Me siento en la cama abrazando mis piernas mientras miro la lluvia caer detrás del ventanal. El cuarto está oscuro y silencioso, pero mi mente no.
Nunca lo está. Mis manos se deslizan lentamente hasta mi abdomen de forma inconsciente.
Vacío.
Y aun así… todavía puedo recordar perfectamente la primera vez que estuve embarazada.
2019
—Felicitaciones muñeca, vas a ser mamá.
Recuerdo haber sentido asco apenas escuché aquellas palabras. El doctor sonreía ligeramente mientras yo permanecía sentada en aquella cama con las manos temblando.
No.
No podía estar embarazada.
No quería.
Ese bebé era producto de una violación.
Producto del infierno en el que vivía.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas mientras negaba repetidamente.
—No… no… eso no puede estar pasando…
El doctor simplemente bajó la mirada incómodo.
—Tienes aproximadamente tres meses.
Sentí náuseas inmediatas. Tres meses... Tres meses creciendo dentro de mí sin que me diera cuenta.
Cuando el doctor salió del cuarto me quedé sola abrazando mi cuerpo mientras lloraba desesperadamente, odiaba a ese bebé.
O al menos eso intentaba creer.
Porque cada vez que pensaba en él… recordaba todo lo que me hacían. Los golpes. Las violaciones. Las noches interminables... No quería cargar algo que me recordara constantemente el infierno.
Los días pasaron lentamente, no volvieron a tocarme y aunque intentaba ignorarlo… poco a poco empecé a cambiar.
A veces despertaba en mitad de la noche y llevaba mis manos al abdomen sin siquiera pensarlo, otras veces me descubría hablando sola.
—Todo estará bien…— susurraba llorando—. Lo siento mucho…
Nunca nadie me había necesitado antes y por primera vez… sentía que tenía algo mío. Algo que no podían destruirme.
Empecé a comer un poco más cuando me daban comida. Incluso guardaba pequeños pedazos de pan para después porque tenía miedo de que el bebé pasara hambre.
Era ridículo.
Vivía encerrada, rota y aterrada… pero aun así imaginaba cómo sería tenerlo entre mis brazos. A veces pensaba: “Si es niña, quiero que tenga el cabello oscuro" o : “Ojalá nunca se parezca a mí.”
Porque no quería que fuera cruel. No quería que terminara convertida en alguien horrible como yo y sin darme cuenta… terminé enamorándome de alguien que todavía ni siquiera nacía.
Hasta aquella noche.
La puerta del cuarto se abrió abruptamente y varios hombres entraron, mi cuerpo se tensó automáticamente.
—¿Qué pasa…?— pregunté nerviosa.
Uno de ellos sonrió.
—El jefe dice que ya te divertiste suficiente jugando a la mamá.
Sentí el corazón detenerse.
No.
No.
Retrocedí rápidamente abrazando mi abdomen.
—No… por favor…
Dos hombres me sujetaron de los brazos mientras empezaba a llorar desesperadamente.
—¡No me lo quiten! ¡Por favor!
Pataleé, grité y lloré mientras me arrastraban fuera del cuarto. Nunca había suplicado tanto en toda mi vida.
—¡Se los ruego! ¡Por favor, no! ¡No le hagan daño!
Pero ellos solo reían.
Me llevaron hasta una habitación blanca donde el doctor preparaba varias cosas sobre una mesa metálica.
Todavía recuerdo el miedo que sentí, el verdadero miedo, porque esa fue la primera vez en mucho tiempo que sentí que todavía tenía algo que perder.
—Por favor doctor…— lloré desesperadamente—. No deje que lo hagan…
El hombre evitó mirarme. Eso dolió más, porque entendí que nadie iba a ayudarme. Intenté soltarme mientras las lágrimas caían sin control por mi rostro.
—¡Es mi bebé! ¡Por favor!
Uno de los hombres me golpeó fuertemente haciéndome caer sobre la camilla.
—Cállate de una vez.
Sentí cómo me sujetaban mientras el doctor se acercaba lentamente. Iban a arrancarme lo único bueno que todavía existía dentro de mí.
—Lo siento mi amor…— susurré llorando mientras acariciaba mi abdomen—. Perdóname… perdóname…
Después de eso… todo se volvió dolor.
Un dolor tan fuerte que pensé que moriría esa noche.
Y quizás una parte de mí sí murió allí.