Dicen que cuando sobrevives al infierno, lo peor ya pasó. Pero nadie habla de lo que viene después. Nadie habla de las noches en las que despiertas creyendo escuchar gritos.
Nadie habla de las veces que revisas las puertas tres o cuatro veces antes de dormir. Ni del miedo constante a que alguien vuelva por ti.
Han pasado tres años desde que escapé.
Tres años desde aquella noche bajo la lluvia y aun así… sigo sintiéndome atrapada. Miro mi reflejo en la ventana del taxi mientras la ciudad se mueve lentamente frente a mis ojos. Las luces nocturnas se ven borrosas por la lluvia y por el cansancio que llevo acumulando durante años.
Tengo el cabello más largo ahora.
Las cicatrices de mis brazos ya no se notan tanto.
Incluso he ganado algo de peso.
Aprieto con fuerza la carpeta sobre mis piernas cuando el taxi finalmente se detiene frente al edificio.
Hospital Psiquiátrico Santa Elena.
El enorme letrero me hace sentir un nudo incómodo en el estómago. Pago rápidamente y bajo del vehículo, la lluvia fría golpea mi rostro de inmediato.
Por un instante vuelvo a sentirme como aquella noche.
Corriendo.
Sangrando.
Escapando.
Cierro los ojos unos segundos antes de entrar.
El hospital está silencioso. Demasiado silencioso. Las paredes blancas, el olor a medicamentos y las luces frías hacen que todo se sienta irreal.
—¿Lucía Herrera?— pregunta una mujer desde recepción.
Asiento lentamente.
—La doctora Helena la espera en el consultorio siete.
Camino por el pasillo intentando ignorar el temblor de mis manos.
Odio venir aquí.
Odio hablar de lo que pasó.
Porque cada vez que lo hago… siento que vuelvo a vivirlo todo.
Los golpes.
Los gritos.
La sangre.
Las muertes.
Llegué frente a la puerta y respiré profundamente antes de tocar.
—Puedes pasar— escuché del otro lado.
La doctora Helena estaba sentada detrás del escritorio con una expresión tranquila. Siempre tenía esa mirada paciente que me hacía sentir observada… como si pudiera ver todo el desastre que llevaba dentro.
—Lucía— sonrió ligeramente—. Me alegra verte.
Tomé asiento frente a ella evitando mirarla demasiado.
—¿Cómo te has sentido esta semana?
Solté una pequeña risa amarga. La misma pregunta de siempre.
—Sigo sin dormir bien.
—¿Las pesadillas regresaron?
Asentí lentamente. No tenía sentido mentir. Las pesadillas nunca se fueron realmente, solo aprendí a sobrevivir con ellas.
Algunas noches soñaba con las personas que maté.
Otras veces soñaba con aquel cuarto.
Y algunas… soñaba con él. El hombre de mirada fría.
La doctora tomó algunas notas antes de volver a hablar.
—¿Sigues pensando en lo que pasó aquella noche?
Mis ojos se clavaron automáticamente en la ventana.
Llovía.
Claro que seguía pensando en esa noche. La recuerdo cada vez que escucho lluvia, cada vez que alguien alza demasiado la voz, cada vez que cierro los ojos.
—A veces…— murmuré— siento que nunca salí realmente de ahí.
La doctora guardó silencio unos segundos.
—La culpa puede hacerte sentir prisionera incluso cuando ya eres libre.
Mis dedos se tensaron inmediatamente.
Culpa.
Siempre culpa.
Porque aunque fui víctima… también hice cosas horribles y eso era lo que más me destruía. La doctora abrió lentamente una carpeta sobre el escritorio.
—Hay algo que necesito mostrarte.
Fruncí el ceño confundida.
Ella sacó una fotografía y la colocó frente a mí.
Mi respiración se detuvo.
No.
No podía ser.
Mis ojos recorrieron la imagen temblorosamente.
Era él.
El hombre de mirada fría.
El mismo que me ayudó a escapar aquella noche.
El mismo que pensé que había muerto.
El único que jamás me violó, ni golpeó.
Sentí un escalofrío recorrerme por completo.
—¿D-dónde consiguió esto…?— pregunté con dificultad.
La doctora me observó fijamente.
—La policía encontró sobrevivientes relacionados con esa organización hace unas semanas.
El aire empezó a faltarme.
No.
No quería escuchar eso.
No quería volver a saber nada de ese lugar.
—Lucía…— continuó ella suavemente—. Él pidió verte.
Mi corazón empezó a latir violentamente.
Miles de pensamientos atravesaron mi mente al mismo tiempo.
¿Por qué?, ¿Cómo seguía vivo?, ¿Quién era realmente?
Recordé aquella noche. Su voz. La forma en que me miró antes de que escapara.
“Personas como yo no salen de lugares así.”
Entonces… ¿por qué estaba vivo?, mis manos comenzaron a temblar sobre mis piernas.
—Yo no quiero volver a eso…— susurré sintiendo las lágrimas acumularse en mis ojos.
—Tal vez no puedas escapar completamente de tu pasado, Lucía…— dijo la doctora—. Pero quizás enfrentarlo sea la única forma de dejar de vivir perseguida por el.
Bajé la mirada hacia la fotografía nuevamente y por primera vez en tres años…volví a sentir el mismo miedo de aquella noche, pero esta vez… también había algo más.
Necesidad de respuestas.
Observé fijamente la foto del hombre de mirada fría. No le debía nada, pero quería saber, saberlo todo.
—Lo veré. Voy a hacerlo...