Hikaru recorrió con la mirada el salón de su apartamento en Lima. Todo estaba en orden, demasiado en orden. Las maletas abiertas sobre el sofá parecían un recordatorio de que su vida cabía, de momento, en dos piezas de equipaje.
Tokio lo esperaba.
Hacía décadas que no volvía por trabajo. Nació allí, pero había vivido lo suficiente lejos como para sentir que regresaba a un lugar que era suyo y ajeno al mismo tiempo.
Ana María doblaba sus camisas con una precisión casi ritual.
—¿Estás seguro de que esto es lo correcto? —preguntó sin mirarlo.
Hikaru tardó un segundo en responder.
—Es una oportunidad única. Y… quiero ver a mi madre. A mi hermana.
Ella asintió despacio, como si aceptara algo que no terminaba de gustarle.
—Serán muchos meses.
—Pasarán rápido.
Ana María dejó la camisa sobre la maleta y, por primera vez, lo miró a los ojos.
—Tokio siempre te llama cuando menos lo esperas.
Hikaru sonrió con suavidad.
—O yo a Tokio.
No añadió que, desde hacía semanas, tenía la sensación incómoda de que no era exactamente él quien había tomado la decisión.
Horas después, camino al aeropuerto, Lima desfilaba al otro lado de la ventanilla como un recuerdo que se resistía a quedarse atrás. El tráfico era un caos familiar. Bocinas, luces, voces lejanas. Durante un instante pensó que quizá no volvería a ver la ciudad igual.
Sacudió la idea. Era absurdo.
En la zona de salidas, el abrazo de despedida fue más largo de lo habitual.
—Te he traído algo —dijo Ana María, entregándole un libro envuelto en papel sencillo.
—¿Un libro?
—Léelo en el avión.
Hikaru lo guardó sin abrirlo. No era momento de empezar historias nuevas.
O eso creyó.
Minutos después, mientras esperaba en la fila de facturación, sintió por primera vez una leve presión en el pecho. No dolor, no miedo. Solo la impresión de que algo acababa de ponerse en marcha sin consultarle.
Sacó el teléfono.
Hikaru: Ya voy a facturar.
Ana María: Acabo de llegar a casa. Cuídate.
Hikaru: Lo haré.
Añadió un “te quiero”, lo borró y guardó el móvil.
Cuando por fin se sentó frente a la puerta de embarque, abrió el regalo. El título lo hizo fruncir el ceño.
Érase una vez un matrimonio.
El nombre de la autora era el de su esposa.
Una sonrisa incrédula se dibujó en su rostro. Empezó a leer.
No escuchó el primer aviso de embarque.