Kami

NARITA

Tras más de veinte horas de vuelo, el avión tocó tierra en Narita.

Hikaru no sintió alivio, sino una lucidez extraña, como si el cansancio hubiera limpiado algo en su interior. Miró la pantalla del teléfono: en Lima aún era de madrugada.

Hikaru : Acabo de aterrizar.

Ana María : ¿Todo bien?

Hikaru : Sí. Muy largo. Luego te llamo.

Guardó el móvil. El aire del aeropuerto le resultó familiar y ajeno al mismo tiempo.

Mientras avanzaba por inmigración tuvo la incómoda sensación de haber vuelto a un lugar que no había estado esperándolo.

Recogió sus maletas y salió al exterior. El taxi lo condujo hacia la ciudad entre autopistas elevadas y ríos de coches silenciosos. Tokio emergía poco a poco, vertical, indiferente.

No intentó buscar recuerdos. Los recuerdos lo encontraron a él.

Al cruzar la bahía, el reflejo del agua le devolvió una imagen borrosa de su infancia. Duró apenas un segundo. Luego desapareció entre los rascacielos.

El taxi se detuvo frente al hotel Keio Plaza. Pagó, tomó sus maletas y entró.

La recepción era impecable. Demasiado impecable. Voces bajas, movimientos exactos, sonrisas medidas. Todo funcionaba como debía.

Mientras la recepcionista comprobaba su pasaporte, Hikaru sintió por primera vez desde su llegada un leve escalofrío sin causa clara. No era frío. Era la impresión de estar fuera de lugar en un sitio que, en teoría, era suyo.

En el ascensor hacia la planta cuarenta, su reflejo en el espejo le resultó más cansado de lo que recordaba.

La habitación era amplia, silenciosa. La ciudad se extendía bajo la ventana como un circuito infinito de luz.

Preparó té, se dejó caer en el sillón y, durante unos segundos, simplemente observó. Desde aquella altura, Tokio no parecía una ciudad. Parecía un organismo.

Llamó a Ana María.

—Ya estoy en el hotel.

—¿Cómo es?

Hikaru miró las luces lejanas.

—Más grande de lo que recordaba. Y más… distante.

Ella rió suavemente.

—Eso suena a jet lag.

Quizá lo era.

Tras colgar, permaneció un rato inmóvil. En la ventana, su propio reflejo se superponía a los rascacielos. Por un instante tuvo la impresión de no reconocer ninguna de las dos imágenes.

Se obligó a moverse. Deshizo la maleta con precisión mecánica, como si ordenar objetos pudiera ordenar también pensamientos.

Antes de acostarse, miró de nuevo el teléfono. Ningún mensaje nuevo.

Aun así, algo dentro de él sabía que el verdadero viaje no acababa de empezar, sino de abrirse.




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