2020
No dormí en toda la noche. Permanecí sentada en una esquina de la cama, abrazando mis piernas mientras observaba la lluvia deslizarse lentamente por el cristal de la ventana.
“Mañana tendrás trabajo.”
Las palabras seguían repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza, sentía el pecho apretado, las manos frías y ese miedo horrible que nunca desaparecía.
Sabía perfectamente lo que significaba “trabajo”.
Significaba sangre.
Significaba gritos.
Significaba volver a convertirme en el monstruo que tanto odiaba.
Cerré los ojos con fuerza.
Pero fue peor.
Los recuerdos llegaron de inmediato.
2019
—Hazlo.
Negué rápidamente mientras las lágrimas caían por mis mejillas.
—P-por favor… yo no puedo…
El hombre detrás de mí me sujetó del cabello obligándome a mirar al sujeto arrodillado frente a nosotros.
Era un chico joven, tal vez tendría unos veinte años, estaba golpeado, sangrando y apenas podía mantenerse consciente.
Nunca olvidaré sus ojos.
Tenía miedo.
Mucho miedo.
—No quiero repetirlo otra vez, Lucía —gruñó uno de ellos mientras colocaba un arma en mi mano—. Hazlo.
Mis manos temblaban violentamente.
—Yo no soy capaz…
Sentí un golpe fuerte en el estómago que me hizo caer de rodillas. El aire abandonó mis pulmones.
—¿Crees que esto es opcional? —escuché decir a uno de ellos.
El chico comenzó a llorar.
—Por favor… no me maten… tengo una hija pequeña…
Aquellas palabras terminaron de destruirme. Miré desesperadamente alrededor esperando que alguien dijera que todo era una broma, pero nadie iba a detener aquello.
El hombre volvió a sujetarme del cabello y acercó el arma nuevamente a mis manos.
—O lo haces tú… o te toca a ti.
Mi respiración se volvió inestable.
El chico seguía llorando.
Yo también.
—Lo siento…— susurré rota.
Todavía recuerdo el sonido.
El disparo.
El cuerpo cayendo al suelo.
Y el silencio que vino después.
Un silencio que me persiguió desde entonces.
Volví al presente sobresaltada y llevé una mano a mi boca tratando de contener las náuseas.
Todavía podía verlo.
Todavía podía escuchar el disparo.
Me levanté rápidamente de la cama y corrí al baño. Apenas llegué al lavabo empecé a vomitar mientras lágrimas silenciosas caían por mi rostro.
Odiaba recordar.
Odiaba seguir viva.
Abrí la llave del agua y mojé mi rostro varias veces intentando calmarme, pero no funcionaba. Levanté lentamente la mirada hacia el espejo, aquella chica reflejada ahí parecía un fantasma.
Pálida.
Rota.
Vacía.
—Lo siento…— murmuré observándome—. Lo siento mucho…
Ni siquiera sabía para quién eran esas disculpas, ¿Para el chico que había sido mi primera víctima?, ¿Para todas las personas que murieron o para mí misma?
Escuché pasos acercándose y mi cuerpo se tensó inmediatamente. La puerta del cuarto se abrió. Era él. El hombre de mirada fría. El único que jamás sonreía, sus ojos se clavaron en mí durante unos segundos.
—Prepárate —dijo con voz seca—. Salimos en veinte minutos.
Sentí que el corazón se me hundía. No, por favor, no. Él notó el miedo en mi expresión, pero no pareció importarle, se dio media vuelta dispuesto a irse, pero se detuvo antes de salir completamente.
—Y deja de temblar —murmuró sin mirarme—. Aquí nadie va a sentir lástima por ti.
No importaba cuánto llorara.
No importaba cuánto me arrepintiera.
En ese lugar… seguir sobreviviendo también era una condena.