Kael’varya / Los Cinco Mundos

Capítulo 44 “La rendición de la diosa”

Sael se acercaba lentamente hacia donde estábamos. Diego permanecía inconsciente, pero había logrado terminar de curarlo. No podía dejarlo desamparado. Así que, con lo último que me quedaba de energía, levanté un campo de protección más sólido… una barrera que se asemejaba a una pared de metal.

Ahí, Sael no podría entrar.

Y si yo perdía el control… tampoco podría acceder. Solo mis guardianes serían capaces de deshacer aquel campo de energía.

Pero ya no soportaba el dolor de la marca.

Mi poder seguía insistiendo.

Susurraba… exigía.

Me pedía que lo liberara… o nuestro enemigo nos mataría.

Su voz comenzaba a distorsionarse, volviéndose más intensa, más invasiva.

Sabía que debía resistir un poco más.

Sael me arrancó de mis pensamientos.

—Qué débil te has vuelto… —dijo con desprecio—. Una humana frágil e inservible. Padre se va a decepcionar.

Invocó varias lanzas, impregnándolas con su poder oscuro. Su mirada era fría.

—Padre no quiere que te mate… pero nunca dijo en qué condiciones debo entregarte —añadió, con una sonrisa torcida—. Así que… me voy a divertir un poco contigo, Kael’varya.

Entonces atacó.

Las primeras dagas logré repelerlas con el escudo que invoqué. Pero Sael aumentó su poder y comenzó a lanzarlas en todas direcciones, sin darme respiro.

Las primeras en alcanzarme atravesaron mi pierna derecha.

Un grito escapó de mi garganta.

Las siguientes se dirigieron a mi espalda. Alcancé a levantar otro escudo, pero no fue suficiente… una logró herirme.

Sael rió.

Una risa baja… cruel.

—Qué divertido es esto… Ver a la misma diosa… y poder jugar contigo otra vez. Qué grandiosos recuerdos me traes…

Sus palabras hicieron que algo dentro de mí se quebrara.

Imágenes borrosas comenzaron a invadir mi mente.

Recuerdos de la época en que morí.

Pude verme junto a Fabián y Rodrigo, luchando.

Sael estaba ahí.

Lo vi lanzar un líquido oscuro. Rodrigo se interpuso para protegerme… y luego cayó, retorciéndose en el suelo hasta quedar inmóvil, con los ojos abiertos, mientras su vida se desvanecía.

Sacudí la cabeza, intentando alejar esas imágenes.

Pero no terminó ahí.

Otra escena irrumpió.

Fabián… inerte… en un charco de sangre negra.

El horror me atravesó.

Y entonces… mi poder volvió a hablar.

—¿Lo ves, mi señora? En esa época me controlabas… y aun así no pudiste vencerlos. Ahora eres más débil… no podrás hacer nada.

Su voz se volvió más profunda.

—Si me dejas libre… te protegeré de cualquiera que intente lastimarte.

Pero había algo más en su tono.

No solo quería destruir a mis enemigos…

También… a mis aliados.

Negué.

—No.

Mi voz salió débil, pero firme.

Y entonces, todo cambió.

El poder dentro de mí comenzó a gritar.

El tiempo… se detuvo.

Todo quedó en silencio.

Inmóvil.

Y entre esa quietud… apareció.

El enmascarado.

El mismo… el de las estatuas.

Sus símbolos comenzaron a brillar.

Y la voz de mi poder resonó una vez más:

—Deja de ser inconsciente… Si no me permites ayudarte… morirás como una simple humana.

Una pausa.

—¿Dónde quedó tu orgullo como diosa…? ¿Quieres morir sin haber hecho algo por los cinco mundos y por tus guardianes, que consciente o inconscientemente te condenaron la primera vez a tu muerte?

Su tono cambió.

—Me tienes a mí para defenderte. No quiero perderte…

Comenzó a caminar con desesperación.

Le grité que me devolviera a la realidad, que me estaba distrayendo y me matarían.

Él rió.

—No te preocupes, mi señora… en tu mente el tiempo funciona de manera distinta. Así que déjame libre.

Su voz se endureció.

—Te lo ordeno. Ya no te lo estoy pidiendo.

Los símbolos de su cabeza brillaron con más intensidad.

Mi marca ardió.

Y entonces… regresé a la batalla.

Sael seguía lanzando sus dagas.

Intenté responder.

Pero mis hechizos no funcionaban.

Intenté invocar más.

Nada.

¿Mi poder me había bloqueado?

Frustrada, grité:

—¡Dame tu fuerza!

Pero solo recibí silencio.

Como si todo hubiera sido producto de mi imaginación.

Sael aprovechó mi distracción.

Me dio una patada que me lanzó varios metros. Choqué contra unos troncos. Por suerte, mi cuerpo resistió el impacto gracias al entrenamiento, pero al intentar levantarme, un dolor agudo en las costillas me obligó a doblarme.

Intenté usar mi poder otra vez.

Nada.

Corrí hacia unas rocas a mi derecha.

Pero Sael fue más rápido.

Me lanzó una daga en la pierna.

Esta vez dolió sin protección.

Y comenzó a quemar.

Grité.

Si seguía así… no aguantaría mucho más.

Tomé unas piedras, me impulsé y las lancé con toda mi fuerza.

Logré acertar.

Pero no le hice daño.

Sael no dijo nada.

Solo corrió hacia mí.

Me tomó del cuello.

Y comenzó a asfixiarme.

—No sirves para nada en tu estado actual —dijo—. Mi padre me dirá que te mate. Esperemos que en tu próxima reencarnación seas más fuerte.

Sonrió.

—Porque cuando nos volvamos a ver… ya no tendrás a nadie a quien amar. Me encargaré de que ellos no vuelvan a reencarnar.

Aumentó la presión.

El miedo me invadió.

Mis guardianes…

No podía permitirlo.

Mis niños…

No volvería a verlos.

Mi alma no estaría completa.

Y esa soledad…

Esa misma que ya había sentido antes…

Me atravesó.

Era como ahogarme en un pozo oscuro.

Lágrimas cayeron por mi rostro.

Y entonces… tomé una decisión.

Volví a llamar a mi poder.

Esta vez… respondió.

—¿Ya recapacitó, mi señora? ¿Me hará caso?

Asentí.

—Pero prométeme… que no herirás a nuestros aliados.

Hubo un instante de silencio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.