Kael’varya / Los Cinco Mundos

“Antes de la Ruptura”

Narración Estefanía
Después de mi crisis, me pidieron que descansara el resto del día. El hada y Pipo me prometieron que no abandonarían la mansión, que se quedarían para entrenar conmigo cuando despertara. Yo solo asentí. Estaba demasiado agotada para discutir.

Cuando por fin me quedé sola, me acomodé mejor en la cama y cerré los ojos.

No sé cuánto tiempo pasó.
De pronto, sentí que la piel me ardía, como si algo invisible me estuviera marcando. Me sobresalté, alarmada. El aire cambió. Cuando logré enfocar la vista, ya no estaba en mi habitación.

Ante mí se extendía un paisaje aterrador.

Cráteres inmensos llenos de seres que gritaban con desesperación. Sus voces no eran simples lamentos; eran súplicas desgarradas que parecían atravesarme el pecho. Alrededor de ellos flotaban entes oscuros, silenciosos, vigilando con una calma inquietante, asegurándose de que nadie escapara.

Intenté avanzar.

El suelo quemaba.

Me detuve de inmediato. Estaba rodeada de lava incandescente; un paso en falso bastaría para precipitarme a la muerte. La sensación de vulnerabilidad me paralizó.

Entonces la tierra comenzó a temblar.
Perdí el equilibrio y caí, esperando el ardor insoportable… pero algo imposible ocurrió. La lava, que hasta hacía un instante era de un naranja feroz, comenzó a transformarse en un azul brillante. El calor desapareció.
Cuando el temblor cesó, los seres que gritaban habían quedado congelados en medio de su agonía. Sus expresiones permanecían intactas, inmóviles. Los entes que los custodiaban no reaccionaron. Seguían vigilantes, como si el cambio no los afectara.

Toqué el suelo.

Estaba frío.

Un frío que no reconfortaba.

Comencé a caminar con cautela. Por la estructura del lugar comprendí que debía estar en el mundo de Tarid. De ese mundo apenas recordaba fragmentos; ciertos recuerdos habían regresado, pero incompletos.
De repente, un poder fue lanzado contra mí.

Lo esquivé por instinto.
Giré la cabeza. Una estatua se erguía frente a mí, observándome directamente. Cuando intenté moverme, lanzó otro ataque.
Corrí activando mi poder. Sentí la energía recorrerme el cuerpo y mis ojos se tornaron verdes. La estatua aumentó la velocidad de sus ataques. Esquivaba como podía, pero entonces comenzaron a aparecer más estatuas. Todas me apuntaban. Todas disparaban el mismo tipo de poder.
Era un terreno abierto.

No había refugio.

Invoqué un escudo. Los impactos chocaron de lleno contra mí y me arrastraron varios metros. El aire se escapó de mis pulmones. Intenté incorporarme, pero cada mínimo movimiento provocaba una nueva oleada de ataques.

Mi energía disminuía.

Lo sentía.

Un ataque más veloz que los anteriores se dirigía directo hacia mí.
Cerré los ojos.

Esperé el impacto.

Pero nunca llegó.

Cuando los abrí, una figura estaba frente a mí, protegiéndome. Con una precisión casi quirúrgica lanzó un poder que destruyó todas las estatuas en un solo segundo.

Después… silencio.

Un silencio pesado, opresivo.

La figura se giró lentamente. Llevaba una careta cubierta de símbolos que brillaban con una luz tenue y pulsante. Su presencia no era tranquilizadora.

Habló en Tírak’shel:

“Lythra’n… vel’kaesh varsha nor.
Thyra ven’kael naeth shaal.
Mor’kaen… mor’kaen shaal’vor.”
(Mi señora… las sombras nos acechan.
Aún no estás preparada.
Pronto… muy pronto, el velo caerá.)
Un mal presentimiento se instaló en mi pecho.

—¿Te refieres al grupo de Vor’Kael? —pregunté.

Respondió:

“Aeryn’thal vaen’thor ael.
Kael’shar ven’zael shaal.
Vekna’thal varsha lythr.
Lythra’n… nor vael’khaed.”
(La señal ya respira en el aire.
Los símbolos despertarán en su fulgor…
y la marca será tuya.
Cuidado, mi señora…
ya están cerca.)

Lo sujeté del brazo.

—Sé claro. No es momento para ambigüedades.

Los símbolos de su careta comenzaron a brillar con mayor intensidad.

Entonces advirtió:

Naeth aeryn.
Thrae’kael varsha… mor’kaen lythr.
Shael’var. Kor’vael. Vael’thar.
Zhaer’thal Nyth’varya lythr.
Vel’ryn naeth zhaer’thal.

(No queda tiempo.
Domina tu poder…
o lo tomaré.
Buenos y malos caerán.
Todos los que te arrancaron de tu poder.
Nadie volverá a separarnos.)

Sentí miedo.

No por el enemigo que se acercaba…
sino por la posibilidad de que mi propio poder comenzara a decidir por mí

Me empujó.

Todo se volvió oscuro.

***
Abrí los ojos. Estaba en mi habitación. Mis guardianes me rodeaban; yo me encontraba en el centro y ellos, sentados, invocaban una barrera que me contenía. Al notar que había reaccionado, la disiparon.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Christopher explicó que, después de quedarme dormida, las vibraciones de mi cuerpo comenzaron a descontrolarse. Estaba envuelta en mi propio poder. Tuvieron que levantar una barrera para drenar mi energía.
Pero esta vez fue más difícil.

Mi poder se resistía.

No era un simple descontrol.

Era como si algo dentro de mí no quisiera ser contenido.

Fabián se acercó con el ceño fruncido.
—Hay algo extraño en ti. Aunque ya lo habías controlado, sigo sintiendo una distorsión.

Se inclinó y me tocó el hombro.
Salté por el ardor.

—Tiene una marca —dijo con solemnidad.

Todos se acercaron. Christopher habló primero.

—No es normal que aparezcan este tipo de símbolos. Por lo que he estudiado estos años, indican mal augurio.

Miré mi hombro.

No era una simple marca.
Era un símbolo antiguo.
Palpitaba bajo mi piel como si estuviera vivo.

Y no estaba segura de si pertenecía a mi poder…
o si era la señal de que algo más había comenzado a reclamarme.
¿Y si no solo enfermaba al enemigo…
sino también a mí?




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