Kael’varya / Los Cinco Mundos

“Promesas en la penumbra”

Cristopher zanjó la conversación y se dirigió directamente al hada.

—No puedes decir a tu reino que nuestra madre está viva. No solo la pondrías en riesgo a ella —dijo, señalándome—, sino también al futuro de los Cinco Mundos.

El hada respondió con simpleza, aunque en su mirada brillaba había determinación.

—No temas, guardián. Mi señora ya ha hablado… y el destino ha sido escuchado. Pipo y yo estaremos a su lado mientras la llama de su poder despierta.

Eduardo soltó una risa cargada de sarcasmo.

—¿Y tú y esa rata en qué ayudarían? Son débiles. La última vez casi los matan y pusieron en riesgo a Estefanía.

El hada rio con un leve destello de desdén.

—No te preocupes, señor arrogante. Entonces estaba encadenada por la maldición de esos ogros… pero esas sombras ya no me tocan. Ahora mi magia vuelve a fluir, y al entrelazarla con el aliento del Dios del Viento, nuestras fuerzas no se disipan. No buscamos gloria… solo servir a la Kael’Varya, como dictan los juramentos antiguos.

Se acercó a mí con firmeza, pero su voz se suavizó.

—Y si nuestro papel es ayudar a que mi señora regrese a ocupar su puesto legítimo… lo cumpliremos.
Oír al hada hablar con tanta convicción me provocó un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Tanto ella como Pipo esperaban mucho de mí… y, después de lo último que había pasado, me sentía insegura de poder cumplir con sus expectativas. Y no solo las suyas… también las de mis guardianes.

Mi poder…

No sabía si estaba preparada para cargar no solo un mundo, sino cinco.
Comencé a temblar. La respiración empezó a faltarme y la vista se me nubló. Trataba de tomar aire, pero no podía. Sentía como si, en vez de oxígeno, una lija raspara mi nariz por dentro.

Mariana se acercó rápidamente.

—Coge aire conmigo… despacio.
Hice lo que me dijo, aunque el aire seguía quemando. Escuché su voz tranquila, constante.

—Respira… despacio. No te apresures.
Me acomodó con cuidado, haciendo que recostara mi cabeza sobre sus piernas. Sus dedos comenzaron a acariciar lentamente mi cabello, y entonces empezó a entonar una nana suave que me llenó de nostalgia.

¿Sería alguna canción que les cantaba a ellos…?

Era en nuestro idioma, y la letra era hermosa.

No sé si pasaron segundos o minutos, pero poco a poco mi respiración se calmó. Y cuando por fin logré estabilizarme, Cristopher se acercó. Me acarició la mejilla y, con una voz dulce que casi no le había escuchado antes, dijo:

—Madre… no te presiones. Estamos contigo. Caminaremos contigo en esto. Pero, como te dije, no pondremos tu vida en riesgo bajo ninguna circunstancia.

Con voz débil lo interrumpí:

—No es solo por mí… No quiero perderlos de nuevo. Después de que comencé a recordar… también sentí la soledad de no tenerlos conmigo…
Mi pecho volvió a oprimirse y sentí que la angustia regresaba.

Los demás se acercaron enseguida. Rodrigo habló con firmeza:

—Madre, no luchamos para caer. Luchamos para que los mundos sigan en pie… y para poder reconstruirlos a tu lado.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Me había vuelto muy sensible desde que descubrí que tenía poderes. Los abracé con fuerza; necesitaba sentir su presencia, su confianza.

Quería creer en sus palabras.

Quería creer que todos sobreviviríamos… para ver renacer los mundos.

***
Narrador externo

Mientras ellos reconfortaban a Estefanía, nadie se dio cuenta de que una de las estatuas adquiridas recientemente comenzó a resquebrajarse.

Primero fue un crujido casi imperceptible.

Luego, una grieta fina que recorrió la piedra como una vena oscura.
Y finalmente, el individuo atrapado en su interior logró salir.

Ocultó su poder de inmediato para no ser detectado. Miró a su alrededor y, en un susurro cargado de burla, murmuró:

—Así que aquí estaban… aliados y enemigos puestos en una misma habitación. Qué ironía… y qué retorcidos son esos guardianes.
Sus ojos se posaron entonces en otra estatua.

La de su hermano.

Se acercó lentamente y dijo con sorna:

—Pobrecito… a ti también te capturaron. Ojalá te maten. No sirves para nada.

Se alejó con indiferencia hasta situarse en un rincón apartado. Allí levantó la mano, extendió una de sus garras y se cortó la palma. La sangre comenzó a brotar, espesa y oscura.
Empezó a recitar un hechizo.

La sangre derramada no solo brilló: se abrió sobre el suelo formando símbolos retorcidos, antiguos, que palpitaban como si respiraran. Un olor metálico y profundo, casi como de tierra vieja y tormenta, llenó el aire.

De pronto se escuchó una voz fría, carente de emociones:

—¿Qué quieres? ¿Ya conseguiste lo que te pedio, padre?

El invocador respondió con dificultad:

—No… pero he descubierto algo más importante…

Intentó explicar su hallazgo, pero de pronto la sangre comenzó a brotar también de su boca. Sus pensamientos se enredaron, como si una fuerza invisible los aplastara desde dentro.
La voz del otro lado habló con desprecio:

—Imbécil. Te dejaste poner una maldición. Debe ser algo muy importante para que hayan llegado a ese extremo.

El hombre apenas pudo asentir.

—Padre está meditando y no podemos interrumpirle —continuó la voz—. Pero no te desesperes. Enviaré a nuestros hermanos a descubrir lo que encontraste. Escóndete… y guíanos a tu ubicación. Pero si mientes… te mataremos sin piedad.

El invocador bajó la cabeza en señal de respeto y volvió a asentir.

Cuando el hechizo se desvaneció, invocó otro poder. Su cuerpo comenzó a deshacerse lentamente, transformándose en humo negro. La sombra serpenteó por el suelo… hasta filtrarse por una rendija de la mansión.

Y nadie se dio cuenta del peligro al que se enfrentarían… mucho más pronto de lo que esperaban.

***
Nota de autora:

A veces, las promesas nacen en la luz… y las amenazas en el silencio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.