El silencio en el túnel seguía siendo denso, pero la atmósfera entre Kaito y Luna había cambiado por completo. Aunque intentaban concentrarse en el camino, ninguno de los dos podía olvidar lo cerca que habían estado unos minutos atrás. Kaito caminaba un paso por delante, dejando que las marcas místicas de su pelaje iluminaran las paredes húmedas de la caverna, mientras Luna lo seguía en silencio, manteniendo sus ojos fijos en la mochila que llevaba al lomo.
—La cueva se está abriendo —anunció Kaito, deteniéndose en seco al llegar al final del pasadizo.
Frente a ellos se extendía una gigantesca cámara subterránea. En el centro, rodeado por un foso de agua cristalina que reflejaba la luz azul de Kaito, se erguía un majestuoso arco de piedra. No era una roca cualquiera; estaba esculpida con una precisión quirúrgica y cubierta de runas idénticas a las del amuleto del cascabel de Kaito.
—Es el Altar de los Primeros —susurró Luna, pasando a su lado con cautela. Sus ojos blancos brillaban con fascinación y respeto—. Los libros decían que este lugar fue sellado hace siglos para ocultar el mapa de las estrellas.
Luna se acercó al borde del foso, colocó el pesado libro de cuero sobre una superficie plana de piedra y lo abrió. Las páginas pasaron solas, movidas por una corriente de aire invisible, hasta detenerse en una ilustración que mostraba un eclipse perfecto.
—Kaito, acércate —pidió Luna, con un tono de voz mucho más suave que antes—. Necesito que pongas tu pata sobre la runa central del libro. Tu energía es la única que puede activar el mecanismo.
Kaito tragó saliva. Miró su amuleto, que tintineó levemente, y luego miró a Luna. Había algo en la mirada de la gata blanca que le daba una seguridad que nunca antes había sentido. Se acercó despacio, estiró su pata gris y presionó el centro de la página.
En ese instante, una descarga de energía dorada y azul recorrió los cuerpos de ambos.
El agua del foso comenzó a elevarse en pequeñas esferas flotantes que inundaron la habitación. El aire se volvió frío y, de repente, la realidad pareció desvanecerse. Ya no estaban en la cueva; se encontraban flotando en medio de un espacio infinito, rodeados de estrellas y constelaciones que giraban a gran velocidad.
—¿Qué es esto? —exclamó Kaito, intentando buscar el suelo con las patas.
—Una visión del pasado... o del futuro —respondió Luna, flotando muy cerca de él. Instintivamente, su cola se enredó levemente con la de Kaito para no separarse en medio del vacío estelar.
Frente a ellos, las estrellas comenzaron a agruparse, formando la silueta de un gran gato de pelaje oscuro y ojos llameantes que rugía hacia los cielos. A su paso, las constelaciones se apagaban, consumidas por una niebla negra. Pero justo antes de que la oscuridad lo cubriera todo, dos luces surgieron en el firmamento: una estrella azul brillante y una luna blanca y resplandeciente. Ambas luces se unieron, creando una barrera que hizo retroceder a la sombra.
La visión parpadeó y, con la misma rapidez con la que empezó, se desvaneció.
Kaito y Luna cayeron de golpe sobre el suelo de piedra de la cueva. El agua regresó al foso con un fuerte chapoteo y el libro de cuero se cerró con un golpe seco. Ambos se quedaron jadeando, tratando de asimilar lo que acababan de presenciar.
—Esa sombra... —empezó Kaito, con las orejas gachas—, se sintió real. Como si supiera que estábamos mirándola.
Luna se levantó lentamente, temblando un poco. Miró a Kaito y luego la silueta de la luna que brillaba en el cielo a través de una grieta en el techo de la cueva.
—Lo es. La profecía del eclipse no es un cuento de cachorros —dijo Luna, mirando fijamente la cola de Kaito, dándose cuenta de que todavía seguían un poco juntas, lo que hizo que la apartara rápidamente con timidez—. La estrella azul y la luna... Kaito, esa visión hablaba de nosotros. Somos los únicos que pueden evitar que esa sombra consuma el bosque.
Kaito miró sus propias garras y el brillo de su pelaje. El miedo seguía ahí, pero al mirar a Luna y ver la determinación en sus ojos, una chispa de valentía se encendió en su pecho.
—Bueno... —dijo Kaito, mostrando una pequeña sonrisa para ocultar sus nervios—. Parece que ya no puedo decir que soy solo un vagabundo. Si tenemos que salvar el mundo juntos, guardiana, más vale que nos pongamos en marcha.
Luna le devolvió la sonrisa, una de verdad, llena de calidez. La aventura acababa de subir de nivel, y el vínculo entre el gato marcado y la guardiana del bosque se hacía cada vez más fuerte.