Kamika: Dioses Guardianes

3. Verdades Ocultas

 

El camino a casa de Sara fue largo e incómodo. Durante todo el trayecto ninguna dijo nada, solo se escuchaba el motor del Toyota y el sonido del viento por la ventana, además del ruido de los grillos.

Sara seguía con la mirada fija en el volante, hundida en sus pensamientos. Probablemente estaba pensando en qué decir. Mientras yo tenía un nudo en mi cabeza al tratar de armar un rompecabezas donde faltaban piezas.

Toda esa situación en cierta forma me parecía conocida. Era como un deja—vu. Sentía que ya habíamos pasado por una situación similar con anterioridad.

Tratando de pensar por qué se me hacía familiar, recordé cuando era pequeña, e iba con frecuencia a casa de Sara. Uno de esos días, llegué sin avisar, y me encontré a Sara realizando algún tipo de entrenamiento o practica con una cinta de gimnasia, que luego empezó a brillar. Ella continuó con lo suyo sin saber que yo la estaba observando, hasta que se percató de mi presencia y actuó como una tonta para hacerme creer que era un juego. A mis doce años le creí, y lo tomé como lo que ella dijo.

Aunque ahora, ya no estaba segura de qué era real y qué era un mal entendido.

—Sara… ¿podrías por favor decirme lo que ocurre? —pedí, en un nuevo intento de entender la situación.

—Ya te dije, tienes que esperar.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que me lo digas aquí? Solo dilo.

—No es tan fácil.

—¿Qué no lo es? Tú sabes lo que ocurre, pues explícamelo.

—Ailyn, cállate hasta que lleguemos a mi casa. De lo contrario, no te diré nada —sentenció con rudeza.

Fruncí los labios, y desvié mi vista hacia la ventada, dispuesta a ignorar a mi amiga hasta llegar a su casa.

El camino a la casa de Sara era largo y demorado, ya que ella vivía en los límites con St. Joseph. Aún no entendía cómo era su rutina para levantarse a la hora adecuada para no llegar tarde a la preparatoria. Con tanta lejanía entre nuestras casas era inusual que siguiéramos siendo amigas, pero por lo general era ella la que iba a mi casa, eran muy pocas las ocasiones en las que yo había ido a la suya después de entrar a la preparatoria.

Entre la briza que entraba por la ventana y el sonido de la naturaleza a nuestro alrededor, cerré poco a poco las ojos hasta quedarme dormida, para permitirme algo de paz en ese día tan alocado.

~°~

«Había un lago que se encontraba en medio de un espeso bosque. Era de noche, y solo la tenue luz de la luna iluminaba el lugar. El viento movía las copas de los árboles, a los cuales se les caían las hojas gracias a la ventisca.

Me acerqué a la orilla del lago, por reflejo. Sin embargo, en el trayecto, escuché el crujir de las ramas bajo los pies de alguien o algo, lo que indicaba la presencia de otra persona. Me di la vuelta para buscar el origen de dicho ruido delator, con una extraña sensación de anhelo en el pecho.

A unos cuantos pasos de donde me encontraba, estaba la silueta de un hombre, alto y acuerpado, escondido tras un árbol. Solo distinguía su figura, debido a la oscuridad, pero algo en él me resultó familiar.

—¿Quién eres? —grité— ¿Qué quieres?

—Te encontraré —Hizo una pausa— Muy pronto, te encontraré.

Hubo una ráfaga de viento que me obligo a cubrirme el rostro, y elevó mi cabello. Cuando ésta pasó, volví a mirar hacia el árbol, en busca del misterioso sujeto, pero el hombre había desaparecido.

El cielo se oscureció más, llenándose de nubes de lluvia. Y entonces, unas figuras sombrías cayeron del cielo. Eran altos y desproporcionados, tanto que parecían demonios. Además, había una gran cantidad.

Dichos espectros formaron un círculo a mí alrededor, encerándome dentro de él. Presintiendo lo que iba a ocurrir, me cubrí la cabeza con los brazos para intentar protegerme de ellos.

Luego, como si pensaran al mismo tiempo, se lanzaron contra mí.»

~°~

Abrí los ojos de golpe, presa del pánico por la última escena del sueño, y respirando con agitación.

—Ailyn, ya llegamos —anunció Sara, aparentemente sin percatarse de mi reciente pesadilla.

Apagó el motor, y salió del auto. Aspiré para tranquilizarme, para luego seguir a Sara a través del antejardín.




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