—Hikaru Inaba.
Hiroko sostuvo su mano con firmeza. No apartó la mirada.
—Inaba… —repitió en voz baja, como si la palabra tuviera peso propio.
La lluvia golpeaba el cristal detrás de ella.
Pidieron otra ronda. Él habló poco al principio. Ella escuchaba.
El whisky aflojó algo dentro de Hikaru.
Dudó un instante.
Luego dijo en voz casi neutra:
—Hoy recibí un mensaje que no era para mí.
Hiroko no preguntó nada. Solo extendió la mano.
—¿Puedo verlo?
Hikaru vaciló.
—Está en mi habitación.
Ella asintió.
—Te espero.
El trayecto en ascensor fue demasiado corto. Tomó el sobre de la mesilla y volvió de inmediato.
Cuando las puertas se abrieron en el último piso, caminó directo hacia la mesa junto a la ventana.
La mesa estaba vacía. Dos marcas de agua en la madera. Nada más.
Miró alrededor. No había nadie.
Se acercó al camarero.
—Perdone, la mujer que estaba conmigo…
El hombre negó lentamente.
—No he visto a ninguna mujer, señor.
Hikaru no insistió.
Volvió a la mesa. Se quedó de pie unos segundos. El reflejo de la lluvia desdibujaba la ciudad.
No había silla movida. No había vaso adicional. Nada.
Solo la sensación, todavía viva, de haber hablado con alguien.
Abrió el sobre. Las mismas palabras. Lo releyó una vez más:
“Tienes que cumplir ahora tu parte. El cadáver está en el sitio convenido. Solo tienes 3 días. Después recibirás el otro 50% del dinero”.
Guardó el papel con manos frías.
No sabía qué era peor: que alguien lo estuviera observando o que solo él pudiera ver ciertas cosas.