Karma

No mires atrás

2020

El reloj marcaba las 11:56 P.M.

Caminaba de un lado a otro dentro del cuarto mientras intentaba respirar con normalidad, mis manos temblaban tanto que apenas podía mantenerlas quietas.

Todo estaba demasiado silencioso y eso me aterraba más que los gritos. El hombre de mirada fría había entrado hacía apenas unos minutos.

—Cuando escuches los disparos, corre.

Eso fue lo único que dijo antes de dejarme unas llaves y desaparecer otra vez. No entendía nada.

¿Por qué me ayudaba?, ¿Por qué justo ahora?

Miré nuevamente las llaves sobre la cama.

Seguía sintiéndose irreal.

Después de dos años encerrada… la posibilidad de escapar estaba frente a mí, pero algo no se sentía bien.

Escuché pasos apresurados afuera.

Gritos.

Y entonces…

Un disparo.

Mi cuerpo entero se paralizó.

Luego otro.

Y otro más.

El caos explotó de repente dentro de la casa.

Hombres gritando órdenes.

Cristales rompiéndose.

Disparos por todas partes.

Sentí el corazón golpeando desesperadamente contra mi pecho.

Era ahora. Tomé las llaves rápidamente y salí del cuarto. El pasillo estaba vacío.

Corrí.

Mis piernas apenas respondían mientras avanzaba intentando ignorar el dolor de mi cuerpo, bajé las escaleras casi tropezándome y escuché más disparos cerca.

Mi respiración se volvió inestable. Escuché un grito horrible provenir de una habitación y aceleré el paso aterrada.

No quería mirar.

No quería ver nada más.

Llegué a la cocina y vi la puerta trasera abierta. La lluvia caía intensamente afuera, mis ojos se llenaron de lágrimas. Libertad, estaba a solo unos pasos.

Corrí hacia la puerta, pero antes de cruzarla alguien me sujetó bruscamente del brazo. Solté un grito ahogado, era uno de ellos, tenía sangre en la camisa y una expresión completamente desquiciada.

—¿A dónde crees que vas?— gruñó apretando mi brazo con fuerza.

El pánico me consumió. Intenté soltarme desesperadamente mientras él me arrastraba hacia atrás.

—¡Suéltame! ¡Por favor!

Me golpeó contra la pared con fuerza y sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.

—Maldita perra…— escupió furioso—. ¿Creíste que te ibas a escapar?

Empecé a llorar desesperadamente.

No.

No podía terminar así.

No después de haber estado tan cerca.

El hombre levantó el arma apuntándome directamente a la cabeza y en ese instante pensé que iba a morir.

Pero entonces… Un disparo atravesó la cocina, el cuerpo del hombre cayó al suelo frente a mí. Retrocedí aterrada mientras observaba la sangre expandirse lentamente.

Mi respiración se detuvo. Detrás de él estaba el hombre de mirada fría sosteniendo el arma, tenía el rostro golpeado y sangre bajando por su cuello.

Nuestros ojos se encontraron.

—Corre, Lucía.

Escuchamos voces acercándose rápidamente.

Muchos pasos.

Demasiados.

El hombre caminó hacia mí y abrió más la puerta trasera.

—¡Ahora!

Las lágrimas caían por mis mejillas mientras retrocedía lentamente hacia la lluvia.

—Ven conmigo…— murmuré rota.

Él soltó una pequeña risa amarga.

—Personas como yo no salen de lugares así.

Los gritos estaban cada vez más cerca.

—¡Muévete!

Y corrí. Corrí bajo la lluvia sin detenerme, sin mirar atrás, escuchando disparos a lo lejos mientras el aire quemaba mis pulmones.

Mis piernas dolían.

Mi cuerpo dolía.

Pero seguí corriendo.

Porque por primera vez en dos años…

Tenía miedo de morir.

Seguí avanzando entre la oscuridad hasta que las luces de la casa desaparecieron detrás de mí y entonces escuché el último disparo. Me detuve en seco, el silencio lo cubrió todo, lentamente giré el rostro hacia atrás, pero no pude ver nada.

Solo lluvia.

Oscuridad.

Y el eco de un infierno que quizás… nunca dejaría de perseguirme.



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En el texto hay: dolor, abuso sexual aborto pérdida

Editado: 19.05.2026

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