hada se interpuso frente a mí.
—No entres… hay muchas energías malas.
—Es por las reliquias malditas que guarda Christopher —le expliqué—. Por eso el ambiente está cargado.
Entramos.
El hada y Pipo se quedaron maravillados con el tamaño de la mansión, corriendo de un lado a otro.
—¡Guau! Esto parece un palacio —decía el hada—. ¿El que vive aquí es un rey? En el reino de las hadas solo la realeza tiene casas así.
Reí suavemente.
—En la Tierra, si trabajas y te va bien, puedes ganar suficiente dinero para comprar algo así.
El hada se acercó sorprendida.
—¿En serio? ¿Solo trabajando?
Pero de pronto se detuvo. Se giró hacia mí y voló hasta mi rostro. Me observó con intensidad, en silencio. Luego salió disparada hacia Pipo.
—¡La encontramos! ¡La encontramos! Concéntrate, dios del viento.
Pipo gruñó.
—Huele.
Pipo comenzó a olfatear y, cuando reconoció algo, emitió una melodía suave, profunda, diferente a cualquier sonido que le hubiera escuchado antes. Había felicidad pura en aquel canto.
Antes de que pudiera reaccionar, corrieron hacia mí. El hada lanzó su polvo mágico y Pipo trepó por mi ropa hasta acomodarse contra mi pecho.
—Te encontramos, mi señora… tanto tiempo buscándote… ya íbamos a rendirnos… pero te encontramos, Kael’varya.
El corazón me dio un vuelco. Christopher había dicho que nadie debía saberlo.
—Debo avisar al reino —continuó el hada—. Los altos mandos deben saber que nuestra diosa ha regresado.
La detuve.
—No. Nadie debe saber que he reencarnado. Hay más enemigos que aliados.
El hada insistió en que con mi poder podría vencer al mal que se había extendido por los mundos.
Negué con firmeza.
—No estoy preparada todavía. Por eso entreno.
No mencioné mis vacíos de memoria.
Observé sus alas, su energía, su forma de hablar. Era joven, de las nuevas generaciones. Pipo también lo era. Gracias a los recuerdos fragmentados que aún conservaba, podía deducir su etapa. No sabrían cuestionarme sobre detalles de mi vida pasada.
El hada tomó mi mano y dejó fluir su poder sobre mí. Luego retrocedió.
—Es verdad… tu poder está disperso. Tu cuerpo es débil para lo que llevas dentro. Haré lo que dices, mi señora, pero debes fortalecerte rápido. Nuestro enemigo crece cada día. Yo te ayudaré a entrenar. No solo con ese tal Eduardo… no me cae bien. Su poder es arrogante.
—Qué maleducada eres, hada ingrata —dijo una voz detrás—, hablando mal de mí con Estefanía.
Me giré sobresaltada.
Eduardo estaba allí… y no solo él. Christopher, Rodrigo, Mariana y Fabián también habían llegado. Sus rostros reflejaban preocupación.
Se acercaron de inmediato. Mariana tomó mi mano y comenzó a revisarme, como siempre.
Christopher habló:
—¿Te pasó algo, madre? Eduardo sintió que se rompió su hechizo… el que impedía que criaturas del bosque entraran y que tú salieras.
Lo miré.
—¿Hechizo?
Eduardo respondió:
—Lo puse para que no salieras y te pusieras en peligro. No me fiaba de tu juicio.
La indignación me atravesó. Lancé un impulso de poder que lo derribó.