2020
El auto avanzaba lentamente bajo la lluvia.
Permanecía sentada en el asiento trasero con las manos apoyadas sobre mis piernas, intentando controlar el temblor de mi cuerpo, a mi lado iban dos hombres armados, al frente, el de mirada fría conducía en silencio.
Nadie hablaba.
Solo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando el vehículo y mi respiración entrecortada. Miré por la ventana las calles vacías iluminadas por luces borrosas, por un instante imaginé abrir la puerta y correr.
Correr hasta desaparecer, pero sabía que no llegaría lejos, ellos me encontrarían. El auto finalmente se detuvo frente a un edificio viejo y descuidado, sentí el miedo recorrerme el cuerpo de inmediato.
No quería bajar.
—Muévete —ordenó uno de ellos.
Mis piernas temblaron apenas salí del vehículo. La lluvia fría cayó sobre mi piel mientras caminábamos hacia el interior del edificio.
Todo estaba oscuro.
Sucio.
El olor a humedad y cigarrillo me revolvió el estómago.
Subimos unas escaleras estrechas hasta llegar a una habitación iluminada únicamente por una bombilla amarilla y ahí estaba...
Un hombre amarrado a una silla. Tenía el rostro golpeado y sangre seca en la camisa, apenas levantó la cabeza cuando nos vio entrar.
Mi respiración se detuvo, no quería volver a pasar por esto.
—Por favor…— murmuró él con la voz rota—. Yo ya les dije todo lo que sé…
Uno de los hombres soltó una risa.
—El problema es que el jefe cree que todavía ocultas cosas.
El sujeto empezó a negar desesperadamente.
—No, lo juro… yo no sé nada más…
Sentí cómo colocaban un arma en mis manos.
El simple contacto hizo que me estremeciera.
—Hazlo —escuché detrás de mí.
Negué rápidamente.
—No… por favor…
—Lucía.
La voz fría del hombre detrás de mí me hizo cerrar los ojos.
—Haz. Tu. Trabajo.
El hombre atado comenzó a llorar.
—No quiero morir… por favor…
Mi respiración se volvió inestable, las manos me temblaban tanto que apenas podía sostener el arma.
Entonces él me miró directamente y algo dentro de mí se rompió, porque no vi a un criminal, vi a una persona aterrada, vi a alguien que quería vivir igual que yo.
—Por favor… tengo una familia…— susurró entre lágrimas.
Sentí las náuseas subir por mi garganta. No podía hacerlo.
—No soy capaz…— murmuré llorando.
Uno de los hombres se acercó bruscamente y me sujetó del cuello.
—¿Quieres que el próximo sea uno de tus amiguitos? —susurró cerca de mi oído—. Porque todavía sabemos dónde viven algunas de las chicas con las que salías.
Abrí los ojos con horror, podían hacerles daño, podían destruirlas igual que hicieron conmigo y ya no tenía fuerzas para cargar con una culpa más...
—No…— susurré rota.
—Entonces termina esto.
El hombre amarrado seguía llorando, y yo también. Sentía el corazón destruyéndose dentro de mi pecho, lentamente levanté el arma mientras mis manos temblaban violentamente.
—Lo siento…— murmuré entre lágrimas.
Cerré los ojos. Y disparé.
El sonido retumbó dentro de mi cabeza como una explosión interminable, el cuerpo cayó al suelo y el silencio volvió.
Mis piernas dejaron de responderme y terminé arrodillada mientras intentaba respirar pero el aire no entraba, las lágrimas comenzaron a caer desesperadamente mientras miraba mis manos.
Otra vez.
Otra maldita vez.
—Levántate —ordenó uno de ellos.
Negué lentamente.
No quería moverme.
No quería seguir viviendo.
El hombre de mirada fría se acercó y me observó unos segundos en silencio.
Por primera vez desde que lo conocía… parecía diferente, como si hubiera algo parecido a incomodidad en sus ojos. Pero desapareció rápido.
—Nos vamos —dijo finalmente.
Yo seguía mirando el cuerpo tirado en el suelo y entendí algo horrible en ese instante.
El problema ya no era solamente los monstruos que me obligaban a enfrentar cada día.
El problema era que poco a poco… yo también había empezando a convertirme en uno.