Kamika: Dioses Supremos

24. Amante de las desgracias

Algo estaba pasando.

El tiempo pasó de una forma tan tranquila que poco a poco una ilusión de falsa paz se iba asentando en el palacio. Eso me ponía un poco nerviosa. Sabía que Pandora no se quedaría quieta mucho tiempo ni nuestros aliados tampoco.

Nuestros aliados no tenían tanta prisa por verme como creí. Al parecer, mi ausencia consecutiva era algo a lo que estaban acostumbrados. Aun así, tuve que hacer una reunión para informar mi regreso oficial y la construcción de un arma capaz de detener a Pandora. No ahondé mucho en detalles, más aún por la mirada dudosa de Hipólita y la sonrisa diabólica de Kratos. Les dije lo necesario para reforzar seguridad y dar algo de esperanza.

Con el paso de los días las deidades aprendieron a vivir con las pérdidas y empezaron a reconstruir sus comunidades en el Olimpo. Muchas deidades de menor rango fueron enviadas al otro lado del portal, otras cruzaron para tomar su lugar; la mayoría de los grupos atravesó una reorganización.

No volví a ver a Odette, ni entre las ninfas ni amazonas del palacio. Al igual que a otras deidades. Los lideres se quedaron, pero incluso así optaron por permanecer en sus pabellones salvo cuando fuera necesario. La espera a veces era tortuosa.

El rumor de un arma capaz de matar a Pandora se expandió por el Olimpo en pocos días. Eso tranquilizó a las deidades, pero alarmó a los dioses. Después de todo, si algo podía terminar con la energía de un Primordial, ¿qué podría hacer con un dios? Aun así, no hubo alboroto oficial por el tema más allá de unas cuantos comentarios por los pasillos de dioses menores.

Los dioses y deidades, por igual, nos trataban con respeto y cierta cautela, al menos de frente, aunque a nuestras espaldas la confianza seguía siendo poca. A veces era mejor ni siquiera enterarse de las suposiciones de aquellos seres.

Poco a poco el palacio recobró cierto equilibrio. La ausencia de noticias sobre Pandora nos ponía nerviosos a todos, lo que creaba un ambiente en el cual solo esperábamos ese gran evento que tiraría a la basura esa falsa paz. Pero algo me decía que eso no sucedería en los próximos días.

A veces miraba el mapa de mi habitación durante horas, esperando encontrar ese punto que uniera los avistamientos de Pandora en el mundo de los dioses. Había un hilo rojo que unía sus visitas de forma temporal, lo que creaba una figura que no parecía tener ningún patrón. Las suposiciones de Logan no habían logrado adivinar en dónde estaría o su paradero actual.

Seguía igual de estancada que siempre. Necesitaba un arma para apagar su energía primordial, pero necesitaba saber en dónde estaba para poder usarla.

Por unos días pude dedicarme a interpretar el mapa sin mayores interrupciones. Hasta que sucedió lo que debió pasar el día que regresé de la Tierra.

Había pasado poco más de una semana cuando Zeus me llamó ante él.

Acababa de amanecer, Andrew y yo estábamos tomando el desayuno en uno de los jardines interiores cuando un trio de Guerreros de Troya se acercaron.

—Lady Atenea, se solicita su presencia en el salón del rayo lo más pronto posible —dijo uno de los Guerreros de Troya—. El Rey Zeus desea hablar con usted.

Un escalofrío se filtró por mi vestido. De repente el sol había sido eclipsado por las nubes.

Bajé el tenedor con un trozo de fruta, mentalizándome para enfrentar al dios de dioses, y me puse de pie.

—Iré contigo —anunció Andrew, con una sombra furiosa sobre sus ojos, poniéndose de pie mientras su capa rozaba la mesa al pasar.

Le sonreí; su presencia intimidante parecía querer competir con la de Zeus, a veces temía que en verdad luchara contra él, porque entonces sí que tendría que haber un ganador. Estaba a punto de decirle que debía enfrentarlo sola cuando otro de los Guerreros de Troya habló.

—Señor Apolo, el sabio Péan solicita su ayuda en el subsuelo. Por favor, dirigirse de inmediato a las celdas del Olimpo.

Me quedé de piedra, Andrew se tensó. ¿El subsuelo? Allá solo estaban las celdas de los prisioneros y…

Epimeteo.

El corazón me pegó un brinco violento.

Andrew y yo intercambiamos una mirada similar, llena de cautela y con la misma suposición en mente. Aquello solo podría significar dos posibilidades, o existía la forma de despertarlo o estaba muerto, fuera lo que fuera habríamos perdido o ganado algo.

Los dos asentimos.

Nos separamos. Andrew siguió a uno de los Guerreros de Troya mientras yo fui escoltada por los otros dos. Atravesamos un tercio del palacio para llegar a la parte más alta, en las torres de la Corte Suprema, y luego pasamos de largo los aposentos de las diosas hasta el salón en lo alto de la torre.

El punto más alto del Olimpo estaba reservado para Zeus. Rodeado de vigas de mármol y estatuas de ninfas, tan grande como mi antiguo conjunto de departamentos, sin paredes, al descubierto, permitiendo que el viento frio de la estratosfera recorriera cada rincón. El cielo, a pesar de ser de mañana, estaba repleto de estrellas, con un tono en degradé desde el azul oscuro pasando por el violeta hasta el naranja, con una enorme luna y un intenso sol brillando a partes iguales.

Parecía un mundo diferente, ni la Tierra ni Kamigami, un lugar creado solo para el dios de los dioses, donde las imposibilidades se volvían posibles. Esperaba que aquello me ayudara en ese momento.




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