Ka'mah Yomori

Capitulo 6.— "DESDE LA VISIÓN DE UMA"

(Escena retrospectiva-suceso en el bosque)

El campeon Uma de la tribu yomori se encontraba patrullando por largo tiempo los alrededores y mientras observa todo desde lo alto de un árbol, inclinado de cuclillas en una rama y rascándose la cicatriz de la cabeza. buscaba el extraño aroma que lo tenía confundido desde hace un buen rato, estaba siguiendo el aroma por toda la selva del territorio yomori. En todo su trayecto reconoció y percibió el olor de distintos animales, y de la selva en si....pero el olor que buscaba era más a cadáver en descomposición, la brisa del viento lo guiaba hacia su objetivo y sentía que ya estaba muy cerca de encontrar el pestiféro aroma que lo tenía con mucha incertidumbre, se olia más intenso cada ves, de repente se escucho un grito de terror muy serca de su ubicación.

.......ahhhhhhhhh..........(gritos de mujer)

—¿que fue eso?....¡se escucho un grito en esa dirección! —dijo el campeón señalando con la mirada al mismo tiempo que rascaba su cicatriz. Rápidamente se dirigió hacia al sonido señalado, saltando de árbol en arbol y colgándose de lianas, el olor era más intenso, con cada salto que daba y mientras más se acercaba.

PLAFFFFTH!!. (llegó de pie a la señal del grito, agarrándose de una rama desde lo alto de un árbol para no caer y grande fue su sorpresa al ver lo que ocurría).

—¿Pero que hacen aprendizes yomoris aqui?...—se pregunto él campeón, mientras se ponía de cuclillas analizando detenidamente la escena. —¿Se habrán separado del grupo o qué? Y ¿quienes son esos tres enmascarados?. —exclamó rascándose la cicatriz de la cabeza, inmediatamente se dio cuenta que algo no andaba bien.

Mientras observaba detenidamente desde lo alto del árbol, noto algo extraño. —pero que está sucediendo aquí —exclamó colocando un gestó de rabia en su mirada y enfurecido al ver a los aprendices pidiendo ayuda, llorando sometidos, y acorralados por esos extraños enmascarados.

‎Bajó de inmediato del árbol donde se hallaba y se dirigió rápidamente hacia quien acosaba a Wenbe, derribando al invasor de un solo golpe contra el suelo. Al mirar su puño, vio que estaba manchado de sangre; el extranjero enmascarado yacía tendido en el suelo desmayado, con la cabeza y la máscara empapadas en rojo.

‎Al notar la llegada de Uma, los demás invasores dieron un salto hacia atrás, retrocediendo poco a poco abandonando a sus prisioneros y observando a su compañero inmóvil en el suelo.

‎Los dos que quedaban se pusieron en guardia, preparados para atacar. Se miraban entre sí, asombrados por la aparición del guerrero caído de los árboles. Se dispusieron a luchar dos contra uno, cara a cara, vigilando cada movimiento del otro.

‎Se sentía y se escuchaba la brisa rozar la piel de todos los presentes, mientras nativos e invasores se observaban atentos, listos para cualquier cosa.

‎—Ese asqueroso aroma que he seguido desde esta mañana proviene de uno de estos tipos —exclamó el campeón. ¿Quiénes son estos extraños? ¿Y quién les dio la ubicación de la tribu Yomori? —pensó Uma, con el corazón encendido de ira, soportando el hedor que impregnaba el aire mientras estudiaba detenidamente a sus rivales. Notó de inmediato que no venían en son de paz: se notaba en su apariencia y en la energía que emanaban.

‎Uma al percatarse que los aprendices estaban solos, rápidamente se interpuso como un muro frente a los jóvenes para protegerlos de los invasores que los acosaban. Al girar la cabeza para preguntar si estaban bien, se percató de que los muchachos se alejaban y huían a toda prisa, adentrándose en la espesura de la selva amazónica.

‎—Seguro regresan hacia la tribu —pensó Uma, frotándose la cicatriz de la frente. Ahora que los jóvenes Yomori estaban a salvo, Uma no permitiría que ningún invasor fuera tras ellos; no dejaría pasar a nadie, y estaba más que preparado para cualquier movimiento que hicieran los extranjeros.

‎De repente, Uma presenció algo que jamás habían visto sus ojos: uno de los extraños comenzó a murmurar un ritual desconocido en un idioma que nadie había escuchado jamás. Su cuerpo empezó a temblar y sus manos se iluminaron con tonos verde y celeste. Se agachó lentamente y apoyó la mano sobre la tierra; en ese instante, algo tétrico emergió desde lo más profundo del suelo.

‎Uma desvió la mirada hacia atrás por una fracción de segundo, pues acababa de escuchar pisadas a su espalda.

‎En ese mismo instante llegaron A-ru y A'kan, colocándose uno a cada lado de Uma en posición de ataque, sorprendidos al ver a aquellos tres extranjeros.

‎—¿Escuchamos un grito? ¿Quiénes son estos enmascarados? —preguntó A-ru, tomando su lugar al lado derecho de Uma.

‎Al ver llegar a sus compañeros Yomori, Uma volvió la vista hacia el invasor que realizaba el ritual, pero este permanecía inmóvil junto al otro, sin hacer ningún movimiento extraño.

