La luz de la mañana entraba por las cortinas del hotel con una claridad limpia. Hikaru despertó sin la pesadez del viaje. Era domingo. Por primera vez en años, Tokio lo recibía sin agenda.
Desayunó en silencio. El sabor del miso y el arroz caliente no le trajeron recuerdos concretos, sino una sensación física de pertenencia.
Llamó a su madre.
—Okaasan.
La risa de Aiko cruzó la distancia con la misma energía de siempre.
Quedaron para comer. Estaría también su hermana Azumi, su cuñado y un sobrino que Hikaru aún no conocía.
—Tenemos que darte una noticia —añadió su madre con un tono ligero, aunque algo contenido.
Hikaru sonrió.
—¿Buena o mala?
—Buena. Muy buena.
No quiso insistir.
Después de comprar algunos regalos, tomó un taxi hacia Tomigaya. A medida que se alejaban de las avenidas principales, la ciudad cambiaba de pulso. Más baja, más callada. Familiar.
Ante la puerta del piso dudó un instante antes de llamar.
Su madre abrió y el tiempo retrocedió sin esfuerzo.
Los abrazos fueron largos, sinceros. Azumi lloró sin disimulo. El niño lo observaba con curiosidad, como si intentara decidir si aquel hombre formaba parte de su mundo.
La comida transcurrió entre risas y preguntas cruzadas. Hikaru escuchaba más de lo que hablaba.
Fue durante el té cuando su madre retomó la noticia.
—Tu prima Haruko se casa.
El nombre no despertó ningún recuerdo claro.
—Quiere que vengas a la boda.
—Por supuesto.
—Será dentro de diez días. En el templo de Yoyogi.
Hikaru asintió. El nombre del lugar sí tenía peso.
—Boda sintoísta —añadió Azumi con una sonrisa—. Muy tradicional.
Su madre lo miró entonces con una expresión distinta, apenas un segundo más larga de lo necesario.
—Hay cosas que cambian cuando uno vuelve a cruzar ciertas puertas.
Nadie comentó la frase.
La conversación siguió como si nada. Pero Hikaru notó algo nuevo, una leve tensión bajo la superficie del encuentro. No era preocupación. Era expectativa.
Al despedirse, su madre le sostuvo la mano un instante más de lo normal.
—Me alegra que hayas vuelto ahora.
Hikaru caminó hacia el taxi con la sensación extraña de haber llegado justo a tiempo para algo que aún no comprendía.