El estallido de energía no fue destructivo; fue una ola cálida y cegadora que se expandió desde el altar hasta los rincones más lejanos del reino felino.
La llave de luz celestial ascendió hacia el centro del eclipse, actuando como un prisma mágico. Al cruzar la corona del sol, una ráfaga de purificación recorrió el cielo, disolviendo la masa colosal de la Sombra Mayor en un leve destello de humo plateado que el viento se llevó al instante. Las criaturas oscuras que acechaban en las colinas y desfiladeros simplemente se desvanecieron, dejando tras de sí un silencio limpio y pacífico.
Dentro de la cámara del templo, el resplandor comenzó a asentarse. El cielo plomizo sobre las ruinas se abrió paso a un azul claro y brillante; las sombras tenebrosas dieron paso a los primeros rayos de un sol cálido que envolvía las piedras antiguas.
Kaito abrió los ojos lentamente, apoyado contra una columna tallada. Sus garras ya no echaban chispas de electricidad, pero las runas de su pelaje mantenían un suave brillo azulado, como un recuerdo permanente de la energía de la estrella. A pocos pasos, Luna respiraba aliviada. El amuleto de luna creciente en su cuello emitía un fulgor tenue y pacífico, perfectamente afinado con el nuevo día.
—Se ha ido... —susurró Luna, mirando sus patas blancas iluminadas por el sol verdadero—. La oscuridad ha desaparecido.
—Lo logramos, Luna —dijo Kaito, acercándose a ella con un trote suave, dejando resonar el repique claro y alegre de su cascabel—. El equilibrio volvió.
Al acercarse al cofre abierto, notaron que dentro ya no había secretos ni artefactos antiguos; en su lugar, un torrente de vida comenzaba a brotar de la piedra. El musgo fresco y pequeñas flores silvestres de color violeta crecían a pasos agigantados alrededor de la plataforma, extendiéndose por todo el templo y bajando por las escaleras hacia las Montañas del Lamento.
Desde la entrada del desfiladero, el eco de maullidos y cantos comenzó a resonar. La gente de la aldea y la Matriarca Maeve caminaban hacia el altar para presenciar el milagro: las montañas ya no eran un lugar de lamento, sino un santuario lleno de vida.
Luna miró a Kaito y rozó su cabeza contra la suya con afecto.
—Sin tu valor y tu estrella, no habría llegado hasta aquí.
—Y sin tu sabiduría y la luz de tu luna, el mundo seguiría en sombras —respondió Kaito con una sonrisa satisfecho.
El viaje peligroso había terminado, pero una nueva era acababa de comenzar para ambos.