2020
El sonido de la lluvia golpeando los ventanales fue lo primero que escuché al despertar. Abrí los ojos lentamente y un dolor punzante atravesó mi cabeza de inmediato, traté de moverme, pero cada parte de mi cuerpo ardía.
El cuarto estaba oscuro, apenas iluminado por la tenue luz gris que entraba desde afuera. El reloj marcaba las 7:12 P.M. Había pasado horas inconsciente.
Giré el rostro lentamente y vi las vendas alrededor de mis brazos, también tenía una en el abdomen y piernas, solté una risa amarga.
Qué considerados.
Me incorporé despacio mientras sentía el cuerpo pesado, sobre la mesa había una bandeja con comida y una botella de agua, permanecí observándola varios segundos antes de acercarme.
Arroz, un pedazo pequeño de carne y pan.
Tomé el tenedor con manos temblorosas y empecé a comer rápido, casi desesperada, no importaba el sabor, no importaba si estaba fría, solo quería llenar el vacío que sentía dentro de mí.
Cuando terminé, apoyé la espalda contra la pared y cerré los ojos, por un momento imaginé cómo sería mi vida si aquella noche jamás hubiera ocurrido.
Quizás estaría estudiando.
Quizás seguiría saliendo con mis amigas.
Quizás seguiría siendo esa chica cruel y superficial que creía tener el mundo a sus pies.
Abrí los ojos lentamente, tal vez esto tenía que pasarme, tal vez realmente merecía sufrir.
Mi mente viajó años atrás.
2018
—¡No, por favor!— lloraba la chica mientras trataba de cubrirse el rostro.
Yo solo reía.
Mis amigas grababan todo con sus teléfonos mientras la empujábamos dentro del baño del colegio, la pobre idiota temblaba tanto que apenas podía mantenerse de pie.
—Vamos, Valeria, no llores— dije fingiendo lástima—. Vas a arruinar tu maquillaje invisible.
Las chicas soltaron carcajadas. Valeria era una de esas niñas tranquilas que preferían esconderse detrás de libros enormes y ropa ancha. Nunca entendí por qué me molestaba tanto verla. Quizás era porque tenía algo que yo no: paz.
Y yo odiaba eso.
—Por favor, Lucía… ya déjenme tranquila— suplicó entre lágrimas.
Rodé los ojos fastidiada.
—¿Tranquila? ¿Después de mirarme mal esta mañana? Ni loca.
Ella negó rápidamente.
—Yo no te miré mal…
—¿Entonces me estás diciendo mentirosa?
Se quedó callada y sonreí lentamente.
—Eso pensé.
Tomé su mochila del suelo y vacié todo dentro de uno de los inodoros. Cuadernos, hojas, colores, libros… todo cayó al agua sucia mientras ella soltaba un grito ahogado.
—¡No! ¡Mis cosas!
Intentó acercarse, pero una de mis amigas la sostuvo.
—Ay, qué dramática eres— murmuré divertida.
Recuerdo perfectamente su mirada.
Dolor.
Humillación.
Impotencia.
La misma mirada que ahora veía cada vez que me observaba en el espejo.
Valeria terminó llorando en el piso mientras nosotras salíamos del baño riendo como si aquello fuera el mejor chiste del mundo.
Y yo… yo me sentía poderosa.
Superior.
Invencible.
Qué irónico.
Ahora era yo quien lloraba sola en un cuarto, rota y destruida. El karma realmente sabía cómo devolver cada golpe.
Regresé al presente al escuchar pasos acercándose por el pasillo. Mi cuerpo se tensó automáticamente, el miedo jamás desaparecía.
Nunca.
La puerta se abrió lentamente y uno de los hombres entró al cuarto. Era alto, de mirada fría y expresión seria. No sonreía como los otros y eso lo hacía incluso más aterrador.
Sus ojos se clavaron en mí.
—El jefe quiere verte.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
Porque en ese lugar, cuando “el jefe” quería verte… nunca significaba algo bueno.