2020
El hombre permaneció inmóvil observándome mientras yo intentaba controlar el temblor de mis manos, sentía el corazón golpeando con fuerza contra mi pecho.
No quería ir.
Nunca quería ir.
Pero sabía perfectamente lo que pasaba cuando me negaba, me levanté lentamente de la cama ignorando el dolor de mi cuerpo. Mis piernas temblaron apenas di el primer paso, el hombre abrió la puerta y me hizo una seña para que caminara.
Bajé la mirada y obedecí, como siempre. El pasillo estaba silencioso, iluminado por luces amarillas que hacían ver todo aún más sombrío. Caminé detrás de él tratando de no pensar, tratando de mantener mi mente vacía.
Pero era imposible, cada rincón de esa casa guardaba recuerdos horribles.
Gritos.
Golpes.
Sangre.
Suplicas.
Apreté los ojos por un instante y seguí caminando. Finalmente llegamos frente a una enorme puerta negra. El hombre tocó dos veces antes de abrir y ahí estaba él.
Sentado en un sillón de cuero mientras fumaba tranquilamente, el mismo viejo que había acariciado mi rostro aquella noche, el mismo hombre que me compró como si fuera un objeto.
Sentí náuseas inmediatas.
—Lucía…— habló con esa voz rasposa que todavía me daba escalofríos—. Ven aquí.
Mis pies parecían pegados al suelo.
Él sonrió lentamente.
Odiaba esa sonrisa.
Era la sonrisa de un monstruo.
—¿Tengo que repetirlo?
Tragué saliva y avancé despacio hasta quedar frente a él. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo como si estuviera inspeccionando mercancía.
—Estás más delgada— comentó mientras soltaba humo—. Aunque supongo que eso te gusta, ¿no? Antes vivías obsesionada con tu apariencia.
Bajé la mirada sin responder. Él soltó una pequeña risa.
—Recuerdo perfectamente cómo gritabas la primera vez que te trajimos aquí.
Sentí mi cuerpo tensarse de inmediato, no quería recordar, pero mi mente lo hizo de todos modos.
2018
Desperté mareada y confundida dentro de una habitación enorme.
Al principio pensé que todo había sido una pesadilla hasta que intenté moverme, mis manos estaban atadas.
El pánico me golpeó de inmediato. Empecé a respirar rápido mientras observaba desesperadamente alrededor. La habitación era elegante, demasiado elegante. Había cuadros caros, muebles enormes y un olor intenso a perfume mezclado con cigarrillo.
—¿Hola?— mi voz salió temblorosa—. ¿Hay alguien aquí?
Nadie respondió.
Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas mientras trataba inútilmente de soltarme.
—¡Mamá! ¡Papá!
Pero en el fondo ya sabía que no vendrían, ellos me habían dejado ir. La puerta se abrió unos minutos después y aquel viejo entró acompañado de dos hombres.
Sonreía.
—Miren quién despertó— dijo divertido.
Yo empecé a llorar desesperadamente.
—Por favor… déjenme ir… por favor…
Él se acercó lentamente hasta quedar frente a mí.
—¿Irte?— soltó una carcajada—. No, muñeca, tú acabas de llegar.
Sentí cómo tomaba mi mentón obligándome a mirarlo.
—A partir de hoy me perteneces.
Negué rápidamente mientras lloraba más fuerte.
—No… no…
—Tus padres te vendieron muy barata, ¿sabes?— comentó con falsa decepción—. Aunque supongo que terminarás siendo una buena inversión.
El miedo que sentí aquel día fue indescriptible. Fue el inicio de mi infierno. En esa cama elegante y habitación que apestaba a lujos, fui violada por primera vez por el anciano. Cuando se cansó de abusar de mí dejó que sus empleados lo hicieran.
Grité.
Lloré.
Supliqué.
Pero no les importó. Golpearon mi rostro una y otra vez buscando callarme y lo entendí.
Nadie iba a salvarme...
Volví al presente al sentir cómo él acariciaba mi cabello.
Contuve las ganas de apartarme.
—¿Sabes por qué me gustas tanto, Lucía?— preguntó de repente.
No respondí.
Él acercó su rostro al mío.
—Porque el sufrimiento te hizo más interesante.
Sentí un escalofrío horrible recorrerme la espalda.
—Antes eras una niña insoportable… arrogante, cruel, vacía. Pero ahora…— sonrió lentamente— ahora tienes los ojos de alguien roto.
Apreté las manos con fuerza.
Quería gritarle.
Quería matarlo.
Pero el miedo podía más que cualquier otra cosa.
Él se levantó del sillón y caminó hacia la ventana.
—Mañana tendrás trabajo.
Mi respiración se detuvo.
No. No otra vez.
—No quiero hacerlo…— murmuré casi en un susurro.
El hombre giró lentamente hacia mí.
Y entonces dejó de sonreír.
—Eso no fue una petición, Lucía.