Kaito:luna Las Huellas Del Destino

CAP 9: El Asalto de las Sombras

El amanecer fue una mera formalidad. El cielo ya no era azul, sino de un color plomo opresivo, y el disco del sol aparecía como un anillo de fuego plateado, cada vez más estrecho, devorado por la silueta de la luna. El eclipse estaba llegando a su fase de totalidad

Kaito y Luna salieron del Refugio de las Raíces a máxima velocidad, despedido por los maullidos de aliento de la Matriarca Maeve y los guerreros de la aldea. Se adentraron en el desfiladero del norte, una garganta estrecha y profunda que cortaba las estribaciones de las Montañas del Lamento.

Las instrucciones de Maeve eran claras, pero el terreno era difícil. Antiguas columnas de piedra, tan altas como árboles, flanqueaban el camino, muchas de ellas derribadas y cubiertas de líquenes. Lo que antes habían sido estatuas sagradas de guardianes felinos ahora yacían rotas en el suelo. El aire era frío y estaba cargado de un

zumbido eléctrico estático.

Luna, corriendo a la par de Kaito, sentía la diferencia. Sin el pesado libro en su lomo, era una exhalación blanca. El nuevo amuleto de luna creciente en su cuello brillaba con una intensidad pulsante, actuando como un faro de luz pura en la creciente oscuridad.

—Me siento más... conectada —le maulló a Kaito sin detenerse—. Puedo sentir la energía de la montaña.

—Guarda esa energía, la necesitaremos —respondió Kaito, cuyo cascabel emitía un repique rítmico y acelerado. Sus runas internas, imbuidas de la energía de la estrella azul, brillaban ferozmente, preparándose para la batalla.

Fue entonces cuando el mundo se quedó en silencio. El sol fue eclipsado por completo. Una oscuridad antinatural y gélida descendió sobre el desfiladero.

Desde las grietas de las montañas, desde las sombras de las columnas caídas y desde el suelo mismo, la Sombra Mayor comenzó su ataque. Ya no eran pequeños acechadores asustadizos; eran criaturas deformes y masivas, hechas de pura oscuridad líquida, con múltiples ojos rojos sedientos de luz. Cientos de ellas surgieron de todas partes, rodeándolos.

—¡Es una emboscada! —gritó Kaito, deteniéndose en seco y poniéndose delante de Luna.

—¡Maeve tenía razón! La Sombra Mayor no nos dejará llegar —maulló Luna, retrocediendo para concentrar su energía.

El asalto fue abrumador. Las sombras se lanzaron sobre ellos en oleadas. Kaito desenvainó sus garras, que se cargaron con una electricidad azul brillante. Con un salto ágil, arremetió contra un grupo de sombras que intentaban atrapar a Luna, cortándolas con zarpazos cargados de energía estelar que hacían que las criaturas se disolvieran en humo con un grito de agonía.

Luna, por su parte, alzó su pata delantera. El amuleto de luna creciente en su cuello brilló con una luz cegadora. Canalizando la sabiduría del libro ancestral, proyectó una barrera de energía lunar en forma de un escudo esférico y brillante que la protegía a ella y a Kaito de los ataques laterales. Al mismo tiempo, disparaba orbes de luz pura que actuaban como misiles sagrados, desintegrando a las sombras más alejadas.

—¡No podemos detenernos aquí! —maulló Kaito, luchando desesperadamente—. ¡Tenemos que abrir un camino!—¡Kaito, el Altar! ¡Puedo verlo en lo alto!

—gritó Luna, señalando hacia el final del desfiladero, donde el templo del Altar de la Totalidad aparecía recortado contra el sol eclipsado.

Kaito entendió. Se concentró al máximo, liberando una ráfaga masiva de energía estelar que dispersó a la horda de sombras frente a ellos.

—¡AHORA, LUNA! —rugió.

Luna, sincronizada perfectamente, extendió su barrera de energía para formar un túnel de luz. Kaito se lanzó al frente, actuando como un ariete cargado de electricidad azul, mientras Luna le cubría la espalda con ráfagas de luz lunar pura. Corrieron como si sus vidas y el destino del mundo dependieran de ello, abriéndose paso a través de la legión de sombras en un asalto de luz y garras que iluminó el desfiladero como si el sol hubiera vuelto.

Detrás de ellos, la Sombra Mayor, una masa de oscuridad colosal que cubría todo el cielo, soltó un aullido de furia al ver que, a pesar de sus miles de sirvientes, la Luna y la Estrella seguían avanzando hacia su destino final.




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