‎—¿Qué pasó aquí? ¿Estás bien, Uma? —exclamó A'kan, mirando el puño ensangrentado del campeón.

‎Uma les resumió de inmediato lo que había ocurrido momentos antes.

‎—¿Y qué hacían esos aprendices por aquí? Seguro que K'amah tiene algo que ver en todo esto —pensó A'kan, frotándose el mentón.

‎De repente, uno de los invasores se acercó a su compañero caído, lo levantó lentamente del suelo y lo colocó de rodillas; acto seguido, ambos se arrodillaron frente a los yomoris.

‎—¡Se rindieron! —exclamaron A-ru y A'kan al unísono. Se acercaron de inmediato con flechas y lanzas, apuntando las armas al cuello de los extraños; estaban listos para actuar, y ante cualquier movimiento sospechoso, no dudarían en matarlos allí mismo.

‎—¿Qué está pasando? ¿Por qué se han arrodillado? Seguro están tramando algo —dijo A-ru, visiblemente sorprendido.

‎—¿Será posible que se hayan rendido? —pensó A'kan, aferrando con fuerza su lanza.

‎A-ru lo miró y respondió:
‎—¡Lo dudo!

‎—Entonces habrá que matarlos aquí mismo. Es demasiado peligroso dejarlos con vida —propuso A'kan.

‎—Tienes toda la razón, antes de que logren descubrir la tribu. ¿Qué dices tú, Uma? ¿Qué hacemos con ellos? —dijo A-ru, manteniendo su lanza apuntada al cuello de uno de los invasores y vigilando a los tres arrodillados, atento a cualquier movimiento.
‎—No podemos dejarlos libres, sería una locura —añadió.

‎—Átenlos de las manos a los tres y tápennles los ojos —ordenó Uma.

‎—¿¡Como!....Estás pensando dejarlos con vida y llevárnoslos a la tribu? Debes estar loco —replicó A-kan—. Decapitemos a los tres aquí mismo.

‎—Yo opino lo mismo —coincidió A'kan.

‎Uma miró fijamente a sus compañeros y dijo:
‎—Piensen y analicen: si los matamos ahora mismo, nunca sabremos qué traman. Estoy seguro de que estos extranjeros no vienen solos; debe haber más de ellos por estas zonas. Debemos interrogarlos al llegar a la aldea: a qué vinieron a nuestras tierras, qué buscan, como supieron de la tribu, si siguen órdenes de alguien ... y el cacique debe enterarse de esto sin falta.... Entienden. Aparte no les parece sospechoso que se rindieran así de fácil y no oponen resistencia.

‎A-ru y A'kan se miraron entre sí, tragando saliva ante las palabras de Uma, sin dejar de vigilar cualquier gesto sospechoso de los invasores.

‎—Al final, si no son de interés, no cooperan o no responden a nuestras preguntas, terminarán decapitados igual —expresó Uma, arrojando unas cuerdas al suelo.

‎—Está bien —asintieron A-ru y A'kan. Se colocaron rápidamente detrás de los extranjeros y, con una patada en la espalda, los derribaron al suelo. Los ataron de las manos hacia atrás con cuerdas de fibra vegetal. Luego colocaron un tronco largo a la altura de sus cuellos, separados unos seis pasos entre sí; A-ru ató el cuello de cada prisionero al tronco para impedir que escaparan, y por último les vendó los ojos.

‎—Listo, ahora partamos —exclamó A-ru.

‎—¡Qué asco! Ya no lo soporto... ¿A-ru, te soltaste un gas? —dijo A'kan, abanicándose con la mano.

‎—¡Oye tonto, yo no fui! —replicó A-ru, mostrando los dientes afilados y entrecerrando los ojos—. Si hubiera sido yo, ya estarías tres metros bajo tierra.

‎—¡Uf! Este es el que huele a cadáver en descomposición —dijo A'kan, mirando al prisionero más cercano.

‎—¡Qué extraño! ¿Será que su cuerpo es así o se estará muriendo? —exclamó A-ru, alejándose un poco del que despedía el mal olor.

‎Al observar al extranjero que olía a muerte, Uma comprendió de inmediato que no se trataba de una persona común, sino de un chamán poderoso, tal como lo habían revelado sus ojos momentos antes. Luego vio a sus compañeros riéndose entre ellos y dijo:

‎—A ver, a ver... ustedes dos, ponganse serios parecen aprendices —exclamó Uma, con la seriedad del momento.

‎A-ru y A'kan estiraron el cuello, enseñaron los dientes y respondieron:
‎—¡Seguro fuiste tú, Uma!

‎Y así, entre risas, Uma, A-ru y A'kan continuaron su camino hacia la tribu, escoltando a los tres prisioneros.

‎...

‎A lo lejos se escuchaba el canto de las aves mariposa y el vibrar de las hojas movidas por el viento del atardecer. Pero desde la distancia, ocultos en las sombras tras los árboles, ojos vigilantes y desconocidos los observaban, siguiendo cada movimiento de los Yomori.

‎Uma alzó la vista para mirar por última vez las copas de los árboles y sus alrededores; sospechaba que algo no andaba bien, pero sabía que todas sus dudas se aclararían al interrogar a esos tres extranjeros.



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En el texto hay: nativos, tribus, selva amazónica

Editado: 18.07.2026

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