Un segundo ataque resonó por toda la mansión, haciendo temblar el suelo y estremecer las estatuas.
Christopher mantuvo la calma. Con un leve gesto, indicó a los demás que se acercaran. Cuando estuvieron juntos, solo señaló su cabeza, y los demás entendieron.
Entonces comenzó a hablar mentalmente:
—Chicos… no podemos enfrentarlos por el momento. Sería una masacre, no solo para nosotros, sino también para el pueblo. Tenemos que hacer lo mismo que la vez anterior: llevarlos al mundo que invocó Estefanía y encerrarlos para que no puedan salir. Eso nos dará tiempo… tiempo para escapar a otro mundo.
Tanto Estefanía como Fabián se pusieron pálidos. A pesar de conservar los recuerdos de sus vidas anteriores, también conservaban los de esta, y en ella tenían seres queridos que no querían perder.
Estefanía fue la primera en hablar.
—¿Qué pasará con los de la Tierra? ¿Los dejaremos a la deriva frente al grupo de Vor’kael?
Christopher respondió con calma:
—No te preocupes por los humanos. Haré lo mismo que hice con nuestro mundo… los esconderé. Y si tú y Fabián desean, puedo poner a sus seres queridos en estado de inervación para que no envejezcan.
No sabemos cuánto tiempo tardaremos en esta guerra… la última duró más de doscientos años.
Estefanía quedó atrapada en una encrucijada. Por un lado, no quería que más personas sufrieran por su culpa. Por otro, no quería que las personas que amaba en esta vida detuvieran su existencia solo por sus deseos.
Miró a Fabián.
Y con solo verle a los ojos, supo que sentía lo mismo.
Él asintió levemente.
Y con eso, Estefanía entendió lo que debía hacer.
Suspiró, y con voz suave dijo:
—Solo esconde el mundo… aunque me pese y me duela. No puedo congelarlos y hacer que pierdan su vida por mis deseos. Pero… no sé si habrá algún hechizo que borre los recuerdos de nosotros, para que no pregunten por nosotros.
Mariana tomó la palabra.
—Un hechizo como el que describes no existe —dijo con firmeza—. Pero hay uno similar. Funciona con el mismo principio que la inervación: en lugar de detener el tiempo, oculta los recuerdos de la persona en una zona remota de su mente. Es un hechizo muy poderoso…
No pudo continuar.
Un tercer ataque sacudió la mansión.
Las paredes comenzaron a resquebrajarse.
—¡No hay tiempo! —continuó Mariana con apuro—. Solo puede romperse si quien lo invocó lo deshace… o si la persona bajo el hechizo muere.
Estefanía asintió.
—Está bien… ese hechizo servirá para mi familia y mis amigos.
El sentimiento que surgió en Fabián y Estefanía fue desolador. Tendrían que dejar a sus seres queridos atrás… y no sabían si volverían a verlos cuando la guerra terminara.
Estefanía se limpió las lágrimas y miró a Christopher.
—¿Cuál es el plan para encerrarlos?
Christopher respondió con rapidez:
—Tú no participarás esta vez. Sigues débil, y si te descontrolas, no sabemos si tu poder nos ayudará… o se volverá contra nosotros.
—No —negó Estefanía—. Esta vez no me quedaré al margen. No quiero que mueran.
Christopher habló con firmeza:
—No intervendrás. Es una orden.
Estefanía miró a los demás… y vio en sus expresiones que estaban de acuerdo con él. Incluso Eduardo.
Eso fue suficiente.
Con impotencia, asintió.
Se sentía inútil.
Una diosa todopoderosa… pero en ese momento, la más inútil del universo.
Y aunque nadie lo dijera en voz alta, todos estaban alertas… temerosos del poder que llevaba dentro. El poder de su madre.
Cuando el cuarto y quinto ataque resonaron, se prepararon para salir.
—Eduardo, Mariana, conmigo —dijo Christopher—. Nosotros pelearemos. Rodrigo abrirá el portal y Fabián lo protegerá.
Luego miró al señor García.
—Llévala a su cámara. Es el lugar más seguro.
Él asintió.
—¿Están preparados, hermanos? —dijo Eduardo en voz alta—. Entonces… que comience la pelea.
Y salieron de la mansión.
Al verlos, Radir habló de manera eufórica:
—Ahí están, hermanos… esos desgraciados que me encerraron. ¿Qué esperan? ¡Mátenlos!
Uno de los que estaba a su lado respondió con voz fría:
—Cállate. Si sigues gritando así, te mataré yo mismo. Deja de hacer quedar mal a padre.
Radir bajó la mirada.
—Perdón…
Y sin decir más, los hijos de Vor’kael y de la Kael’varya se lanzaron al ataque.
Los guardianes respondieron.
Sus ojos cambiaron a un rojo intenso.
Sacaron sus armas.
Y la batalla comenzó.
El choque hizo que el aire vibrara. El cielo se oscureció. Una tormenta comenzó a formarse.
Los hijos de Vor’kael no les daban tregua. Sus ataques eran precisos y devastadores. Si no fuera por la agilidad de los guardianes, ya habrían perdido alguna extremidad.
Christopher hizo que la cadena que envolvía su cuerpo cambiara a un rojo intenso y creciera, cubriendo sus manos y pies.
Mariana extendió su guadaña, alargando su filo.
Eduardo fusionó sus dagas con su cuerpo, haciendo que emergieran por toda su piel.
Se veían más feroces.
Y con su poder aumentado, continuaron luchando.
El choque era tan intenso que la tierra comenzó a temblar.
Fabián, que se encontraba junto a Rodrigo, al ver el temblor invocó una barrera alrededor de la mansión para proteger al pueblo.
Luego regresó hacia Rodrigo.
Pero antes de llegar, las criaturas volvieron a aparecer y comenzaron a acorralarlo.
Eran diferentes.
Las anteriores tenían máscaras puntiagudas.
Estas… tenían sonrisas negras y ojos blancos.
Más macabras.
—¿Ya terminaste? —preguntó Fabián.
—Aún falta —respondió Rodrigo.
—Entonces apresúrate… no creo que estas criaturas se rindan fácilmente.
Fabián desenvainó su espada y atacó.
Atravesó a varias criaturas.
Pero ellas respondieron, lanzando agujas a gran velocidad.