El aire fresco de la noche golpeó sus rostros cuando finalmente lograron salir de las profundidades de la cueva. Ante ellos se extendía una parte del bosque que Kaito nunca había visto: los árboles eran colosales, con hojas plateadas que captaban la luz de las estrellas, y el suelo estaba cubierto por un espeso manto de niebla baja. Sin embargo, la belleza del paisaje no lograba disipar la opresión que ambos sentían en el pecho tras la visión cósmica.
Luna caminaba un poco más despacio que antes. El esfuerzo de canalizar la energía del altar a través del libro de cuero la había dejado exhausta, aunque su orgullo le impedía admitirlo. Mantenía la cabeza en alto, pero Kaito, que ahora prestaba mucha más atención a sus movimientos, notó un ligero temblor en sus patas traseras.
—Deberíamos parar a descansar —sugirió Kaito, adelantándose un poco para cortar el paso de la gata blanca de manera sutil—. No hemos dormido en toda la noche y esa "función de luces" en la cueva consumió mucha energía.
—Estoy perfectamente —respondió Luna, intentando esquivarlo con paso firme, pero un leve tropiezo con una raíz expuesta la delató.
Kaito reaccionó rápido y apoyó su costado contra el de ella, sirviéndole de soporte antes de que tocara el suelo. Luna se tensó por el contacto repentino, sintiendo de nuevo el calor del pelaje gris de Kaito, pero esta vez no se apartó de inmediato. El cansancio era real.
—Ya veo tu concepto de "perfectamente" —bromeó Kaito en voz baja, ofreciéndole una mirada comprensiva—. Solo serán unos minutos, guardiana. Incluso las grandes salvadoras del mundo necesitan recuperar el aliento.
Luna soltó un suspiro de resignación, permitiéndose sentar sobre el musgo suave.
—Está bien... solo un momento —cedió, desviando la mirada mientras un sutil rubor aparecía en sus orejas—. El libro absorbió más de lo que esperaba. Activar un artefacto ancestral no es... sencillo.
Antes de que Kaito pudiera responder, la tranquilidad del claro se rompió. La niebla baja que cubría el suelo comenzó a agitarse violentamente, volviéndose oscura y densa. Los árboles plateados parecieron perder su brillo y un frío antinatural congeló el ambiente. Del espesor de la maleza surgieron tres siluetas hechas completamente de humo negro y ojos amarillos parpadeantes: los acechadores de la sombra.
—Parece que la visión no era un reflejo del ayer... era una advertencia para el ahora —dijo Kaito, poniéndose al frente de Luna de inmediato, erizando el lomo y enseñando los colmillos. Su cascabel tintineó con fuerza, alertado por el peligro.
Las criaturas de sombra avanzaron con rapidez. Una de ellas se lanzó directamente hacia Luna, aprovechando su estado de debilidad.
—¡No lo verás! —rugió Kaito.
Impulsado por la adrenalina, se interpuso en la trayectoria del ataque. Las runas de su pelaje estallaron en un brillo azul eléctrico cegador. Al golpear a la criatura con sus garras imbuidas en esa energía mística, la sombra se disipó con un chillido agudo. Sin embargo, las otras dos criaturas lo flanquearon rápidamente, acorralándolo.
Luna, viendo a Kaito en peligro, sacó fuerzas de la flaqueza. Abrió el libro de cuero con urgencia y presionó una de las páginas rúnicas.
—*¡Lumen ancestral!* —exclamó con voz clara.
Una barrera de luz blanca y pura emergió del libro, expandiéndose como una onda de choque que barrió el claro. La luz golpeó de lleno a los acechadores restantes, desintegrándolos al instante y devolviendo la calma al bosque. La niebla oscura se disipó y las estrellas volvieron a brillar.
El esfuerzo final fue demasiado para Luna. El libro se cerró y ella comenzó a desplomarse hacia un lado, completamente agotada.
Kaito se dio la vuelta en un parpadeo y la atrapó entre sus brazos antes de que cayera al suelo. La acomodó con extrema delicadeza sobre el musgo, usando su propio cuerpo para abrigarla del frío que aún quedaba en el aire. Luna tenía los ojos entreabiertos, exhausta, mirando al gato gris con una mezcla de gratitud y timidez.
—Buen truco, guardiana —susurró Kaito con ternura, usando una de sus patas para apartarle suavemente un mechón de pelaje blanco que le cubría los ojos—. Pero ahora te toca descansar de verdad. Yo me quedaré despierto vigilando.
Luna no tuvo fuerzas para replicar. Se acurrucó inconscientemente un poco más cerca del pecho de Kaito, buscando su calor, y cerró los ojos, quedándose profundamente dormida con el sonido rítmico del corazón del gato gris y el tenue tintineo de su cascabel como canción de cuna.
Kaito la miró dormir durante un largo rato, sintiendo que algo dentro de él había cambiado para siempre. Ya no era un vagabundo solitario; ahora tenía a alguien a quien proteger.