La energía del Santuario de los Susurros tardó en calmarse, pero la barrera mística de Luna y las garras electrificadas de Kaito fueron suficientes para hacer retroceder a los acechadores hacia la profundidad de las sombras. Con el peligro inmediato disipado y el orbe del Gato Celestial del Eclipse asimilado en sus memorias, ambos sabían que no podían perder tiempo. El cielo comenzaba a teñirse de un tono violáceo poco natural; el eclipse seguía su curso inexorable.
Caminaron durante horas, dejando atrás las ruinas de piedra blanca y los árboles de hojas plateadas. El terreno empezó a cambiar, volviéndose más abierto. El espeso bosque dio paso a una llanura salpicada por árboles colosales cuyas raíces eran tan gigantescas que formaban verdaderas cavernas y puentes naturales sobre el suelo.
Fue Kaito el primero en detenerse, moviendo sus orejas de un lado a otro. El cascabel de su cuello dio un leve tintineo cuando tensó los músculos.
—Luna, espera... —susurró el gato gris, agachándose un poco—. No estamos solos. Huelo a otros. Y no son sombras.
Luna cerró el libro de cuero que llevaba sujeto con cuidado y agudizó la mirada. De entre las sombras de una inmensa raíz retorcida, dos pares de ojos brillantes los observaban. No tardaron en salir: eran dos gatos jóvenes de la guardia, uno de pelaje atigrado marrón y otro completamente negro. Ambos mostraron una postura de combate impecable, erizando sus lomos y desenvainando unas garras largas y afiladas que relucían bajo la tenue luz, listos para defender su hogar
—¡Alto ahí! —maulló el atigrado con voz firme pero nerviosa, mostrando los colmillos—. Identifíquense. Este es el territorio del Refugio de las Raíces. No permitiremos que las sombras o los espías del eclipse pasen.
Kaito dio un paso al frente, interponiéndose de manera instintiva entre los guardias y Luna, enseñando también sus propias garras imbuidas en destellos azules.
—Tranquilos, muchachos —dijo Kaito con un tono que mezclaba advertencia y diplomacia—. No somos sombras. Solo somos dos viajeros que buscan respuestas.
Luna se adelantó, colocando una pata suavemente sobre el hombro de Kaito para pedirle que se relajara. Al ver a la gata blanca, los dos guardias abrieron los ojos de par en par, relajando los músculos y guardando sus garras al fijarse en su porte místico y en el antiguo libro que la acompañaba.
—Es... es una guardiana —murmuró el gato negro, bajando la cabeza en señal de respeto—. Por favor, disculpen nuestra osadía. Sígannos, la Matriarca debe ver esto.
Kaito y Luna intercambiaron una mirada y decidieron seguir a los guardias. Al cruzar el arco que formaban las raíces del gran árbol central, se encontraron con una escena que los dejó maravillados. El lugar no estaba desierto; era una pequeña y vibrante aldea felina oculta de los peligros del mundo exterior.
Había puentes de soga colgados entre las raíces altas, pequeñas chozas construidas con cortezas y hojas anchas, y linternas de cristales luminosos que alumbraban el camino. Gatos de todas las razas y colores caminaban por el lugar: algunas madres cuidaban a sus cachorros en los nidos de musgo, un grupo de guerreros entrenaba ágilmente saltando de tronco en tronco y afilando sus garras contra maderas sagradas, y varios ancianos compartían historias alrededor de una fogata que emitía un humo con olor a hierbas medicinales. El murmullo de maullidos y conversaciones llenaba el aire, dándole al viaje una calidez que Kaito casi había olvidado.
Los guardias los guiaron hasta la base del tronco principal, donde una gata de avanzada edad y pelaje tricolor (calicó) los esperaba sentada sobre una roca lisa. Sus ojos, aunque nublados por los años, reflejaban una tremenda sabiduría y autoridad.
—Bienvenidos, viajeros —dijo la gata calicó con una voz profunda que silenció los murmullos de los gatos curiosos que se habían acercado a mirar—. Soy la Matriarca Maeve. Hace muchas lunas que una guardiana de la orden astral no pisaba este refugio. Y veo que vienes acompañada por una estrella azul.
Kaito miró las runas de su propio pelaje, que brillaron tenuemente ante la mención de la anciana.
—Matriarca Maeve —habló Luna, haciendo una respetuosa reverencia con la cabeza—. Hemos estado en el Santuario de los Susurros. Las sombras nos atacaron, pero logramos ver la profecía. Sabemos lo que debemos hacer antes de que el eclipse devore el sol.
Maeve suspiró, y una sombra de preocupación cruzó su rostro felino. Se levantó despacio y caminó hacia un gran mapa tallado en la corteza del árbol, donde se mostraban los diferentes territorios del bosque.
—Las sombras son cada vez más audaces, pequeña Luna. Han estado rodeando nuestro refugio y atacando las fronteras. Mis guerreros defienden los límites con uñas y dientes, pero el poder del eclipse las fortalece cada hora —Maeve extendió su pata y señaló un punto montañoso y oscuro en el extremo del mapa—. Si quieren cumplir la profecía del Gato Celestial y unir sus almas para salvar este mundo, deben ir a las Montañas del Lamento.
—¿Qué hay allí? —preguntó Kaito, acercándose para examinar el mapa.
—Allí se encuentra el Altar de la Totalidad —explicó la Matriarca, mirando fijamente a Kaito, haciendo que el cascabel de este emitiera un vibrante eco—. Es el único lugar lo suficientemente alto donde la luz del sol y la luna se cruzan de forma perfecta durante el eclipse. Pero el camino está custodiado por la Sombra Mayor, la entidad que busca devorar la última chispa de luz astral. Deben salir al amanecer a través del desfiladero del norte. Mis guardias les darán provisiones y hierbas para el camino.
Luna asintió con determinación.
—Aceptamos las instrucciones, Matriarca. No fallaremos.
—Sé que no lo harán —respondió Maeve, esbozando una pequeña y tierna sonrisa al ver cómo Kaito se colocaba de nuevo al lado de Luna de forma protectora—. Su vínculo es fuerte, puedo verlo en sus auras. Pero recuerden: la profecía no requiere solo poder, requiere confianza absoluta el uno en el otro. Descansen esta noche en nuestro refugio. Aquí estarán seguros... por ahora.