Cuando el destino y las profecías hablan, son más fuertes que la voluntad de cualquier hombre o criatura. Incluso para cualquier dios, no importaba qué tan fuerte o poderoso fuera: el destino siempre tenía la razón.
Dorian leía a menudo ese tipo de textos en los libros que encontraba en la biblioteca pública. Pequeños cuentos o largas novelas que, por alguna razón, siempre lograban captar su interés. No sabía si era simple coincidencia, pero todos compartían el mismo tema: el destino, las almas predestinadas o las almas gemelas. Siempre era lo mismo: el destino.
Iba camino a su aula en la universidad. No se preocupaba por el tiempo; aún era temprano y, además, el trayecto era demasiado corto, ya que vivía en los dormitorios estudiantiles del campus. Era uno de los beneficios de ser huérfano y no tener padres adoptivos: ese tipo de habitaciones se asignaban con mayor facilidad.
Dorian recordaba haber vivido así desde siempre. Recordaba cómo la gente lo apartaba por verse y ser diferente. De niño, las monjas del orfanato lo llamaban “hijo del diablo”. La razón era tan estúpida como simple: a veces sus ojos cambiaban de color cuando se enojaba o se ponía muy feliz; también solían crecerle los colmillos y las uñas. Los niños a su alrededor salían corriendo y gritaban que era un anormal, un monstruo. Cuando era pequeño, esas palabras le dolían, pero ahora ya no le provocaban ningún sentimiento.
Toda su vida había sido un marginado en la sociedad, solo un chico más del montón. Sin embargo, no sabía que, de un momento a otro, todo iba a cambiar; que todo lo que conocía no era lo único que existía y que había más seres como él, escondidos en la oscuridad, ocultos del mundo humano y de su crueldad.
Dorian llegó justo a tiempo a su aula, apenas unos segundos antes de que el profesor entrara tras él. Avanzó con paso tranquilo hasta una de las mesas del fondo del salón y se sentó al lado de una chica rubia, vestida con una camisa color vino y unos jeans sencillos. Era Elara Romanov, su mejor amiga… y, siendo honestos, la única que tenía.
Elara también era una marginada dentro de la universidad. Rara vez se juntaba con otras chicas y prefería la compañía de los hombres, en especial la de Dorian. Salía con algunos chicos y, después de un tiempo, los dejaba sin dar muchas explicaciones. No le gustaban los compromisos. Fumaba, y lo hacía en exceso, aunque eso no parecía restarle atractivo; por el contrario, era bastante bonita, lo suficiente como para despertar la envidia de varias chicas. Sin embargo, Elara solo usaba esos encantos para atraer a los hombres, tener algo de sexo y luego marcharse. Años atrás se había enamorado de un chico que terminó rompiéndole el corazón, y desde entonces se negó a volver a sentir algo parecido. Se lo había confesado a Dorian más de una vez: no estaba preparada para eso, no de nuevo.
—Hola, Finnigan. Veo que esta vez llegaste un poco tarde —dijo Elara, girando el rostro para saludarlo con una sonrisa ladeada.
—Un pequeño retraso, Romanov. La maldita secadora no funcionaba —se quejó él antes de sacar sus cosas y acomodarlas sobre la mesa.
La conversación terminó ahí. Ambos dirigieron su atención al profesor, que ya comenzaba a explicar el programa de la clase. Los dos tenían buenas notas y se tomaban la universidad con la seriedad que merecía. Eran responsables, sobre todo porque sabían que la vida no era sencilla para ellos. No tenían el futuro resuelto como muchos de sus compañeros.
Elara vivía únicamente con su padre, un hombre distante y poco presente, que además no le daba el dinero suficiente para cubrir los gastos universitarios. Por esa razón, trabajaba medio tiempo en un bar, el mismo lugar donde trabajaba Dorian. Ambos eran meseros y, en ocasiones, cubrían turnos en la barra. Elara no se involucraba demasiado; solo necesitaba reunir el dinero justo para pagar lo que le restaba de la universidad.
Dorian, en cambio, trabajaba todo lo que podía. Necesitaba pagar la universidad, la comida y sus gastos personales. No tenía a nadie que lo apoyara económicamente y contaba únicamente con una beca que cubría el cincuenta por ciento de los costos. Era una ayuda importante, pero no suficiente. Esa situación lo había llevado a tomar decisiones desesperadas.
Cuando no tenía clases o los fines de semana, trabajaba por las noches en las calles. Sí, se prostituía. Después de todo, nadie parecía dispuesto a contratar a un universitario y pagarle un sueldo digno, además de que el trabajo en el bar solo le alcanzaba para pagar lo que restaba para la cuenta de la universidad. Tiempo atrás, una chica que había conocido en el bar le explicó que el dinero no siempre se encontraba en trabajos de oficina, donde muchas veces solo ofrecían miserias. Ella también se dedicaba a eso; era hermosa, cuidaba su apariencia y estudiaba. Le dijo que, por su atractivo, no tendría problemas para conseguir clientes y que, si realmente necesitaba el dinero, podía cobrar lo suficiente. Después de todo, Dorian también era bastante atractivo.
Para Dorian, en el pasado, eso no había sido una opción. Era virgen y, aunque era gay, no quería que su primera vez ocurriera en un motel de mala muerte. Al final, terminó acostándose con James Carter, uno de los jugadores de fútbol americano más populares de la universidad. Era un chico bastante apuesto y, para desilusión de muchas chicas, también era gay. Uno reprimido, al menos hasta antes de aquel revolcón.
Cuando Dorian le propuso tener sexo, James aceptó sin pensarlo demasiado. Ambos eran vírgenes, gays y completamente inexpertos. No buscaban nada más que una experiencia pasajera, algo de lo que pudieran sacar provecho sin complicaciones. Dorian dejó todo claro desde el inicio: no quería saber nada después de eso. Podían hablar del tema únicamente si alguien preguntaba directamente. Ese fue el acuerdo.
Sin embargo, ahora tenía a Carter detrás de él, insistiendo en que quería algo más que una simple noche juntos. Dorian solo lo había hecho para no arrepentirse más adelante, cuando se volviera prostituto, y terminar teniendo su primera vez con algún viejo rabo verde. No había habido sentimientos de su parte, solo una decisión práctica.
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Editado: 12.01.2026