Kaito:luna Las Huellas Del Destino

Chispas en la penumbra

El crujido de las ramas bajo la presión del viento parecía el lamento de un gigante herido. Kaito mantenía las orejas gachas, en posición de alerta, mientras sus ojos zafiro seguían cada movimiento de la gata blanca. Luna, con una elegancia que contrastaba con la tensión del ambiente, sopló suavemente sobre la superficie del pesado libro de cuero. El polvo acumulado voló en pequeñas partículas doradas que brillaron bajo la luz de la luna, revelando un mapa estelar tallado en la portada.

-Si el sello se está debilitando, significa que no tenemos mucho tiempo -dijo Luna sin levantar la mirada, aunque su cola se movía de un lado a otro con impaciencia-. Las runas de tu pelaje no son una coincidencia, Kaito. Reaccionan a la energía remanente de los antiguos sabios. Eres como una llave viviente.

-¿Una llave? -Kaito soltó una pequeña risa nerviosa, rascándose detrás de la oreja con una pata, haciendo que el cascabel de su cuello tintineara-. Escucha, guardiana. Yo solo buscaba un lugar tranquilo para dormir y tal vez algunas respuestas sobre este molesto amuleto. No me apunté para salvar el mundo.

-El mundo no te está pidiendo permiso -replicó ella, dándose la vuelta para encararlo. Sus ojos brillaron con una intensidad fría-. La oscuridad que acecha este bosque no discrimina entre héroes y vagabundos. Si ella despierta, tú caerás primero por la energía que portas. Así que camina.

Luna se colgó la vieja mochila al lomo con un movimiento rápido y tomó el libro entre sus patas delanteras, comenzando a avanzar hacia una grieta profunda que se abría en la base de la montaña sagrada. Kaito refunfuñó entre dientes, pero la idea de quedar desprotegido en mitad de un bosque que empezaba a temblar lo obligó a seguirla.

El camino se volvió estrecho y oscuro a medida que se adentraban en la caverna de las runas. Las paredes de piedra húmeda goteaban agua fría, y el único mapa que tenían era el tenue brillo azul que emanaba del propio cuerpo de Kaito.

-Podrías brillar un poco más, ¿sabes? Apenas veo dónde piso -bromeó Kaito, intentando aligerar el ambiente.

-Si te callaras y te concentraras en tu energía, el flujo mágico aumentaría -respondió Luna, manteniendo el paso firme-. La magia responde a la voluntad, no a las quejas.

De repente, un estruendo ensordecedor sacudió las paredes de la cueva. El suelo se inclinó violentamente y una lluvia de piedras pequeñas comenzó a caer desde el techo. Las runas azules en las paredes parpadearon con fuerza, volviéndose inestables.

-¡Cuidado! -gritó Kaito.

El suelo bajo las patas de Luna se desmoronó. Ella perdió el equilibrio, soltando un pequeño quejido de sorpresa mientras el pesado libro de cuero salía volando de sus garras. Instintivamente, Kaito reaccionó con una agilidad felina impresionante: se impulsó hacia adelante, estirando sus patas para atraparla antes de que cayera al vacío de la grieta.

El impacto fue inevitable. Kaito tacleó a Luna para alejarla del peligro, y ambos rodaron por el suelo de piedra de la cueva hasta chocar contra la pared opuesta.

Cuando el polvo se asentó y el eco del derrumbe cesó, el silencio se apoderó del lugar.

Kaito abrió los ojos lentamente. Se dio cuenta de que había quedado atrapado justo encima de ella, acorralándola contra la roca. Su rostro estaba a escasos centímetros del de Luna. Podía sentir la respiración agitada de la gata blanca chocando contra su propio hocico y el calor de su pelaje, que resultaba extrañamente suave. Las marcas místicas de Kaito, alteradas por la adrenalina, brillaban con un azul tan intenso que iluminaba perfectamente las facciones de Luna. Ella lo miraba fijamente, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y por primera vez, su expresión fría y distante había desaparecido, reemplazada por un sutil rubor que se ocultaba tras su pelaje blanco.

Durante unos segundos que parecieron eternos, ninguno de los dos se movió. El cascabel en el cuello de Kaito dejó de tintinear, quedando apoyado directamente sobre el pecho de Luna, justo donde se escuchaba el latido acelerado de su corazón.

-¿Estás... bien? -susurró Kaito, dándose cuenta de lo cerca que estaban y sintiendo un repentino calor recorrerle las orejas.

Luna parpadeó, recuperando la compostura a regañadientes, aunque no apartó la mirada.

-S-sí... -respondió ella en voz baja, desviando los ojos por un instante antes de volver a mirarlo con una pizca de timidez-. Pero... estás pesado. ¿Podrías quitarte de encima?

-¡Ah! ¡Sí, claro! ¡Lo siento! -Kaito se levantó de un salto, tropezando con sus propias patas y sacudiéndose el polvo del lomo con desesperación, completamente avergonzado.

Luna se incorporó lentamente, alisándose el pelaje blanco con la lengua para disimular los nervios. Se acercó al libro de cuero, que milagrosamente había caído intacto a unos metros, y lo recogió. Cuando volvió a mirar a Kaito, su tono ya no era tan severo.

-Gracias -dijo en un hilo de voz-. Tus reflejos... no son tan malos para ser un vagabundo.

Kaito sonrió de lado, recuperando su confianza habitual, aunque el corazón todavía le iba a mil por hora.

-Te dije que no era un gato ordinario. Ahora, ¿qué te parece si descubrimos qué hay al final de este túnel antes de que nos caiga otra montaña encima?

Luna asintió con una leve sonrisa, la primera que le dedicaba desde que se conocieron, y caminó a su lado, permitiendo que la luz azul de Kaito guiara sus pasos en la profunda oscuridad.




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